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Mi esposo me dio una cachetada delante de treinta invitados y me gritó que era una mantenida sin un peso. No le contesté. Hice una sola maleta y me fui sin decir nada. A la mañana siguiente, el hombre que me corrió de su casa me marcó once veces… y en la última llamada, estaba llorando.

Capítulo 16 de 16

Mi propia nómina

Vivo en un departamento chiquito en la colonia Centenario, a dos cuadras del parque Madero. Dos recámaras, un minisplit que instaló don Teófilo “a precio de familia” y un balcón donde puse las macetas de sábila que rescaté de la casa de mi mamá antes de venderla, y que Lulú me cuidó seis años en su patio sin decirme nada.

La segunda recámara es de Karime. Viene los sábados. Hace la tarea en mi comedor y me pide que le enseñe el ceviche de mi mamá. Ayer me preguntó si podía estudiar contaduría, “como tú”. Le dije que sí, pero que primero aprendiera a cuadrar su domingo.

Néstor la trae y la recoge en la esquina. No sube. Me saluda desde una camioneta usada. Va al programa los martes. Dicen que ya no grita en la bodega. Que aprendió a entrar solo al portal del banco. Que la primera vez que dispersó la nómina sin ayuda, se quedó viendo la pantalla un rato largo, y luego le dio las gracias a Nadia.

No sé si eso es cambiar. Pero es algo.

De Mayela sé lo que sabe todo Hermosillo. Que sigue la investigación, que tiene que firmar cada quince días en un juzgado, que la vieron en el mercado municipal comprando su propio mandado, sin hielera de tamales. Que Leobardo se fue a vivir con su mamá a Ciudad Obregón. Que ya no se hablan.

Una vez, en agosto, me la encontré en la fila del banco. Me miró. Yo la miré. Por un segundo vi a la Mayela de hace diez años, la que me trajo un pozole cuando me dio dengue. Luego volteó la cara.

Yo también.

El local de mi oficina está en la planta baja del mismo edificio. Un cuarto de cuatro por seis con un escritorio, dos computadoras, un archivero de metal y un letrero que me mandó hacer Lulú en una imprenta de la Rosales, con letras azules:

“Administraciones Eloísa. Contabilidad, nómina e impuestos para negocios familiares.”

Tengo nueve clientes. Una tortillería, dos fondas, una ferretería, una carnicería, un taller, una papelería, una estética. Y Climas Moroyoqui, la empresa que abrió don Teófilo en agosto con cinco técnicos de su cuadrilla.

Nadia renunció a Climas Valenzuela el 1 de septiembre y llegó a mi oficina el 2, con una maceta de lavanda y su título de técnica en contabilidad bajo el brazo.

“Me dijo un día que lo que no está en papel no pasó, señora. Pues aquí estoy. Por escrito.”

Hoy es jueves 15 de octubre. Quincena.

A las nueve de la mañana me senté frente a la computadora y abrí el portal del banco. El mío. Con mi token. Con mi contraseña.

Dispersé la nómina de mis clientes uno por uno. Los cuatro empleados de la tortillería. Los dos de la ferretería. Los cinco de don Teófilo. Cuadró todo al centavo. Como siempre.

Luego abrí la última. La de mi propia oficina.

Dos renglones.

“Nadia Félix Gámez. Auxiliar contable.”

Y abajo:

“Silvia Contreras Ibarra. Directora.”

Me quedé viendo la pantalla.

Me toqué los aretes de mi mamá. Perlas de Guaymas, de las que se forman despacio, capa por capa, alrededor de algo que lastima, hasta que eso que lastimaba se vuelve lo más bonito que hay en la concha.

Pensé en mi mamá friendo pescado cuarenta años en el malecón para que yo estudiara. En la casita de la higuera. En la noche antes de mi boda, cuando firmé un papel en su cocina y ella me miró sin decir nada.

Pensé en treinta personas paradas detrás de una mesa, mirando.

En un plato de cartón cayendo al pasto.

En una palabra.

Mantenida.

Le di “autorizar”.

La pantalla se puso verde. “Dispersión exitosa.”

Ahí estaba mi nombre. Por primera vez en seis años, alguien me pagaba por lo que hago.

Y ese alguien era yo.