Capítulo 2 de 16
Lo que hace una mantenida
Lulú me abrió la puerta de su casa en la colonia Modelo en pijama. Me vio la maleta. Me vio la cara.
No me preguntó nada. Me sentó en su sillón y me trajo una bolsa de chícharos congelados envuelta en un trapo.
“¿Fue él?”
Asentí.
“Aquí te quedas el tiempo que quieras.”
Esa noche apagué el teléfono y no dormí. Me quedé viendo el ventilador del techo y pensando en la palabra.
Mantenida.
Entré a Climas Valenzuela en marzo de 2013 como asistente administrativa. Tenía treinta y dos años y un título de contadora pública por la Universidad de Sonora que nadie me pedía. La empresa eran nueve técnicos, dos camionetas y una caja de zapatos llena de facturas sin cobrar. Néstor era un técnico brillante, de esos que oyen un compresor y saben qué tiene. Pero no sabía cobrar. No sabía cuánto debía ni cuánto tenía.
Lo ordené todo en seis meses. Me enamoré de él en ocho.
Nos casamos el 14 de febrero de 2015.
La noche anterior, a las once, Néstor llegó a casa de mi mamá con un fólder.
“Es la separación de bienes, Silvia. No te ofendas. Es por mi hermana, que no piense mal.”
Lo firmé ahí mismo, en la mesa de la cocina de mi mamá, con el vestido de novia colgado en la puerta. Mi mamá no dijo nada. Solo me miró. Esa mirada la sigo cargando.
Así que es cierto. Sobre el papel, la casa es de él. La empresa es de él.
Lo que el papel no dice es todo lo demás.
Que la nómina de cuarenta y un empleados la dispersaba yo. Que yo daba de alta a los técnicos en el IMSS, timbraba las facturas en el SAT, renovaba fianzas y seguros. Que yo armé la propuesta del contrato de mantenimiento del hospital del IMSS, cuatro millones ochocientos mil pesos al año. Que el banco solo le prestaba a la empresa porque yo me sentaba frente a la ejecutiva con las cifras.
Néstor le decía “cosas de oficina”. Firmaba todo lo que le ponía enfrente sin leer. “Tú sabes, mi reina.”
Y el viernes antes de la fiesta le dejé en su escritorio una carpeta azul, con una liga y una etiqueta escrita a mano: “Lunes 9:00”.
“El lunes a las nueve necesito una hora contigo. Es de proveedores. Es importante.”
“Sí, sí.”
Mayela, que pasaba por el pasillo con su termo de café, se detuvo un segundo en la puerta. Luego siguió caminando.
Ni la abrió. A las seis, cuando me fui, la liga seguía igual.
A las 7:38 de la mañana del lunes prendí el teléfono.
Néstor. Llamada perdida. 7:41, otra. 7:45, un mensaje: “¿Dónde está lo de la nómina?”
Ni un “perdón”. Ni una pregunta por mi cara.
“¿Le vas a contestar?”, me preguntó Lulú.
“No. La nómina está donde ha estado siempre. Él tiene usuario de administrador desde 2017. Nunca entró.”
Ese lunes era quince. Cuatrocientos ochenta y seis mil pesos que tenían que estar en las cuentas de los técnicos antes de las diez, porque el que no ve su pago no se sube a la camioneta.
Yo no borré nada. No cambié contraseñas. No escondí ningún papel. Lo único que hice fue no estar ahí.
A las 8:10 me habló Nadia, la muchacha de nómina. La entrené yo misma.
“Señora, don Néstor no encuentra el token del banco. Dice que usted se lo llevó.”
“Está en la caja fuerte, Nadia. Segunda repisa, en la cajita de lentes. La combinación la tiene él.”
“Dice que no se acuerda.”
A las nueve llamó el banco. A las 9:40, el ingeniero Benigno Acuña, el jefe de conservación del hospital. No contesté. Le escribí a Nadia.
“Se descompuso el chiller número dos a las seis de la mañana, señora. En quirófanos ya andan en veintinueve grados y afuera vamos a llegar a cuarenta y cuatro. El contrato dice que hay que responder en dos horas. Don Teófilo está allá, pero nadie le autoriza la refacción.”
Esa refacción la autorizaba yo.
Una parte de mí quería subirse al carro y arreglarlo todo.
La otra parte se acordaba del ruido de la cachetada.
A la una y veinte sonó el teléfono por undécima vez. A la cuarta vez que timbró, contesté.
No habló. Del otro lado había una respiración rara. Entrecortada.
Y luego un sonido que yo no conocía.
Por primera vez en once años, oí llorar a mi esposo.
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