Capítulo 15 de 16
Lo que se merece cada quien
El viernes 6 de noviembre, en la audiencia, el juez de control vinculó a proceso a Gustavo Lepe Ornelas por el delito de fraude. Le impuso prisión preventiva, porque había un boleto a Tijuana y un cuarto rentado para uno. La maleta la entregué yo misma a los agentes, el sábado, como dueña de la casa. Los ochenta y seis mil pesos que traía y lo que quedaba en la cuenta asegurada se quedaron a disposición del juez, para la reparación del daño a las víctimas.
Yo no fui a la audiencia. Fue la licenciada Becerra. Me habló al salir.
“Ya está, Matilde. Ahora es cosa del juez. Usted ya no tiene que cargar con esto.”
Cuarenta años cargando la caja de la imprenta. Dos años cargando una casa. Cuatro semanas cargando un nombre que no era el de una estafadora. Colgué el teléfono y me senté en mi propia cocina, en mi propia casa, y me pesaron las manos de lo ligeras que de pronto estaban.
Tania presentó la demanda de divorcio en el juzgado familiar la semana siguiente, con la licenciada Becerra. Pidió pensión para Julieta. Dijo que la iba a cobrar aunque fueran cien pesos, para que la niña supiera que su papá le debía algo.
El sábado 7, día de la quinceañera de Arantxa, fui a la iglesia de San Felipe.
No me invitaron. Fui por mi cuenta, a la misa de cinco. Me senté atrás. Arantxa entró con un vestido color lila, del brazo de su papá. Judith la seguía con los ojos llenos. En las bancas, sobre cada lugar, había un misal color marfil con una prensa antigua en la portada. La manivela chueca.
Los había impreso Chencho en tres días, en la offset de Cirilo. Sin cobrarles.
Esa fue mi decisión, y la tomé el lunes 2, Día de Muertos, frente al altar. Las treinta y una familias que no recibieron nada iban a recibir sus invitaciones de la imprenta Arreola de verdad. Chencho ponía la mano de obra. Yo pagaba el papel. Noventa y seis mil pesos de lo que él mismo me había pagado por el taller.
Femi me dijo que estaba loca.
“Tú no les debías nada, Mati.”
“Yo no. Pero el nombre de Cirilo sí. Y ese nombre no se va a quedar debiendo.”
A la salida de la misa, Judith me vio. Se me acercó despacio, con la niña de la mano.
“Doña Matilde. Perdóneme por lo de la puerta de su casa.”
“No hay nada que perdonar, señora. Usted estaba defendiendo a su hija.”
Arantxa me dio un beso en el cachete. Olía a laca y a nervios.
En casa, la que más tardó fue Julieta.
Volvió a la casa el domingo 8 con su mamá, por unas cosas que faltaban de su cuarto. Ya se estaban cambiando a un departamentito en la colonia Santa Teresita; yo les ayudaba con la renta los primeros tres meses. Julieta subió y bajó la escalera tres veces sin acercarse a mí. A la cuarta, se paró en la puerta de la cocina.
“Abuelita. Ya no quiero ir a Selva Mágica.”
“¿Por qué, mi amor?”
“Porque la misión estaba mal.” Se le pusieron rojas las orejas. “Perdóname por escupirte.”
Me agaché como pude. Le agarré las dos manos.
“Escúchame bien, Julieta. Una misión secreta de verdad nunca es para que alguien llore. Si alguien te pide algo así, es que no es misión. Es trampa. ¿Sí?”
“Sí.”
“¿Y sabes qué es lo que sí es misión?”
Negó con la cabeza.
“Aprender a hacer arroz rojo. Es misión dificilísima. Hay que freír el arroz hasta que suene como arena.”
Se rio. Por primera vez en un mes, se rio conmigo y no de mí.
El martes 10 me habló Zulema.
“Doña Matilde, ya me llegaron las invitaciones de Danna. Están preciosas.” Hizo una pausa. “Danna quiere que usted le entregue la suya. En persona. Dice que si no, no hay fiesta.”
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