Capítulo 11 de 16
El fondo
El martes 20 nos llegó la notificación.
Juzgado de lo Familiar de Xalapa. Solicitud de medidas provisionales de guarda y custodia del menor Matías Zavala Beltrán, a favor de su abuela paterna, Perla Mercado viuda de Zavala. Con base en “el expediente abierto por la Procuraduría de Protección”, en “el estado emocional de la madre” y en “la ausencia del padre por motivos laborales”. La firmaba el licenciado Hermilo Rebolledo, un abogado amigo de las comadres de la parroquia.
Audiencia: viernes 30 de octubre, a las diez de la mañana.
Fuimos con el licenciado Abel Sangabriel, un abogado de familia que nos recomendó la licenciada Barradas. Leyó todo con los lentes en la punta de la nariz.
“No se lo van a dar”, dijo. “Una abuela no le quita un bebé a sus padres así nomás. La jueza va a pedir estudios, va a pedir el informe de la Procuraduría, va a escuchar a todos.”
Respiré.
“Pero”, siguió, “mientras tanto, ustedes van a vivir con un expediente abierto, con visitas, con estudios psicológicos a la señora, con su nombre en un juzgado. Y si en la audiencia la jueza ve esos videos y escucha que la señora está suspendida en su trabajo por un posible fraude, puede ordenar medidas. Supervisión. Que una trabajadora social venga cada semana. Cosas que no se quitan rápido.”
“¿Y si probamos lo del crédito?”
“Si prueban que la señora Alma no pidió ese crédito, se les cae la mitad del caso. La otra mitad, la de los videos, se cae con la doctora y con la vecina.” Se quitó los lentes. “El problema es que hoy no lo pueden probar.”
Ese mismo martes me habló el ingeniero Lázaro Pozos, mi jefe.
“Daniel, entiendo lo de tu familia. De verdad. Pero los contenedores siguen en Manzanillo y el cliente de Hamburgo ya nos amenazó con penalización. Te necesito allá el lunes.”
“No puedo, ingeniero.”
“Entonces vamos a tener que hablar de tu puesto.”
“Hablemos.”
Colgó.
Esa noche hice la cuenta. Alma suspendida, con un crédito a su nombre. Mi trabajo en el aire. La Procuraduría en mi casa. Un juicio para quitarnos a nuestro hijo en diez días. Mi familia entera en contra. La firma de la casa, que el banco iba a cancelar en cuanto supiera lo de Alma.
Ellas iban ganando. Las dos. Y lo sabían.
A las tres de la mañana, Matías lloró. Alma le dio pecho medio dormida y se volvió a quedar dormida con él. Yo lo tomé con cuidado y lo llevé a su cuarto, a la cuna, para que ella descansara.
Me senté en la mecedora, a oscuras. El cuarto amarillo con nubes. El catre de mi mamá ya no estaba, pero todavía olía a su crema de rosas.
Entonces la vi otra vez.
La lucecita verde. En la repisa, detrás de la cortina.
La cámara.
La había visto el sábado 10, al salir al hospital. Y luego se me olvidó, con todo lo demás. La aplicación decía “Sin conexión” desde el miércoles 7. Desde que Gisela cambió la contraseña del internet.
Pero la luz verde quiere decir que está prendida.
Y yo le compré, en agosto, una tarjeta de memoria de 128 gigas. “Por si se va el internet”, me dijo el muchacho de la tienda. “Cada que detecta movimiento o ruido, graba directo en la tarjeta.”
Me levanté. Me temblaban las manos. Desconecté la cámara, saqué la tarjeta con la uña y bajé a la cocina, donde estaba la laptop de Alma.
La conecté con el adaptador.
La carpeta tardó en abrir. Cuando abrió, había cientos de archivos. Bajé hasta el final. Abajo, el reproductor mostraba el total.
37 horas, 12 minutos de grabación.
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