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Volví antes de tiempo de un viaje de trabajo y encontré a mi esposa en el piso, junto a la cuna de nuestro bebé de una semana. La puerta de la recámara estaba cerrada con llave… por fuera. Mi mamá se había quedado a “ayudar”. Lo que vi en la charola junto a la cama me heló la sangre.

Capítulo 7 de 16

La ventana

Regresé a la casa a las dos de la tarde, con el estómago revuelto.

Alma estaba en la mecedora del cuarto del bebé, dándole pecho a Matías. Ya le estaba bajando la leche otra vez.

Le conté todo. La azotea, los castillos, el maestro de obra. La captura del 20 de junio. El chat del 8 de octubre.

No se enojó. Se quedó pensando.

“El jueves 8, a las 11:58 de la noche, yo no tenía mi teléfono”, dijo. “Lo tenía tu mamá en el bolso. O alguien más.”

“Ya lo sé.”

“Tú lo sabes. Pero ¿quién más lo sabe?”

Esa misma tarde le llegó un correo del banco. La primera respuesta a su aclaración. La leyó en voz alta, sin expresión, como si leyera la de otra persona.

“La operación fue realizada desde el dispositivo vinculado a su cuenta, con su contraseña de acceso y su token digital. No se detectaron accesos desde dispositivos distintos. Por lo anterior, la operación se considera reconocida por el titular. Se mantiene en revisión…”

“Desde afuera, así se ve, Daniel. Mi teléfono, mi contraseña, mi token. Y un chat que dice ‘no le digas a Daniel’.”

“Pero tú estabas encerrada.”

“¿Y quién lo puede decir? ¿Tú, que estabas en Manzanillo? ¿Tu mamá? ¿Tu hermana?”

No tenía respuesta.

A las seis tocaron el timbre.

Me asomé con cuidado. No era mi mamá. Era doña Rufina Landa, la señora que vende tamales en la esquina, enfrente de la casa. Setenta años, rebozo gris, un bote de aluminio en la cadera.

“Buenas tardes, joven. Le traigo unos tamalitos de pollo a la muchacha. Para que agarre fuerza.”

Le dije que pasara. Alma bajó con el niño. Doña Rufina se le quedó viendo con los ojos húmedos.

“Ay, mija. Qué bueno que ya está abajo.”

“¿Por qué lo dice, doña Rufina?”, le pregunté.

La señora se acomodó el rebozo. Se notaba que llevaba días pensando en decirlo.

“El jueves, como a la una de la tarde, yo estaba en mi esquina. Y la vi a ella en la ventana de arriba. Pegada al vidrio. Me hizo así con la boca.” Movió los labios sin voz. “Ayúdeme. Yo pensé que había visto mal, joven. Luego se quitó.”

Alma bajó la cabeza.

“Le toqué a su mamá esa tarde. Me abrió la señora Perla. Le dije que si la muchacha estaba bien. Me dijo que sí, que estaba durmiendo, que no anduviera de metiche.” Doña Rufina apretó el bote. “Yo me quedé con pendiente. Y al otro día, el viernes, vi al niño, al güerito, jugando en la banqueta. Le di un tamal de rajas envuelto en una servilleta. Le dije: ‘Esto es para tu tía. Es secreto, ¿eh? Nada más para ella.'”

Alma levantó la vista.

“Me lo llevó”, dijo bajito. “Gael me lo llevó. A las tres de la tarde. Se metió por la puerta del cuarto del bebé, cuando tu mamá estaba abajo. Me dijo ‘es secreto, tía’. Fue lo único que comí ese día.”

Doña Rufina se persignó.

“Bendito sea Dios.”

Le pregunté si estaría dispuesta a contar eso ante la Fiscalía.

“Lo que haga falta, joven. Yo ya estoy vieja. Ya no le tengo miedo a nadie.”

Esa noche, antes de dormir, Alma lo resumió.

“La doctora vio que tenía hambre. Doña Rufina vio que pedí ayuda. Nadie vio quién pidió ese crédito.” Apagó la lámpara. “Y mientras nadie lo vea, el crédito es mío.”

A la mañana siguiente, miércoles 14, a las diez, sonó el timbre otra vez.

Esta vez no era doña Rufina.

Eran dos mujeres con gafete y un fólder. Una de ellas, la mayor, me enseñó una credencial.

“Buenos días. Somos de la Procuraduría de Protección de Niñas, Niños y Adolescentes. Recibimos un reporte sobre el bebé Matías.”

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