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Volví antes de tiempo de un viaje de trabajo y encontré a mi esposa en el piso, junto a la cuna de nuestro bebé de una semana. La puerta de la recámara estaba cerrada con llave… por fuera. Mi mamá se había quedado a “ayudar”. Lo que vi en la charola junto a la cama me heló la sangre.

Capítulo 8 de 16

El reporte

Se llamaba Edith Solano. Licenciada. Venía con una psicóloga joven que tomaba notas en una tableta.

Fue amable. Eso fue lo peor. Habló con la voz baja que usa la gente que ha entrado a muchas casas donde las cosas estaban mal de verdad.

“No venimos a llevarnos a nadie, señor. Venimos a verificar.”

Nos leyó el resumen del reporte. Había llegado el lunes en la tarde. Decía que la madre del menor presentaba “signos de depresión severa”, que “rechazaba al bebé”, que se negaba a comer y a amamantar, que el bebé había perdido peso “por descuido materno”. Decía que la abuela paterna, “persona con experiencia en la crianza”, había intentado ayudarla sin éxito.

No traía nombre. Pero no hacía falta.

La psicóloga le pidió a Alma que cargara al niño. Que le cambiara el pañal. Que le diera pecho. Alma lo hizo todo con las manos temblando. Yo la conozco: no temblaba de miedo. Temblaba de rabia.

Les enseñé la nota de la doctora Lagunes del IMSS. Deshidratación materna. Sospecha de violencia familiar. Aviso al Ministerio Público. Les enseñé el folio de la carpeta de investigación.

La licenciada Solano lo fotografió todo.

“Esto lo tomamos en cuenta. Pero el reporte trae videos.”

“¿Cuáles videos?”

Me enseñó su tableta.

Era Alma. En nuestra recámara, sentada en el piso, llorando, con el pelo en la cara. Matías llorando en el moisés. La voz de mi mamá, fuera de cuadro, muy dulce:

“¿Ves, hija? ¿Ves que no puedes? Cárgalo, mija, cárgalo.”

Otro video. Alma acostada, de espaldas, sin moverse. La voz de mi mamá: “Ya no quiere ni ver al niño. Pobrecita.”

Dieciocho segundos cada uno. Grabados el jueves y el viernes.

“Ella no podía levantarse”, le dije a la licenciada. “Llevaba dos días sin comer.”

“Eso es lo que tenemos que aclarar, señor.” Guardó la tableta. “Voy a abrir un expediente. Vamos a hacer visitas. Les voy a pedir que no se cambien de domicilio sin avisar.”

Cuando se fueron, Alma abrió la regadera para que no la oyera llorar. La oí de todas formas.

Esa noche se desató lo demás.

A las nueve, mi mamá hizo una transmisión en vivo en su Facebook. Yo no la vi en ese momento. Me la mandó mi prima Maribel, de Banderilla, con tres signos de interrogación.

Mi mamá, sentada en su sala de Rafael Lucio, frente a la Virgen, con un rosario en las manos. Lloraba.

“Hijos míos, les pido una oración. Me quitaron a mi nieto. Yo nada más quería ayudar a mi nuera, que está enferma de los nervios, y mi propio hijo me corrió de su casa. Me denunciaron. A mí. A una viuda de sesenta y cuatro años que nunca le ha hecho daño a nadie.”

Tenía dos mil reproducciones a la medianoche. Doña Clotilde comentó: “Fuerza, comadre, Dios ve todo.” Doña Remigia puso un corazón.

Y en el grupo de WhatsApp “Familia Zavala”, con mis tías, mis primos, mis tíos de Banderilla y de Perote, alguien subió los dos videos de Alma. Debajo, un mensaje de Gisela:

“Así la dejó mi hermano, solita, con un recién nacido. Mi mamá hizo lo que pudo. Ahora nos quieren meter a la cárcel.”

Mi tía Chofi me mandó un audio de cuatro minutos: que cómo podía hacerle eso a mi madre, que mi papá se estaría revolcando en su tumba.

Mi tío Nacho me escribió una sola línea: “Te desconozco.”

Nadie, ni uno solo, preguntó cómo estaba Alma.

Me salí al patio. Llovía. Me quedé mojándome, viendo cómo se sumaban los mensajes. Treinta. Cuarenta. Sesenta.

Pensé que eso era lo peor que podía pasar.

A las once y media de la noche del jueves 15, el teléfono de Alma sonó. Ella lo vio desde la cama. Se incorporó de golpe.

“Es Raúl. Mi gerente.”

Contestó. Puso el altavoz.

“Alma. Disculpa la hora. Te llamo porque no quería que te enteraras por correo.” Se aclaró la garganta. “Llegó el reporte de la revisión interna del crédito. Y la titular de la cuenta destino entregó un escrito firmado. Dice que el dinero fue un préstamo que tú le hiciste.”

Silencio.

“Mañana te van a notificar. Estás suspendida, Alma. Mientras dure la investigación, no puedes regresar al banco.”

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