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Mi nieta de ocho años escupió en mi plato y me dijo: “Mi mamá dice que te lo mereces.” Mi hija se tapó la boca para reírse y mi yerno me pidió que me calmara, que la niña solo estaba jugando. No grité. Me levanté de mi propia mesa, tomé las llaves del coche… y esa misma noche, en la cajuela, encontré lo que mi yerno llevaba meses escondiéndome

Capítulo 2 de 16

La cajuela

Me quedé viendo el mensaje mucho rato. Julio, agosto, septiembre, octubre.

Saqué la libreta azul de la bolsa. La traigo siempre, como otras señoras traen el rosario. Busqué las fechas. Ahí estaban, con mi letra: “3 jul. Colegiatura Juli. 6,800. Efectivo a Tania.” “1 ago.” “2 sep.” “1 oct.”

Cada una con una palomita.

Eran las diez y veinte. En octubre, en Guadalajara, la noche refresca de golpe. Yo había salido de la casa sin suéter. Me acordé de que en la cajuela traía mi rebozo, el de Santa María del Río, que se quedó ahí desde la misa de difuntos de Cirilo en febrero.

Me bajé. Abrí la cajuela.

No estaba mi rebozo. Estaban cajas.

Seis cajas de cartón, de las de papelería, con cinta canela. Una estaba abierta. Arriba de todo había un sobre de muestra, color marfil, con letras doradas.

“Mis XV · Danna.”

Lo volteé. En la solapa, en relieve, había un dibujito que conozco mejor que mi propia firma. Una prensa de imprenta, de las antiguas, con su rodillo y su manivela. Debajo, en letra cursiva:

“Invitaciones Arreola · desde 1983.”

Ese dibujo lo hizo Cirilo con un lápiz del dos, en la mesa de la cocina, la noche que decidimos abrir el taller. Yo le dije que la manivela estaba chueca. Me dijo que así se quedaba, que así se veía que la hizo una mano.

La manivela estaba chueca.

Debajo de las muestras había un block de recibos de los que se compran en cualquier papelería. Lo abrí con las manos frías.

“Recibí de Judith Moya la cantidad de $14,500 como anticipo de paquete XV (invitaciones, misales, recuerditos). Entrega: 15 de octubre.”

“Recibí de Zulema Íñiguez la cantidad de $9,800…”

Había más. Muchos más. Tres mil quinientos. Siete mil. Once mil doscientos. Doce mil. Bodas, quinceañeras, bautizos, primeras comuniones. Todos firmados con un garabato que no era de nadie.

Y una nota suelta, una nota de remisión de otra imprenta: “Impresos Mina, calle Javier Mina. 200 invitaciones, impresión digital. $1,900. Pagado.”

“¿Doña Matilde?”

Brinqué. Casi se me cae el block.

Arriba de la cortina, en la ventana del segundo piso, se había prendido una luz. Don Chencho estaba asomado, en camiseta, con los lentes en la frente.

Inocencio Vallejo. Treinta años trabajó con Cirilo, primero en la linotipo, luego en la offset. Cuando mi esposo se murió, le vendí la imprenta a él. Vive arriba del taller, como vivíamos nosotros cuando empezamos.

“¿Qué hace aquí a estas horas? ¿Está bien?”

Bajó en chanclas. Me vio la cara. No preguntó más. Luego vio la cajuela abierta y el sobre de muestra en mi mano.

Se le cayó la cara.

“Ese dibujo”, dijo. “Ese es el que me trajo la señora.”

“¿Cuál señora, Chencho?”

“En septiembre. El nueve. Se lo conté por teléfono, ¿se acuerda? Llegó una señora gritando al taller que le habíamos robado. Que había pagado catorce mil y medio por las invitaciones de la quinceañera de su hija y que nunca se las entregamos. Traía un recibo con ese dibujo. Yo le dije que nosotros no hacíamos eso, que aquí nunca la habíamos visto. Me dijo que en internet decía Arreola, desde 1983. Que de dónde más iba a ser.”

Me acordé. Esa misma noche le pregunté a Tavo. Se rio.

“Hay mil Arreolas en Jalisco, suegra. Alguien se habrá colgado del apellido.”

Y yo le creí. O quise creerle, que es peor.

Chencho tomó el block de recibos y lo hojeó despacio, bajo la luz del poste.

“Doña Matilde. Esta es la letra de su yerno. Yo se la conozco. Él me pasaba los pedidos cuando trabajaba aquí.”

No le contesté.

Porque yo ya estaba viendo otra cosa. Abajo de cada recibo, impresa con sello de goma, había una línea con las instrucciones para el pago. Un número de cuenta. Una CLABE de dieciocho dígitos que me sé de memoria, porque la escribí en cientos de facturas durante veinte años.

Y el nombre de la titular.

“Depositar a la cuenta… Titular: Matilde Camarena Partida.”

Mi nombre.

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