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Mi esposo me dio una cachetada delante de treinta invitados y me gritó que era una mantenida sin un peso. No le contesté. Hice una sola maleta y me fui sin decir nada. A la mañana siguiente, el hombre que me corrió de su casa me marcó once veces… y en la última llamada, estaba llorando.

Capítulo 7 de 16

Las 11:48 de la noche

El miércoles no salí de la casa de Lulú.

El video ya tenía cuarenta mil compartidos. Una página de noticias de Hermosillo lo levantó con el título “Polémica por madrastra en fiesta de empresario de la Pitic”. En los comentarios ya no me llamaban madrastra. Me llamaban cosas peores.

Cuando me casé con Néstor, Karime tenía cinco años y no hablaba. La mamá, Ivette, se había muerto de cáncer en octubre de 2012, y la niña llevaba dos años y medio sin decir más de tres palabras seguidas. Las abuelas la cuidaban por turnos. Mayela la llevaba los fines de semana.

Su primer día de kínder, en agosto de 2015, me tocó a mí peinarla. Le hice dos trenzas de lado, como las que me hacía mi mamá. Ella se vio en el espejo del baño, se tocó una trenza y me dijo, sin voltear:

“¿Mañana también?”

“Mañana también.”

La peiné así todos los días durante cuatro años.

A las once y cuarenta y ocho de la noche me vibró el teléfono. Un mensaje de un número que tenía guardado como “Kari 🌻”.

“¿Estás despierta?”

Me senté en la cama. Escribí “sí” y lo borré tres veces antes de mandarlo.

“Sí, mija.”

Tardó mucho en contestar. Los tres puntitos aparecían y desaparecían.

“¿Es cierto que te ibas a quedar con la empresa?”

“No, Kari. Nunca.”

“Mi tía dice que eres empleada de mi papá. Que te pagaba por estar en la casa. Que encontró los recibos de nómina con tu nombre.”

Me quedé viendo la pantalla. Así que de ahí venía la palabra. Recibos de nómina de 2019, de 2018, de cuando yo todavía cobraba. Dieciocho mil pesos por quincena con mi nombre y el puesto de gerente administrativa. Para una niña de dieciséis años, eso es una prueba.

“Trabajé en la empresa de tu papá, mija. Ahí lo conocí. Durante unos años me pagaron un sueldo por ese trabajo. Hace seis años que ya no me pagan nada. Pero a ti nunca te cuidé por dinero. Eso te lo juro por mi mamá.”

Otra vez los puntitos.

“Mi tía dice que mi mamá nunca te hubiera querido en la casa. Que tú la borraste. Que quitaste sus fotos.”

Eso me dolió más que la cachetada.

Las fotos de Ivette las quité yo, sí. En 2016. Las guardé en una caja de madera, envueltas en papel de china, porque Karime lloraba cada vez que veía la del pasillo y luego no podía dormir. La caja está en el clóset de su cuarto, en la repisa de arriba. Se la iba a dar cuando cumpliera dieciocho, con una carta.

“Las fotos de tu mamá están en tu clóset, mija. En una caja de madera, arriba, detrás de las cobijas. Las guardé para ti. Ve a buscarlas si quieres.”

Pasaron cuatro minutos. Lo sé porque los conté en el reloj del teléfono.

“Ya las vi.”

Y luego:

“Perdón.”

Y luego, después de un rato muy largo:

“Mi tía me dijo que si te decía así, delante de todos, te ibas a ir. Que tú solita te ibas a ir. Que mi papá ya sabía y no me iba a regañar. Yo no pensé que mi papá te iba a”

El mensaje llegó cortado así. Sin terminar.

Escribí: “No es tu culpa, Kari. Nada de esto es tu culpa.”

La palomita se puso azul. La leyó.

Los tres puntitos volvieron a aparecer. Se quedaron mucho rato. Yo no respiraba.

Entonces llegó el mensaje. No tenía faltas de ortografía, ni la manera de escribir de una adolescente. Tenía punto final.

“Soy Mayela. No le vuelvas a escribir a la niña. Tienes un reporte en la Procuraduría y esto también lo voy a anexar.”

La foto de perfil de “Kari 🌻” desapareció. Me había bloqueado.

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