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Mi esposo me dio una cachetada delante de treinta invitados y me gritó que era una mantenida sin un peso. No le contesté. Hice una sola maleta y me fui sin decir nada. A la mañana siguiente, el hombre que me corrió de su casa me marcó once veces… y en la última llamada, estaba llorando.

Capítulo 14 de 16

La junta de las ocho

La bodega de Climas Valenzuela huele a gas refrigerante y a café de máquina. El lunes 29 de junio, a las ocho de la mañana, había cuarenta y una sillas de plástico en filas. Al frente, una mesa con mantel blanco, flores y una imagen de la Virgen de Guadalupe. En la pared, una diapositiva: “Nueva etapa. Familia ante todo.”

Entré por la puerta lateral con Jovita, el ingeniero Soto y la licenciada Areli Duarte. Don Teófilo, en la primera fila, se puso de pie cuando me vio. Luego, uno por uno, se pusieron de pie los técnicos de su cuadrilla.

Mayela estaba al frente con un vestido azul cielo y un rosario en la muñeca. Cuando me vio, se le cayó la sonrisa medio segundo. Luego se le volvió a acomodar.

“Qué sorpresa.” Volteó hacia su hermano. “Néstor, ¿tú la invitaste?”

“Sí”, dijo él. Nada más.

Junto a Mayela, de traje gris nuevo, estaba Leobardo. Lo presentó como “nuestro nuevo proveedor estratégico”.

Mayela empezó con un Padre Nuestro. Luego habló de la familia y de los momentos difíciles. Que el banco había aprobado tres millones de pesos, “que firmamos hoy a mediodía”. Que Frío del Pitic iba a ser el proveedor principal “porque es gente de casa”.

Cuando terminó, Néstor se levantó.

“Antes de firmar nada, quiero que escuchen a Silvia.”

Hubo un murmullo. Mayela abrió la boca. Néstor no la dejó.

“Siéntate, Maye.”

Yo no soy de discursos. Le pedí al ingeniero Soto que leyera su carta, y la leyó despacio, para que la entendieran hasta los de la última fila: catorce compresores facturados, ocho números de serie que nunca existieron y seis instalados en Mexicali desde 2023.

Luego don Teófilo se paró con su caja de zapatos.

“Ciento cuarenta y dos órdenes del hospital, firmadas por el ingeniero Acuña. En ninguna se cambió un compresor. El del chiller dos que tronó el lunes 15 es el que yo puse en 2014. Tiene mi rayita roja.” Levantó la foto. “Lo que se facturó en marzo nunca llegó.”

La licenciada Areli explicó que dos millones ochocientos mil de los tres millones iban a Frío del Pitic, y que el banco suspendía la firma.

Y entonces Nadia, desde la tercera fila, levantó la mano. Le temblaba.

“Yo tengo algo.” Sacó de su bolsa una carpeta azul. Con una liga. Con una etiqueta escrita a mano: “Lunes 9:00”. “Estaba en el cajón de la licenciada Mayela, debajo de su Biblia. La encontré el viernes buscando un sello, y no supe a quién dársela.”

Mayela se puso de pie tan rápido que tiró la silla.

“¡Eso es robo! ¡Estás esculcando mis cosas!”

“Es de la empresa, licenciada”, dijo Nadia.

Le pasé la carpeta a Néstor. Él quitó la liga. Encima de todo estaba una hoja escrita a mano, con mi letra, que yo había puesto el viernes 12 para que fuera lo primero que viera.

“Néstor: perdóname por no decírtelo antes. Tenía miedo de que no me creyeras. Es tu hermana. Aquí está todo. Y al final hay otra cosa que también te debí haber contado hace mucho: lo de la casa de mi mamá. Te quiero. Silvia.”

Néstor la leyó dos veces. Bajó la hoja. No dijo nada.

Mayela ya no rezaba.

“Todo eso lo inventó ella. Tiene la laptop de la empresa. Puede hacer las facturas que quiera.”

“Las facturas están timbradas en el SAT, licenciada”, dijo Jovita, con su voz tranquila. “Con el RFC de su esposo. Y el domicilio fiscal es su casa.”

Cuarenta y un pares de ojos voltearon hacia Leobardo.

Leobardo se puso blanco. Se aflojó la corbata.

“A mí no me vean. Yo nada más firmaba lo que ella me decía. Ella ponía los precios. Fue idea de ella desde el principio.”

“¡Cállate, Leobardo!”

“¡No me callo! ¡Tú me dijiste que la señora nunca revisaba las facturas de compras!”

Se gritaron delante de todos. El rosario de Mayela se rompió y las cuentas rodaron por el piso. Nadie se agachó a recogerlas.

Cuando Leobardo se calló, Mayela se volteó hacia su hermano. Ya no tenía cara de misa. Tenía la cara que le vi por el vidrio de la ventana el domingo 14.

“¿Y tú, Néstor? ¿Les vas a decir por qué la corriste?” Lo señaló con el dedo, igual que Karime me señaló a mí. “Yo te enseñé un correo. Uno. Y tú le pegaste delante de treinta personas. Yo te lo dije el sábado, pero tú ya tenías ganas desde marzo.”

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