Capítulo 3 de 16
El bolso de mi madre
Lo entendía.
Y lo peor fue que, por un segundo, una parte de mí quiso pedirle que no lo hiciera.
Esa parte era el muchacho de la colonia Rafael Lucio. Mi papá, don Isauro, se murió en 2009. Yo tenía dieciocho años; Gisela, quince. Mi mamá nunca lloró delante de nosotros. Puso una mesa afuera, una olla de atole y un bote de tamales, y nos sacó adelante.
Pero luego vi a Alma dormida por fin, con el suero goteando. Y a Matías en una cunita de acrílico, tomándose su fórmula como si se fuera a acabar el mundo.
“Haga lo que tenga que hacer, doctora.”
La trabajadora social, Lucero Pale, me tomó los datos. Los dejaron en observación toda la noche. A las 9:30 regresé a la casa por ropa, papeles y el celular de Alma.
Mi mamá estaba en la cocina, calentando café. Gisela seguía en el sillón. Gael, ya despierto, jugaba con un carrito en el piso.
“¿Cómo está la muchacha?”, preguntó mi mamá. Así. “La muchacha.”
“Con suero. Deshidratada. El niño perdió cuatrocientos gramos.”
Suspiró como quien oye el pronóstico del clima.
“Ya te lo había dicho yo. Esa muchacha no come, mijo. Le traía su caldo y no se lo comía. No quería cargar al niño. Lloraba todo el día. Está deprimida. Eso que les da ahora a las jóvenes, que no aguantan nada.”
“Mamá, la puerta tenía la llave por fuera.”
“Para que no le diera el aire. Tú no sabes de esto. Yo ya crié a dos.”
“Es cierto, Daniel”, dijo Gisela desde el sillón. “Tu mujer estaba muy rara. Gritaba de noche. Mi mamá la cuidó como si fuera su hija.”
En su celular alcancé a ver una historia de Instagram con palmeras y un avión: “¡Cancún nos espera, mamis! ✈️🌴”. La había subido ella. Me pareció una frivolidad más de mi hermana, de esas que te molestan y se te olvidan.
“¿Dónde está el celular de Alma?”
Mi mamá se encogió de hombros.
“Ni idea. Lo habrá aventado por ahí. Como andaba.”
Me acordé de lo que Alma me contó en el carro. Me lo guardó en el bolsillo del suéter.
El bolso negro de mi mamá estaba en el cuarto del bebé, en la mecedora. Ella había dormido cuatro noches ahí, en un catre, junto a la cuna vacía.
Subí. Ella subió detrás de mí.
“¿Qué haces? Esas son mis cosas.”
Abrí el bolso. Su monedero. Su rosario. Un paquete de pañuelos. Y, en el fondo, el celular de Alma, con su funda verde de margaritas. Tenía dos por ciento de batería.
“Se lo guardé para que no lo perdiera”, dijo mi mamá.
La miré. Ella me sostuvo la mirada, como cuando yo era niño y le decía una mentira.
Me acordé del domingo 4 de octubre, el día que dieron de alta a Alma. Mi mamá llegó con alcatraces, corrigió a la enfermera sobre cómo envolver a un recién nacido y se tomó una foto cargando a Matías. Esa tarde la subió a Facebook: “Mi nieto, mi vida 💙”. A Alma, en la cama de al lado, la dejó fuera del cuadro.
Ese mismo día, mientras mi mamá posaba, Alma revisó en su celular la aplicación del banco, para ver si ya le había llegado el pago de su incapacidad por maternidad. Gisela estaba sentada en la orilla de su cama, muy cerca. Platicando. Pendiente.
No pensé en eso entonces. Pensé en eso mucho después.
“Se van hoy”, les dije.
“¿Perdón?”
“Tú y Gisela. Se van hoy. Ahorita.”
Mi mamá abrió la boca y no le salió nada. Gisela empezó a echar cosas en una maleta, furiosa.
Gael me jaló el pantalón.
“Tío, ¿ya no voy a ver al bebé?”
Me agaché. Le limpié la salsa de la boca con el pulgar.
“Sí lo vas a ver, campeón. Otro día.”
Se fueron a las diez y cuarto, en el carro de Gisela. Mi mamá no se despidió.
Me quedé solo. Conecté el celular de Alma en la cocina y me senté en el piso, con la espalda en el refrigerador.
La pantalla se encendió. Pedía contraseña. No hizo falta.
Las notificaciones de cuatro días empezaron a caer, una tras otra, en la pantalla bloqueada. Mensajes de su mamá. Mis mensajes, que nunca leyó.
Y una del banco. Del viernes 9 de octubre, a las 2:14 de la mañana.
“Tu Crédito de Nómina por $220,000.00 ha sido depositado.”
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