Capítulo 12 de 16
La nave espacial
Desperté a Alma a las tres y media.
No le expliqué nada. Le puse la laptop en las piernas y le di play al primer archivo.
Jueves 8 de octubre, 23:40.
La imagen era en blanco y negro, de visión nocturna. El cuarto del bebé. La cuna vacía. La puerta de comunicación abierta y, del otro lado, un pedazo de nuestra recámara: el pie de la cama, el moisés.
Entonces apareció una carita. Muy cerca de la cámara. Ojos enormes. Era Gael, en pijama de dinosaurios, parado en la mecedora.
“Hola, nave espacial”, susurró. “¿Por qué estás apagada?”
Se oyó un clic. Había conectado el cable que alguien había dejado suelto. La lucecita se prendió y le iluminó la cara de verde.
Gael sonrió.
“Ya. Ya estás prendida.”
Se bajó de la mecedora y se fue en puntitas a la recámara. Se sentó en el piso junto al moisés, con sus bloques de colores, y empezó a hacer una torre. Bajito. Muy bajito.
“Te estoy haciendo un castillo, bebé.”
Alma se tapó la boca.
Yo me acordé de los bloques de colores regados junto al moisés. Del castillo a medio hacer que pisé el sábado sin verlo.
A las 23:52 se abrió la puerta de la recámara que da al pasillo. Se oyó la llave. Entró mi mamá con un plato en la mano. Un plato hondo, humeante. Caldo, con su pierna de pollo y su arroz.
La cámara la tomaba de lado. Se veía clarito.
“¿Ya vas a firmar?”
Alma, en la cama, se incorporó despacio. Se le veía la cara en la luz que entraba del pasillo.
“No, doña Perla.”
Mi mamá se acercó. Le puso el plato enfrente. Lo dejó ahí un momento, tan cerca que Alma tuvo que mirarlo. El vapor subía.
Luego lo retiró.
“Comes cuando firmes.”
Se dio la vuelta. Vio a Gael en el piso.
“¿Y tú qué haces aquí? A dormir. Ándale.”
Gael se levantó sin decir nada y salió. Mi mamá salió detrás de él con el plato. La llave sonó otra vez del otro lado de la puerta.
En la laptop, Alma lloraba en silencio.
En la cocina, a mi lado, también.
“Perdóname”, le dije otra vez. Ya no sé cuántas veces se lo he dicho. No las suficientes.
Ella no me contestó. Me tomó la mano por debajo de la mesa y no me la soltó.
Seguimos viendo. Adelantamos.
00:20. Alma se levanta, va a la puerta del pasillo y mueve la manija. No abre. Toca dos veces, bajito. Nadie contesta. Se queda un rato con la frente recargada en la madera.
00:30. Vuelve a la cama con mucho trabajo, carga a Matías y lo pasea. Le canta bajito. “Duérmete, mi niño, duérmete, mi amor.” Una canción de cuna de Papantla que le cantaba su abuela.
01:10. Alma se acuesta con el niño en el pecho.
01:50. Los dos, quietos. Dormidos. La respiración de Alma se oye pesada, profunda. Como alguien que no ha dormido en tres días.
02:11. Nada.
02:12. La puerta de comunicación se mueve.
Alguien entra desde el cuarto del bebé. Pasa junto a la cámara, tan cerca que solo se ve un borrón oscuro. Va hacia la cama.
Alma se agarró de mi brazo.
La figura se sienta en la orilla de la cama, del lado de Alma. Alma no se mueve. Sigue dormida, con Matías sobre el pecho.
La figura saca algo de su bolsillo. Un teléfono.
La pantalla se enciende.
La luz blanca le pega en las manos. En una funda verde, con margaritas.
Y luego, despacio, le sube a la cara.
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