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Volví antes de tiempo de un viaje de trabajo y encontré a mi esposa en el piso, junto a la cuna de nuestro bebé de una semana. La puerta de la recámara estaba cerrada con llave… por fuera. Mi mamá se había quedado a “ayudar”. Lo que vi en la charola junto a la cama me heló la sangre.

Capítulo 4 de 16

Una cuenta que yo abrí

Volví al hospital a las once y media de la noche.

Alma estaba despierta. Le habían quitado el suero. Comía, despacio, un plato de caldo de pollo con arroz que le trajo la enfermera del turno de la noche. Lo comía con las dos manos alrededor del plato, como si alguien se lo fuera a quitar.

Esa imagen no se me va a olvidar nunca.

Le di su celular. Lo desbloqueó y vio la notificación.

No dijo nada. Se puso muy seria, de esa forma que se pone cuando está trabajando. Abrió la aplicación del banco. Entró. Buscó. Bajó con el dedo. Volvió a subir.

“Daniel. Yo no pedí ese dinero.”

“Ya sé.”

“No. Escúchame. No es que se me haya olvidado. Es que no tenía el teléfono. Tu mamá lo tuvo desde el miércoles.”

Me enseñó la pantalla.

Crédito de nómina preaprobado. Doscientos veinte mil pesos. A cuarenta y ocho meses. Solicitado desde la aplicación el viernes 9 de octubre, a las 2:14 de la mañana con treinta y siete segundos. Autorizado y depositado de inmediato en su cuenta de nómina.

Y debajo, otro movimiento. A las 2:16. Una transferencia por doscientos veinte mil pesos, el dinero completo, a otra cuenta.

Alma amplió la pantalla con dos dedos.

“Esta cuenta la conozco.”

“¿De quién es?”

Me miró. Tenía los ojos todavía hinchados, pero ya no lloraba.

“De tu mamá. Se la abrí yo, en mi sucursal, en marzo de 2024. Para que dejara de guardar el dinero de los tamales debajo del colchón. ¿Te acuerdas? Ella no quería ir sola al banco. Me pidió a mí que la atendiera.”

Me acordaba. Ese día mi mamá le llevó a Alma una bolsa de tamales de rajas. “Para que veas que sí te quiero, hija.” Fue un buen día. Hubo pocos así.

“Entonces fue ella”, dije.

Alma no contestó enseguida.

“El dinero llegó a su cuenta. Eso no quiere decir que ella lo haya pedido.” Lo dijo con cuidado, como quien explica algo a un cliente que está alterado. “Para pedir un crédito en la aplicación se necesita mi teléfono y mi contraseña. Tu mamá no sabe usar la aplicación de su propio banco, Daniel. Siempre le pide a alguien que le revise el saldo.”

“¿A quién?”

Alma tardó en contestar.

“A Gisela.”

Nos quedamos callados. Matías hizo un ruidito en su cuna de acrílico.

“¿Cómo es que no te diste cuenta?”, le pregunté. Y en cuanto lo dije, me arrepentí.

Ella no se ofendió.

“Porque el jueves, ya casi a medianoche, tu mamá se llevó el plato. Como a la una y media me quedé dormida con el niño, por primera vez en tres días. No me desperté hasta las seis. Dormí como si me hubieran apagado.”

Se quedó viendo la pantalla.

“Y porque, si yo no tenía el teléfono, nunca iba a ver la notificación. Me la habrían borrado. Pero se les olvidó que el teléfono estaba en un bolso, apagándose.”

Pensé en mi mamá. En el bolso negro. En el rosario.

“Mañana voy al banco”, dijo Alma. “Voy a pedir una aclaración. Y vamos a la Fiscalía. Ya me dijo la trabajadora social que la doctora mandó el aviso.”

“¿Estás segura? Acabas de…”

“Daniel.” Me puso la mano en el brazo. “Si no lo hago yo, esto va a decir que lo hice yo. Es un crédito a mi nombre, desde mi teléfono, con mi contraseña. En el banco, el primer sospechoso es el titular. Siempre.”

“¿Y la contraseña?”, pregunté. “¿Quién podría saberla?”

Alma cerró los ojos un rato largo. Luego los abrió.

“No sé quién”, dijo despacio. “Pero no fue un descuido de alguien. Fue alguien que me estuvo mirando.”

Dejó el celular sobre la sábana, boca abajo.

“Yo no pedí ese dinero, Daniel. Pero el que lo pidió sabía mi contraseña.”

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