Capítulo 9 de 16
El celular sobre la hielera
Don Teófilo Moroyoqui vive en la colonia Olivares, a tres cuadras de la cochera donde empezó todo en 2006. Casa verde, un mezquite en la banqueta. Me abrió el sábado a las ocho con el sombrero en la mano.
“Pásele, señora. La estaba esperando desde el domingo.”
Su esposa, doña Rosa, me sirvió café de talega y una coyota, me apretó las manos y se fue a la cocina.
“Yo me salí de la bodega el jueves”, me dijo don Teófilo. “Cuando el patrón dijo que la licenciada era la nueva directora. No me pude quedar ahí parado. Pero no renuncié. Todavía no. Uno tiene que comer.”
“No le vengo a pedir que renuncie, don Teófilo.”
“Ya sé a qué viene.”
Sacó del bolsillo de la camisa su celular, un Samsung con la pantalla estrellada en una esquina.
“Lo dejé grabando en la hielera desde las seis cuarenta hasta que se murió la batería.” Bajó la mirada. “No lo había visto entero hasta el miércoles. Cuando mi nieta me enseñó el video de la licenciada en el Facebook, le dije: ese no es todo. Yo tengo el todo.”
Lo puso sobre la mesa y le dio play.
La imagen estaba chueca: la mesa larga de lado, los foquitos, el humo del asador. Don Teófilo adelantó hasta las 7:03.
Ahí estaba Mayela. Al fondo de la mesa, con su vestido floreado. Karime estaba junto a ella con sus dos amigas. Mayela se agachó y le habló al oído. Mucho rato. No se oía qué. Pero se veía la mano de Mayela señalándome, a mí, que estaba de espaldas acomodando las charolas cerca de la puerta de vidrio. Karime negó con la cabeza una vez. Mayela le apretó el brazo y le volvió a hablar al oído.
Luego Mayela sacó su celular. Lo levantó. Apuntó hacia donde estaba yo.
Karime todavía no se había movido.
Mayela ya estaba grabando.
Cuarenta segundos después, Karime caminó hacia mí. Todo lo demás se oía, más bajito: “sirvienta”, “¡Papá!”, la cachetada, el plato de don Teófilo cayendo justo frente a su propio teléfono.
Al final, antes de que se cortara la batería, se veía a Mayela bajando el celular. Y sonriéndole a su teléfono. Como quien revisa que la foto le salió bien.
No dije nada. No podía.
Don Teófilo apagó la pantalla.
“Hay otra cosa, señora. Dos cosas.”
“Dígame.”
“La primera es el chiller del hospital. El lunes que se descompuso, yo lo abrí. Ese compresor es el mismo que yo instalé en 2014. Tiene mi marca, una rayita con plumón rojo que le pongo a todo lo que monto. Y en la oficina me dijeron que en marzo se había cambiado, que ya era nuevo. Yo nunca cambié nada, señora. Y en mi cuadrilla nadie lo cambió.”
Uno de los catorce compresores. El que nunca existió. El que yo había encontrado en la factura de marzo.
“Usted tiene las órdenes de servicio del hospital, ¿verdad?”
“Todas. Firmadas por el ingeniero Acuña. Las guardo en una caja de zapatos desde 2014, igualito que usted me enseñó.” Sonrió apenas. “Usted siempre dice: lo que no está en papel no pasó.”
“¿Y la segunda cosa?”
Don Teófilo se rascó la nuca. Miró hacia la cocina, donde estaba doña Rosa. Bajó la voz.
“El sábado, el día antes de la fiesta, yo fui a dejar los tablones a la casa del patrón. Como a las diez de la noche. Usted ya estaba arriba. El patrón estaba en la cochera con la licenciada Mayela. Ella le estaba enseñando algo en el celular. Le leía en voz alta, algo de un banco, de septiembre, de que usted quería lo suyo. Y el patrón se puso como se pone, rojo, rojo.”
“¿Qué dijo?”
Don Teófilo me miró a los ojos.
“Dijo: ‘Si me hace eso, la corro.'”
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