Capítulo 16 de 16
Ninguna puerta por fuera
Fui a Rafael Lucio un domingo de diciembre, en la tarde. Solo.
Me quedé en la reja. Mi mamá salió con el delantal, sin maquillaje, más chiquita de lo que la recordaba.
“Léeme tu carta”, le dije. “La última línea.”
Se le humedecieron los ojos.
“Tu abuela Chona”, dijo. “La mamá de tu papá. Cuando naciste, me tuvo cuarenta días en un cuarto de su casa de Perote. Sin salir. Comiendo lo que ella decía. Tu papá trabajaba en Veracruz, venía los domingos. Yo no le dije nada. Pensaba que así era. Que así se hacía una mujer.”
“¿Y por eso se lo hiciste a Alma?”
“No sé, mijo.” Se agarró de la reja. “No sé por qué. Yo tenía tanto miedo de quedarme sola. Y luego tu hermana me enseñó ese mensaje… y yo quería creerlo.”
Me quedé callado mucho tiempo.
“Te creo que te lo hicieron, mamá. Y me duele. Pero eso no te dejaba hacérselo a ella.”
Asintió despacio. No dijo nada más. Yo tampoco.
Me fui sin abrazarla. No porque no quisiera. Porque todavía no podía.
Esa noche se lo conté todo a Alma. Ella escuchó sin interrumpir, sentada en la mecedora, con Matías dormido.
“¿Quieres que la perdone?”, me preguntó.
“Quiero que hagas lo que tú quieras. Yo ya te pedí mucho.”
Alma pensó un rato.
“La chambrita me la quedo. El niño no tiene la culpa de nada.” Se meció despacio. “A tu mamá, todavía no. A lo mejor algún día. Cuando termine su terapia. Cuando me lo pida ella, con su boca, no con una carta.”
Me pareció justo.
Nos mudamos a Coatepec la semana antes de Navidad. Una casa chica, en una calle empedrada que huele a café tostado en las mañanas.
Lo primero que hice, antes de meter un solo mueble, fue cambiar la chapa de la recámara. Compré una sin llave. De esas que solo tienen botón por dentro.
La llave de latón con el listón rojo la entregué en la Fiscalía como evidencia. Nunca la pedí de vuelta.
En la casa de Coatepec, la puerta del cuarto de Matías también se queda abierta. Siempre. De noche, desde nuestra cama, se ve la cuna. Y la lucecita verde de la cámara, que ahora sí tiene internet.
Alma regresó al banco a finales de noviembre, cuando terminó su incapacidad. En enero la nombraron encargada de prevención de fraudes de la sucursal. Ella dice que no fue por lo que pasó. Yo digo que sí.
Bautizamos a Matías el 2 de febrero de 2027, Día de la Candelaria, en la parroquia de San Jerónimo de Coatepec. La madrina fue doña Rufina, con su rebozo nuevo, color azul. Ella misma hizo los tamales: de pollo en salsa verde, de rajas con queso, de dulce con pasas. Doscientos tamales.
Gael vino con su papá, que se lo llevó a vivir con él mientras dura el proceso de Gisela. Llegó con una bolsa de regalo más grande que él. Adentro venía un juego de bloques de colores, nuevo.
“Es para el bebé”, le dijo a Alma. “Para que haga un castillo. Yo le enseño.”
Alma lo abrazó tan fuerte que el niño se rió.
“Tú me salvaste, ¿sabes?”
“¿Yo?”
“Tú prendiste la nave espacial.”
Gael no entendió. Pero se puso muy contento.
En la comida, en el patio de nuestra casa, con las mesas de tablones y los manteles de colores, vi a Alma sentarse a la cabecera. Le serví un plato con tres tamales y un vaso grande de champurrado. Se lo comió todo. Despacio, platicando, riéndose con Cecilia y con doña Rufina. Sin mirar a nadie de reojo. Sin que nadie le quitara el plato.
Pidió otro tamal. De dulce.
Yo la miré desde la puerta de la cocina, con Matías dormido en el hombro, y pensé en la noche del 10 de octubre. En la llave puesta por fuera. En su voz pidiéndome ayuda desde el piso.
La gente que más quieres puede cerrarte una puerta. Y a veces la abre un niño de cinco años, porque una lucecita verde le pareció una nave espacial.
Esa noche, cuando todos se fueron, Alma subió a acostar a Matías. Yo apagué las luces de abajo y subí detrás de ella.
La puerta de la recámara estaba abierta. Como todas.
En esta casa, ninguna puerta se cierra por fuera.