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Volví antes de tiempo de un viaje de trabajo y encontré a mi esposa en el piso, junto a la cuna de nuestro bebé de una semana. La puerta de la recámara estaba cerrada con llave… por fuera. Mi mamá se había quedado a “ayudar”. Lo que vi en la charola junto a la cama me heló la sangre.

Capítulo 13 de 16

2:14

Era Gisela.

La luz del teléfono le alumbraba la cara desde abajo. Traía la pijama de franela con corazones que le regaló mi mamá en Navidad.

Miró a Alma un momento. Alma no se movió.

Luego se puso a escribir en la pantalla, rápido, con los dos pulgares. Se detuvo. Volvió a escribir. La hora, en la esquina de la imagen, decía 02:14:21.

Murmuró algo. La cámara tenía micrófono y el cuarto estaba en silencio total. Alma subió el volumen al máximo.

“Doscientos veinte…”

Tocó la pantalla. Esperó. La hora decía 02:14:37.

Alma, a mi lado, dijo en voz baja, como si rezara:

“Dos catorce con treinta y siete.”

Gisela siguió escribiendo. Movió los labios mientras tecleaba, contando números. Era la cuenta. A las 02:16 tocó otra vez la pantalla y se quedó quieta, esperando.

Luego susurró. Bajito, pero clarito. Para sí misma.

“A la de mi mamá… Si algo sale mal, que dé la cara ella.”

Bloqueó el teléfono. El cuarto se volvió a quedar negro. Se levantó de la cama sin hacer ruido y pasó junto a la cámara, de regreso al cuarto del bebé.

Alma pausó el video.

Ninguno de los dos habló. Afuera empezaba a clarear.

“Que dé la cara ella”, repitió Alma. “Tu hermana se lo mandó a tu mamá a propósito. No para esconderse detrás de ella. Para que, si alguien lo descubría, la culpable fuera tu mamá.”

Pensé en mi mamá en la reja: “Tu hermana nunca me ha mentido.”

Seguimos revisando hasta que amaneció. La cámara grababa cuando detectaba movimiento o ruido, así que las treinta y siete horas eran pedazos de trece días.

Viernes 9, 11:20. Mi mamá entra con su celular en la mano, apuntando a Alma, que está sentada en el piso, llorando. “Llora, mija, llora, que te vea tu marido.” Graba. Para. Vuelve a grabar. “Ahora cárgalo. ¿Ves que no puedes?” Esos eran los videos del grupo de la familia. Pero en la grabación de la cámara se veía lo que los videos cortaban: mi mamá retirando la charola del buró antes de empezar a grabar.

Viernes 9, 15:10. Gael, en puntitas, con el tamal de doña Rufina en una servilleta. “Es secreto, tía.”

Sábado 10, de las 13:40 a las 16:20. Matías llora en el moisés. Dos horas y cuarenta minutos. En el cuarto del bebé, a tres metros, mi mamá está sentada en el catre viendo su celular. A las 15:05 se levanta, se asoma a la recámara, mira a Alma en el piso. Y se vuelve a sentar.

A las 16:20 se oye una puerta abajo. Unos pasos que suben de dos en dos. Mi mamá se levanta, se acomoda el suéter y se para en la puerta de comunicación. Cruza los brazos.

Me vi a mí mismo en la pantalla, de espaldas, abriendo la puerta.

Alma cerró la laptop.

“Hay algo más”, dijo. “La captura del 20 de junio. ‘Tu mamá no va a ser bienvenida en mi casa.’ A las 3:12 de la tarde.”

Fue al trinchador y regresó con un fólder.

“El 20 de junio yo presenté el examen de certificación del banco. En el centro de capacitación. De nueve de la mañana a cinco de la tarde. Los teléfonos se dejan en un locker, con candado, y firmas cuando lo sacas.” Sacó una hoja. “Aquí está la constancia. Y la lista de asistencia, con mi firma de salida a las 17:04.”

A las 3:12 de la tarde de ese día, el teléfono de Alma estaba en un locker.

Gisela había usado su nombre cuatro meses antes, para que mi mamá la odiara.

El jueves 22 a las nueve estábamos en la Fiscalía. La licenciada Barradas vio los pedazos de video en silencio. Cuando llegó a las 02:14, dejó de escribir.

Mandó llamar a un perito en informática. Copiaron la tarjeta frente a nosotros, sacaron un código de verificación, la metieron en una bolsa sellada con nuestras firmas y la suya. Cadena de custodia.

“Esto cambia la carpeta”, dijo. Nada más eso.

Esa noche, a las diez, sonó mi teléfono.

Mamá. Una llamada. La primera en diez días.

Contesté.

No sabía nada de la tarjeta. Lo supe por su voz, la de cuando ganaba una discusión en la mesa.

“Nada más te hablo para decirte una cosa, mijo. Para que no digas que no te avisé.”

Hizo una pausa.

“El viernes, en el juzgado, vas a ver quién es tu madre.”

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