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Volví antes de tiempo de un viaje de trabajo y encontré a mi esposa en el piso, junto a la cuna de nuestro bebé de una semana. La puerta de la recámara estaba cerrada con llave… por fuera. Mi mamá se había quedado a “ayudar”. Lo que vi en la charola junto a la cama me heló la sangre.

Capítulo 14 de 16

La audiencia

El viernes 30 de octubre, a las diez, entramos a una sala chica del Juzgado de lo Familiar, con paneles de madera, un escudo de Veracruz y un ventilador de techo que no servía.

La jueza Amparo Viveros usaba lentes rojos.

Mi mamá llegó con el licenciado Rebolledo y con Gisela, con su suéter vino y sus aretitos de perla. En el pasillo se quedaron doña Clotilde y doña Remigia, con sus rosarios. La audiencia era privada, pero ellas habían venido a acompañar a su comadre. Y a ver.

El licenciado Rebolledo habló primero. Habló bien. Una abuela entregada, con experiencia. Una madre deprimida que rechazaba a su hijo. Un bebé que bajó de peso. Los videos. La suspensión de la madre en su trabajo por un posible fraude.

“Una persona investigada por fraude, su señoría, que pidió un crédito, se lo prestó a su cuñada y ahora la denuncia para no pagarlo.”

Pidió que se reprodujeran los videos de Alma llorando. La jueza los vio sin mover la cara.

Luego habló el licenciado Sangabriel. Presentó la nota de la doctora Lagunes. Presentó el informe actualizado de la Procuraduría: tres visitas, sin rechazo al bebé, peso recuperado. Llamó a doña Rufina, que contó lo de la ventana y lo del tamal con su voz firme de setenta años.

Y luego pidió que se incorporara la copia certificada de la grabación, remitida por la Fiscalía.

La jueza aceptó.

Pusieron el primer fragmento. Jueves 8, 23:52.

El plato. El vapor. “¿Ya vas a firmar?” “No, doña Perla.” El plato que se acerca. El plato que se retira.

“Comes cuando firmes.”

Mi mamá se hizo chiquita en la silla. No miró la pantalla. Miró sus manos.

Pusieron el fragmento del viernes, 11:20. Mi mamá retirando la charola y luego apuntando con el celular. “Llora, mija, que te vea tu marido.”

La jueza se quitó los lentes rojos.

Y luego pusieron el de las 02:14.

Gisela, iluminada por la pantalla. El “doscientos veinte”. Y el susurro, que en la bocina de la sala sonó mucho más fuerte que en la cocina de mi casa:

“A la de mi mamá… Si algo sale mal, que dé la cara ella.”

Mi mamá levantó la cabeza.

Volteó despacio hacia Gisela. La miró como no la había visto mirar a nadie. Ni a Alma.

“¿Que dé la cara yo?”

Gisela no contestó. Tenía la boca apretada.

“¿Usaste mi cuenta? ¿Usaste mi nombre? ¿Me hiciste firmar ese papel para el banco sabiendo…?” A mi mamá se le quebró la voz. “¡Me dijiste que era tu liquidación!”

“Señora, guarde silencio”, dijo la jueza.

Pero Gisela ya se había parado.

No miró a mi mamá. Miró a Alma.

“¿Y qué querías que hiciera?” Le temblaba toda la cara. “Tú tenías sueldo, marido, la casa en Coatepec, y al nieto favorito en la cuna. Yo nada más fui a pedir un crédito a tu ventanilla. Uno. Y tú me lo negaste delante de toda la fila. Delante de todos. ¡Me marcaste en el sistema como si fuera una ratera!”

Alma no se movió.

“Tu constancia de ingresos estaba alterada, Gisela”, dijo muy tranquila. “Yo no te marqué. El sistema te marcó. Yo nada más no firmé una mentira.”

“¡Siempre tienes una respuesta! ¡Siempre!” Gisela se volteó hacia mi mamá. “¡Y tú! Toda la vida Daniel. Daniel estudió, Daniel tiene buen trabajo. ¿Y yo qué? ¿Quién me ayudó cuando me dejaron sola con Gael?”

“¡Yo te ayudé!”

“¡Me diste el catre de la sala!”

La jueza golpeó la mesa con la palma de la mano.

“Suficiente.”

Se hizo un silencio total. La jueza volvió a ponerse los lentes.

“Se niega la solicitud de medidas provisionales de guarda y custodia. El menor permanece con sus padres. Se da vista al Ministerio Público con todo lo actuado en esta audiencia.”

Mi mamá no se levantó. Se quedó sentada, viendo la pantalla apagada.

Salimos al pasillo. Doña Clotilde y doña Remigia se pararon de la banca, pero no se acercaron a mi mamá. Se quedaron mirándola desde lejos, con los rosarios en la mano.

Gisela salió casi corriendo, buscando la escalera.

No llegó.

La licenciada Barradas estaba recargada junto a la puerta del elevador. Traía un sobre en la mano. Se enderezó cuando la vio.

“¿Gisela Zavala Mercado?”

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