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Mi esposo me dio una cachetada delante de treinta invitados y me gritó que era una mantenida sin un peso. No le contesté. Hice una sola maleta y me fui sin decir nada. A la mañana siguiente, el hombre que me corrió de su casa me marcó once veces… y en la última llamada, estaba llorando.

Capítulo 12 de 16

Números de serie

A las once de la noche abrí la laptop.

Si iba a perder, iba a perder con todos los papeles en la mesa. Eso me lo enseñó mi mamá en la fonda: el día que te quieran cobrar de más, enséñales la nota.

Hice una lista. Mayela podía decir que mis cuadros de Excel eran inventados, o que el correo del ingeniero Soto era un favor de un amigo. Lo que no podía negar era lo que estaba en papeles que ella no controlaba.

A las seis de la mañana del jueves 25 le escribí al ingeniero Abraham Soto un correo formal, con los catorce números de serie, preguntándole si, como distribuidor autorizado de la marca en Sonora, podía certificar por escrito si esos equipos existían.

Me contestó a las ocho y cuarto. “Venga a la oficina, licenciada. Esto se lo firmo yo mismo.”

En su oficina del Parque Industrial, el ingeniero Soto me entregó una hoja membretada, verificada con la fábrica en Monterrey.

“De los catorce números de serie, ocho no existen. Nunca se fabricaron. Los otros seis corresponden a equipos que vendimos en 2023 a una empresa de Mexicali, y siguen instalados allá. Tengo las fotos de las placas.” Me miró por encima de los lentes. “Alguien copió esos números de un catálogo viejo, licenciada. Y no muy bien.”

“¿Usted declararía eso ante el Ministerio Público?”

“Llevo veinticinco años vendiendo compresores en este estado. Me molesta que alguien cobre noventa y ocho mil pesos por un fierro que no existe. Claro que declaro.”

De ahí me fui a la Olivares. Don Teófilo me esperaba con la caja de zapatos: ciento cuarenta y dos órdenes de servicio del hospital, de 2014 a 2026, firmadas por el ingeniero Acuña o su jefe de turno. Las revisamos una por una.

En ninguna, en ninguna, decía “cambio de compresor”. Ni en el chiller dos ni en ningún otro.

“Ahí está su rayita roja”, dijo don Teófilo, enseñándome una foto que le tomó al compresor del chiller dos el lunes 15, con la tapa abierta. Una rayita de plumón rojo, borrosa, sobre la placa de 2014.

A las cinco de la tarde me escribió Nadia. No a mi WhatsApp. A mi correo personal, desde el suyo.

“Señora, no me pregunte nada. Le mando los comprobantes de las transferencias a Frío del Pitic desde 2024. Todas las autorizó la licenciada Mayela con su usuario. Si me corren, me corren. Usted me enseñó a cuadrar las cosas, no a esconderlas.”

Treinta y una transferencias. Metí los folios de las facturas uno por uno en el portal del SAT. RFC del emisor a nombre de Leobardo Gastélum Ruiz. Domicilio fiscal: la casa de Mayela.

A las nueve de la noche tenía una carpeta nueva. Verde, esta vez. El certificado del ingeniero Soto, las órdenes de servicio, las transferencias, las facturas, el video de don Teófilo en una memoria USB y una copia del mutuo.

Se la llevé a Jovita esa misma noche. Ella la iba a presentar en la Fiscalía el viernes a las nueve, y a pedir que peritaran mi laptop para que constara que nunca usé la firma electrónica de la empresa. Jovita le mandó esa misma noche una copia al ingeniero Acuña: “Para que usted mismo revise sus órdenes de servicio.”

Esa noche dormí cinco horas seguidas. Era lo más que había dormido en dos semanas.

A las 6:50 de la mañana del viernes 26 sonó el timbre de la casa de Lulú.

Lulú abrió en bata. Yo me asomé por el pasillo con el pelo revuelto.

En la puerta estaba Karime. Con el uniforme de la prepa, la mochila al hombro, los ojos hinchados. Detrás de ella, el Uber que la había dejado arrancaba ya.

No se acercó. Se quedó en la banqueta, con las manos agarradas a las correas de la mochila, como cuando tenía cinco años y no se atrevía a entrar al kínder.

“No le dije a nadie que venía”, dijo. Y luego, más bajito:

“Traigo los audios.”

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