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Mi esposo me dio una cachetada delante de treinta invitados y me gritó que era una mantenida sin un peso. No le contesté. Hice una sola maleta y me fui sin decir nada. A la mañana siguiente, el hombre que me corrió de su casa me marcó once veces… y en la última llamada, estaba llorando.

Capítulo 13 de 16

Los audios

Lulú la metió a la cocina y le sirvió un chocolate. Karime lo agarró con las dos manos y no se lo tomó.

Yo me senté enfrente. No la abracé. Había un reporte en la Procuraduría con su nombre y el mío, y lo último que esa niña necesitaba era que alguien más la usara.

“Mija, ¿tu papá sabe dónde estás?”

“Cree que estoy en la prepa.”

“Le vamos a avisar ahorita.”

Asintió. Tenía las uñas mordidas. Antes no se las mordía.

“Mi tía me quitó el celular el miércoles. El de tu mensaje. Dijo que estaba castigada por hablar contigo. Pero anoche se quedó dormida en el sillón viendo la novela y lo dejó en la mesita.” Sacó de la mochila un iPhone con funda de girasoles. “Me mandé todo a mi correo de la escuela. Luego lo regresé donde estaba.”

Lo desbloqueó. Abrió el chat. “Tía Maye 🙏”.

El primer audio era del domingo 14 de junio, a las 17:52. Una hora antes de la fiesta.

Karime le dio play y bajó la mirada a la mesa.

“Mija, hoy es el día, ¿eh? Cuando salgas con tus amigas, le pides que les sirva. Así, normal. Si te dice que no, se lo dices delante de todos: sirvienta. Que oigan todos. Tu papá ya sabe que es una interesada, ya le enseñé lo del banco, no te va a regañar. Al contrario. Así se va solita, mija, sin que nadie la corra. Y ya no te va a mandar a Tucson.”

“¿Tucson?”, pregunté.

“Mi tía me dijo que tú querías mandarme a una escuela en Tucson, interna. Para quedarte sola con mi papá y con la empresa. Me enseñó un folleto.”

Yo nunca había visto un folleto de una escuela en Tucson en mi vida.

El segundo era del martes 16, a las 22:05.

“Kari, si alguien de la Procuraduría te pregunta, tú dices que te dio miedo. Que te miró feo. Que siempre te mira feo. ¿Sí? Es por tu bien, para que no regrese.”

Karime ya estaba llorando. Sin ruido. Con la cara roja y los hombros temblando.

“Yo no sabía que mi papá te iba a pegar”, dijo. “Te juro que no sabía. Mi tía dijo que te ibas a enojar y te ibas a ir. Nada más. Yo no quería…”

“Ya sé, mija.”

“Perdóname.”

Entonces sí la abracé. Al diablo el reporte.

Jovita llegó a las ocho menos cuarto. Escuchó los audios con cara de piedra y luego le habló al licenciado Moreno.

“Su cliente tiene que venir por su hija. Está bien, está a salvo, está conmigo y con la señora Encinas. Que venga ahorita. Y que se quede en la banqueta, por la medida de protección.”

Néstor llegó en veinte minutos. Se quedó en la banqueta, del otro lado de la reja, como le dijeron. Camisa arrugada, barba de cuatro días.

Karime salió hasta la reja con el teléfono.

“Papá. Escucha esto.”

Le puso los dos audios, con el volumen al máximo, mientras pasaba el camión de la basura.

Néstor oyó a su hermana. “Ya le enseñé lo del banco.” Oyó “sirvienta”. Oyó “para que no regrese”.

Le cambió la cara. Despacio. Como cuando se va la luz y el refrigerador sigue haciendo ruido un ratito.

Se agarró de la reja con las dos manos.

“Hay otra cosa, papá”, dijo Karime. “Antier en la noche la oí hablando con mi tío Leo en la cochera. Le dijo: ‘En cuanto entren los tres millones, cerramos Frío del Pitic y nos vamos a Phoenix. Ya hablé con mi comadre de allá.'”

Néstor no dijo nada durante un minuto entero. Luego me buscó con los ojos, por encima de la cabeza de su hija, por encima de la reja.

Y esta vez sí lloró por algo más que por él.

“Silvia…”

No lo dejé terminar.

“No es conmigo con quien tienes que hablar ahorita, Néstor. Es con tu hija. Llévatela a desayunar. Y luego habla con tu abogado.”

Él asintió. Abrazó a Karime por encima de la reja, torpe, como si se le hubiera olvidado cómo se hacía. Se subieron a la camioneta.

Antes de arrancar, bajó la ventana.

“El lunes a las ocho Mayela tiene su junta, con todo el personal. Para presentar lo del banco.” Tragó saliva. “Ven. Por favor. Y trae tu carpeta.”

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