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Volví antes de tiempo de un viaje de trabajo y encontré a mi esposa en el piso, junto a la cuna de nuestro bebé de una semana. La puerta de la recámara estaba cerrada con llave… por fuera. Mi mamá se había quedado a “ayudar”. Lo que vi en la charola junto a la cama me heló la sangre.

Capítulo 6 de 16

Lo que mi madre creía

El martes 13 fui a verla.

Alma no quería que fuera. “No vas a sacar nada, Daniel.” Tenía razón. Pero necesitaba verle la cara.

La casa de Rafael Lucio estaba igual: la reja verde, la mesa de los tamales, la Virgen de Guadalupe en la entrada con su veladora. Lo distinto estaba en la azotea.

Ahí, donde siempre tendíamos la ropa, alguien había levantado cuatro castillos de varilla. Abajo, en la banqueta, había bultos de cemento, un montón de arena tapado con un plástico azul y dos tarimas de block.

Un señor de gorra estaba fumando junto a la arena. Era el maestro de obra.

“¿Usted es el hijo? La señora me dijo que el lunes me pagaba el material. Ya es martes.”

“¿Cuándo trajeron esto?”

“El viernes en la tarde. La señora dijo que ya tenía el dinero.”

El viernes. El mismo día del crédito.

Mi mamá me abrió con su delantal puesto. Gisela estaba en la sala con Gael, viendo caricaturas.

Me senté en el sillón de siempre, el de mi papá. Mi mamá se quedó parada.

“¿Vienes a pedirme perdón?”

“Vengo a preguntarte por qué.”

Se rió. Una risa seca.

“¿Por qué? ¿De veras me preguntas por qué?” Se le subió el color a la cara. “Yo los crié sola, Daniel. Sola. Vendiendo tamales afuera de esta casa, con lluvia, con frío, a las seis de la mañana. Para que tú estudiaras. Para que tuvieras un buen trabajo. Y llega esa muchacha y en una comida, delante de mis comadres, me deja como una pordiosera. ¡Como si yo les fuera a robar!”

“Mamá…”

“¿Sabes lo que dijeron en la parroquia? Que mi nuera me puso en mi lugar.” Le temblaba la voz. “Yo nada más quería que entendiera que sin mí no puede. Que un bebé no es cosa fácil. Que necesita a su suegra. Que necesita esta casa.”

“La dejaste sin comer.”

“¡Le di su dieta! ¡La cuarentena es así!”

“La encerraste.”

“¡Para que no le diera el aire!”

“Y le pediste que firmara para pasarte setecientos ochenta mil pesos.”

Ahí se calló un segundo. Luego levantó la barbilla.

“Ese dinero es de la familia. Y ella no es familia.” Se acercó a la mesita del teléfono y tomó su celular. “¿Quieres saber por qué? Mira. Mira lo que tu mujer piensa de mí.”

Me enseñó una captura de pantalla. Un chat de WhatsApp. Arriba decía “Alma”, con la foto de perfil de Alma, una foto de ella en la playa de Chachalacas. El mensaje era del 20 de junio, a las 3:12 de la tarde.

“Cuando nazca el niño, tu mamá no va a ser bienvenida en mi casa. Que se vaya acostumbrando.”

“¿De dónde sacaste esto?”

“Me lo enseñó tu hermana. Se lo mandó tu mujer a ella. Pensando que Gisela no me iba a decir nada.” Me arrancó el teléfono de la mano. “Desde ese día supe lo que me esperaba. Que me iban a quitar a mi nieto. Que me iban a quitar a mi hijo.”

Volteé hacia Gisela. Ella no levantó los ojos de la tele.

“¿Y el crédito, mamá? ¿Los doscientos veinte mil pesos que cayeron en tu cuenta el viernes a las dos de la mañana?”

Mi mamá me miró como si le hablara en otro idioma.

“¿Cuáles doscientos veinte mil?”

“Los que pagaron eso.” Señalé hacia afuera, hacia la arena y el cemento.

“Eso lo iba a pagar con el enganche. Cuando ella firmara.” Frunció la boca. “Yo no sé nada de ningún crédito. Yo no sé usar esas cosas del celular. A mí el banco me lo maneja Gisela desde hace dos años.”

Por primera vez, Gisela apagó la tele.

Se levantó con calma. Tenía las uñas recién pintadas, color coral, con piedritas.

“¿Ya acabaste de interrogar a mi mamá?”

“No te estoy hablando a ti.”

“Pues yo sí te voy a hablar a ti.” Sacó su celular del bolsillo trasero del pantalón. “Ese dinero me lo prestó tu mujer. Ella solita. Por eso cayó en la cuenta de mi mamá, porque la mía está embargada, y Alma lo sabe muy bien. Y te pidió que no te dijera. Porque ella sabía que te ibas a poner así.”

Me puso el teléfono frente a la cara.

Era otro chat. Otra vez “Alma”. Otra vez la foto de Chachalacas. Jueves 8 de octubre, 11:58 de la noche.

“Ahí te van los 220. No le digas a Daniel.”

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