Capítulo 14 de 16
El altar
El juez de control libró la orden el viernes 30 en la tarde. Lo supe porque la licenciada Becerra me habló a las siete.
“Mañana, Matilde. No sabemos a qué hora. Usted no haga nada distinto.”
El sábado 31 de octubre era el día que, desde hace cuarenta años, empiezo el altar de muertos de Cirilo.
Tania me habló a las ocho de la mañana.
“Mamá. Ven a poner el altar de papá. En tu casa. Como siempre.”
“¿Y Tavo?”
“Tavo cree que vienes a hacer las paces. Le dije que te lo pedí yo, para que retiraras la denuncia.” Se le quebró la voz. “Mamá, no voy a poner el altar de mi papá sin ti.”
Llegué a las diez. Con dos manojos de cempasúchil del mercado de San Juan de Dios, papel picado morado y naranja, veladoras y un kilo de pan de muerto.
Julieta ya no estaba. Tania la había mandado temprano a casa de la vecina, “a hacer calaveritas de azúcar”.
Pusimos la mesita en la sala. Tres escalones con cajas de refresco forradas con mantel blanco. Arriba, la foto de Cirilo con su delantal de imprenta, riéndose. Su pluma fuente. Su vaso de tequila. Un plato de arroz rojo que hice en mi propia cocina, otra vez, después de tres semanas.
Tania casi no hablaba. Cada vez que se oía un coche en la calle, levantaba la cabeza. Yo le pasaba las flores, una por una, para que tuviera algo en las manos.
Tavo bajó a las once y media. Recién bañado. Con la camisa color vino.
“Suegra, qué gusto.” Me dio un abrazo. No me moví. “Qué bonito le quedó a don Cirilo.”
Se sentó en el sillón. Nos miró poner las flores. Tomó un pan de muerto y le quitó el azúcar con el dedo.
“Bueno”, dijo al rato. “Ya que estamos en paz. Suegra, lo de la denuncia. Yo sé que usted es una mujer razonable. Por Julieta. Retírela, y yo hablo con las señoras.”
“No, Tavo.”
La sonrisa le duró un segundo más.
“Mire, señora, no me obligue. Yo tengo una carta firmada por usted. Yo trabajaba para usted. ¿Quién cree que le va a creer a una vieja que se quedó con el dinero?”
Tania se paró frente al altar.
“Encontré la maleta, Tavo.”
No había visto nunca la cara de Tavo sin sonrisa. Era otra cara. Más chica.
“¿Qué maleta?”
“La del clóset. Con el boleto. Con el cuarto en Tijuana. Para uno.”
Tavo se levantó. Me miró a mí. Luego a ella. Y entonces dijo lo único que no tenía que decir. Lo dijo con rabia, en voz alta, como quien avienta las llaves sobre un mantel.
“¿Y qué? ¡A mí no me pueden hacer nada! ¡Esa línea ni siquiera está a mi nombre! ¡Está a nombre de Tania!”
Silencio.
Tania se quedó viéndolo. Despacio, con los ojos llenos, se rio. Una risa corta, sin ganas. La misma risa de la cena, al revés.
“Ya sé, Tavo. Ya lo vi.”
A las 12:40 sonó el timbre.
Eran tres agentes de la policía de investigación. Con chalecos. Una mujer y dos hombres. Muy educados.
“¿Gustavo Lepe Ornelas?”
Tavo no corrió. No gritó. Ni siquiera pidió explicaciones. Le leyeron la orden, le leyeron sus derechos, y él se quedó parado en medio de la sala, entre el altar y la mesa de ocho sillas, con las manos abiertas.
Salió caminando. En la puerta se dio la vuelta y me miró. Ya no era la mirada del sillón de Femi. Era la de un hombre que no entiende cómo perdió.
“¿Usted le contó todo a Tania?”
Negué con la cabeza.
Señalé la foto del altar. Cirilo, con su delantal, riéndose.
“Se lo contó su papá.”
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