Capítulo 2 de 16
Comes cuando firmes
No le pregunté nada más a mi mamá. No en ese momento.
Levanté a Matías. Pesaba menos que en el hospital. Estaba mojado hasta la espalda.
“Nos vamos al hospital.”
“¿Al hospital?” Mi mamá dio un paso adentro. “Estás loco. Está en la cuarentena. Si sale con este frío le va a dar el aire, se le va a secar la leche, se le va a…”
“Mamá. Quítate.”
Nunca le había hablado así. Se hizo a un lado.
Con un brazo cargué al niño y con el otro ayudé a Alma a pararse. En la escalera tuvo que detenerse dos veces. Gisela nos vio pasar desde el sillón.
“Ya vas a empezar con tus dramas, Daniel.”
Acomodé a Alma en el asiento de atrás del carro, con el niño en brazos y mi chamarra encima. Al cerrar la puerta de la casa, miré hacia la ventana del cuarto del bebé.
Detrás de la cortina, en la repisa, brillaba una lucecita verde.
La cámara del bebé, la que instalé en agosto. En Manzanillo la revisaba en el teléfono cada noche y siempre decía lo mismo: “Sin conexión.” Pensé que estaba apagada. Esa lucecita me dio una cosa rara en el estómago. Pero arranqué.
En el camino, Alma habló. A pedazos, como se cuenta algo que todavía duele.
El miércoles, el mismo día que yo me fui, mi mamá le pidió el celular.
“En la cuarentena no se usa el teléfono, hija. Te seca la leche. Te sube la presión.”
Alma se rió, pensando que era broma. Mi mamá se lo guardó en el bolsillo del suéter. Esa noche Gisela cambió la contraseña del internet. “Para que Gael no se la pase en YouTube.” La laptop de Alma se quedó sin red.
A las diez de la noche, mi mamá cerró la puerta de la recámara por fuera.
“Para que no te dé el aire, mija. Una recién parida no anda en corrientes.”
“¿Y si necesitaba algo?”, le pregunté.
“Tocaba. A veces abrían. A veces no. La otra puerta da al cuarto del bebé, donde dormía tu mamá. Esa la cerraba ella por dentro, con la llave en su bolsillo.”
El jueves, la comida fue atole. Atole de masa, aguado. En la tarde, un caldo sin pollo. “Es la dieta de la cuarentena”, le dijo mi mamá. “Así lo hacían en mis tiempos.”
Yo sé lo que es la cuarentena. Caldo de gallina, atole, tortilla, mucho cuidado. Es para cuidar a la mujer. No para dejarla con hambre.
A las once de la mañana del jueves, mi mamá entró con la hoja.
“Fírmala y te traigo de comer.”
Alma la leyó. Trabaja en un banco desde hace siete años. Sabe reconocer cuando alguien quiere sacar dinero que no es suyo.
“Eso no lo firma nadie que trabaje en un banco, doña Perla.”
Mi mamá dobló la hoja y la dejó en el buró. Debajo del vaso.
“Comes cuando firmes.”
Apreté el volante.
“Le pedí tus pañales cuatro veces”, siguió Alma. “Me dijo que ya los había comprado. Que estaban abajo. Nunca subieron.”
Yo le había depositado a mi mamá cinco mil pesos el miércoles en la mañana, antes de subirme al avión. “Para el súper y los pañales, mamá.”
Me acordé de las charolas de birria. De las dos cajas de pizza.
En urgencias del hospital del IMSS nos atendieron rápido, porque Alma se desvaneció en la sala de espera. A Matías lo pesaron en una báscula de metal.
Dos kilos novecientos cincuenta.
Había perdido cuatrocientos gramos en una semana.
La doctora de guardia, Mónica Lagunes, le puso suero a Alma y pidió fórmula para el niño mientras se recuperaba la leche de su mamá. Luego me pidió salir para hacerle preguntas a Alma a solas.
Cuando salió, se quitó los lentes y los limpió con la bata, despacio.
“Señor Zavala. Su esposa no está deprimida, como dice que le dijo su madre por teléfono.” Me miró de frente. “Su esposa tiene hambre. Tiene tres días comiendo casi nada, durmiendo casi nada, sin poder pedir ayuda. Por eso no tiene leche. Por eso su hijo bajó de peso.”
“Lo que ella me contó, y lo que estoy viendo, tiene un nombre. Y yo no puedo hacerme la que no lo vi.”
Volvió a ponerse los lentes.
“Tengo la obligación de dar aviso al Ministerio Público, señor. ¿Entiende lo que eso significa para su madre?”
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