Capítulo 15 de 16
Lo que cada quien pagó
Era un citatorio. Una semana después, Gisela se presentó ante un juez de control, acompañada de un defensor público.
La Fiscalía le formuló imputación por fraude y usurpación de identidad. El juez la vinculó a proceso. Como medidas cautelares, le prohibió acercarse a Alma y le ordenó presentarse a firmar cada quince días. A petición del banco, el juez ordenó el embargo precautorio de su carro, un Aveo gris, para garantizar la reparación del daño. La tienda de Plaza Américas la despidió antes de que terminara noviembre.
Las mamás del kínder se enteraron por Cecilia. Al viaje fueron igual, porque la agencia ya tenía el dinero. Pero Gisela no fue. En el grupo de WhatsApp la sacaron sin decir nada. Ni un mensaje. Solo una línea gris: “Cecilia eliminó a Gisela.”
El 5 de noviembre, el banco le mandó a Alma una carta. Con la copia de la carpeta de investigación y la grabación de las 02:14, la Unidad Especializada había resuelto la aclaración a su favor. El crédito quedaba cancelado. Los registros se corregían. La suspensión se levantaba “con efectos retroactivos y goce íntegro de sueldo”.
El licenciado Raúl Ortega vino a llevarle la carta en persona, con flores.
“Perdóname, Alma. Debí creerte.”
“Hiciste lo que dice el manual, Raúl.”
“El manual no conoce a la gente.”
El 12 de noviembre, la licenciada Solano nos visitó por última vez. Pesó a Matías: tres kilos novecientos. Cerró el expediente. En la puerta, antes de irse, le apretó la mano a Alma.
“Ojalá todas las visitas terminaran así.”
A mi mamá la Fiscalía le formuló imputación por violencia familiar. Su abogado pidió una suspensión condicional del proceso, y el juez la concedió con condiciones: un año de terapia psicológica, la prohibición de acercarse a Alma y al niño, y presentarse cada mes.
No fue a la cárcel. Pero perdió otras cosas. Las que a ella le importaban.
Doña Clotilde y doña Remigia se salieron del grupo de WhatsApp “Las de la Parroquia”. Luego se salieron las demás. El padre de su parroquia le dijo, con mucha delicadeza, que ese año la coordinación de las posadas la iba a llevar otra señora. El maestro de obra se llevó el block y el cemento que nunca le pagaron. En la azotea de Rafael Lucio se quedaron los cuatro castillos de varilla, oxidándose con la lluvia.
Muchos de los que le compraban tamales desde 2009 dejaron de comprarle.
Yo no hablé con ella en todo noviembre.
A mi jefe le dije que si tenía que escoger entre el puesto y mi familia, ya había escogido. El ingeniero Pozos lo pensó una semana. Luego mandó a otro a Manzanillo y me dejó en la oficina de Coatepec. “A lo mejor ya era hora de que alguien más aprendiera a resolver”, dijo.
El 27 de noviembre firmamos la casa de Coatepec ante notario. Con nuestro enganche completo: setecientos ochenta mil pesos. Ni un peso menos.
El 3 de diciembre, doña Rufina tocó el timbre con una bolsa de papel.
“Me la dio su mamá, joven. En la iglesia. Me pidió que se la trajera, porque ella no puede venir.”
En la bolsa había una chambrita de estambre blanco, tejida a mano, con botoncitos de concha. Y un sobre cerrado, con mi nombre escrito con la letra redonda de las listas del mandado.
Alma vio la chambrita y no dijo nada. La dobló con cuidado.
Yo abrí el sobre en el patio.
Era una hoja de cuaderno, escrita por los dos lados. No pedía perdón. No del todo. Hablaba de mi papá, de los tamales, de lo sola que se había sentido. De Gisela, a quien ya no sabía cómo mirar. Hablaba de su miedo a quedarse sola en esa casa.
Y la última línea, separada del resto, decía:
“A mí también me encerraron cuarenta días cuando naciste tú.”
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