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Mi esposo me dio una cachetada delante de treinta invitados y me gritó que era una mantenida sin un peso. No le contesté. Hice una sola maleta y me fui sin decir nada. A la mañana siguiente, el hombre que me corrió de su casa me marcó once veces… y en la última llamada, estaba llorando.

Capítulo 4 de 16

La cuñada de los tamales

Todo el mundo quiere a Mayela.

Llega los lunes a la oficina con una hielera de tamales de elote para los técnicos. Reza en voz alta antes de las posadas. Cada mañana sube a Facebook un versículo con la frase “Familia ante todo 🙏”.

Yo también la quise, al principio.

Pero yo llevo la contabilidad. Y la contabilidad no reza.

En la posada de diciembre de 2025, la empresa pagó la cena completa en un salón de la Pitic. Dos semanas después, la esposa de un técnico me dio las gracias “por el descuento”. Me enseñó su boleto: trescientos cincuenta pesos por persona, vendido por la licenciada Mayela “para ayudar con los gastos”. Conté cuarenta y un boletos. Catorce mil trescientos cincuenta pesos que nunca entraron a ninguna cuenta.

Cuando se lo comenté, Mayela se puso la mano en el pecho.

“Era para la canasta de la parroquia, Silvia. ¿No me vas a acusar de robarle a la Virgen, verdad?”

En los quince años de Karime, que organicé yo durante cuatro meses, Mayela pidió el micrófono y agradeció a Dios frente a doscientos invitados “por permitirme acompañar a mi sobrina como una madre”. A mí nadie me mencionó.

Y el domingo, antes de que llegaran los invitados, la vi separar los mejores cortes de arrachera, envolverlos en aluminio y meterlos en la cajuela de su camioneta.

Pero nada de eso empezó con tamales.

Empezó el 11 de enero de 2021.

Leobardo Gastélum, el esposo de Mayela, era supervisor de cuadrilla. En plena pandemia, cuando yo había bajado mi propio sueldo a cero para que alcanzara la nómina, descubrí que llevaba cuatro meses reportando horas extras que nadie había trabajado. Treinta y ocho mil cuatrocientos pesos. Los técnicos de su cuadrilla me lo confirmaron, uno por uno, muertos de miedo.

Néstor no quiso despedirlo. “Es mi cuñado.” Así que lo despedí yo, con el poder que me había dado la empresa. Le pagué su finiquito completo.

Mayela no me volvió a saludar en un año.

En marzo de 2022 fue a llorarle a Néstor, y él la contrató como jefa de compras. Yo me opuse. Me dijo que la empresa era de él.

En abril de 2024 apareció un proveedor nuevo: Refacciones Frío del Pitic. “Entregan el mismo día”, decía Mayela. Poco a poco dejamos de comprarle a Refrigeración Industrial del Noroeste, el distribuidor de toda la vida. En mayo, el ingeniero Soto nos suspendió el crédito por una factura vieja que Mayela nunca autorizó.

En marzo de este año, revisando el cierre, vi una factura por un compresor para el chiller dos del hospital. Noventa y ocho mil pesos. Pagada. Pero en la bitácora del hospital no había ningún cambio de compresor.

Empecé a jalar el hilo. Me llevó tres meses, de noche, después de la cena.

Catorce compresores facturados por Frío del Pitic desde 2024, a noventa y ocho mil pesos cada uno, que nadie instaló. Más un sobreprecio del treinta y ocho por ciento en todo lo demás. En total, dos millones ciento cuarenta mil pesos.

El 29 de mayo le mandé los números de serie al ingeniero Soto. El 10 de junio me contestó: “Licenciada, esos números no corresponden a ningún equipo que haya entrado a Sonora por nuestra red.”

Todo eso estaba en la carpeta azul.

Lo único que no sabía era de quién era Frío del Pitic. Lo supe esa misma tarde, después de colgarle a Néstor, con dos clics en el portal del SAT donde se verifican las facturas: el RFC del emisor estaba a nombre de Leobardo Gastélum.

A las once y cuarto de la noche me sonó el teléfono. “Mayela 🙏”.

No la saludé. Ella tampoco.

“Tú tienes mi carpeta”, le dije.

“Yo no tengo nada tuyo. Tú no tienes nada. ¿O no lo oíste ayer?” Se rió bajito. “Tú corriste a mi Leo de la empresa que fundó mi familia. Con dos niños, en plena pandemia, sin seguro. Yo nomás estoy recuperando lo que nos quitaste.”

“Le robó a sus propios compañeros.”

“Eso dices tú. Siempre es lo que dices tú.”

Antes de colgar, me dijo una cosa más. Despacio, con esa voz dulce con la que reza en las posadas.

“Ya lo subí. Que todo Hermosillo vea quién eres.”

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