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Mi esposo me dio una cachetada delante de treinta invitados y me gritó que era una mantenida sin un peso. No le contesté. Hice una sola maleta y me fui sin decir nada. A la mañana siguiente, el hombre que me corrió de su casa me marcó once veces… y en la última llamada, estaba llorando.

Capítulo 11 de 16

La que sabotea

La denuncia la había presentado la empresa, representada por su administrador único, el viernes 19 ante la Fiscalía General de Justicia del Estado. Abuso de confianza. Decía que yo me había llevado “equipo de cómputo con información fiscal, bancaria y comercial de la empresa, incluida la firma electrónica avanzada”, y que con eso “podría causar un daño patrimonial grave”.

“La laptop es mía”, le dije a Jovita en el carro. “La compré yo en 2019. Tengo la factura a mi nombre.”

“Lo sé. Pero adentro tiene información de la empresa. Y usted la guardó después de que le revocaron el poder.” Jovita manejaba con las dos manos en el volante, muy derecha. “No es un caso fuerte. Pero es una piedra en el zapato. Y les sirve para algo más.”

“¿Para qué?”

“Para que usted aparezca en un expediente de la Fiscalía como ‘probable responsable’. Eso, en Hermosillo, se sabe rápido.”

Se supo el martes.

A las ocho y media de la mañana me habló el ingeniero Benigno Acuña, del hospital. Nunca me había hablado a mi celular personal. Siempre a la oficina.

“Licenciada Contreras. Tengo que hacerle una pregunta y le voy a pedir que me conteste con la verdad.”

“Dígame, ingeniero.”

“Ayer vino la nueva directora de Climas Valenzuela. La señora Mayela. Me dijo que la falla del chiller dos del lunes 15 no fue accidente. Que usted, antes de salir de la empresa, dejó el equipo sin el mantenimiento programado a propósito. Para que fallara justo el día que usted se iba. Para perjudicar a su esposo.” Hizo una pausa. “En ese hospital hay quirófanos, licenciada. Hay bebés en incubadoras. Si eso es cierto…”

“No es cierto, ingeniero.”

“Ella me enseñó una denuncia de la Fiscalía con su nombre.”

“Esa denuncia es por una laptop.”

“Pues dice otra cosa la página de noticias.”

Me mandó el enlace. Era el mismo portal que había levantado el video. Ahora el título decía: “Exadministradora de empresa de climas habría saboteado equipo de hospital del IMSS, señalan.” Abajo, una foto mía de la posada de 2024, con un gorro de Santa Claus. Y una cita de “una fuente cercana a la empresa”: “Ella se sentía dueña de todo. Cuando la corrieron, quiso que todo se cayera con ella.”

El ingeniero Acuña colgó diciendo que iba a “valorar el contrato con la empresa”. Si el hospital rescindía, Climas Valenzuela perdía cuatro millones ochocientos mil pesos al año. Y con eso, cualquier posibilidad de que la empresa me pagara el mutuo.

El miércoles, la señora de la casa de enfrente le preguntó a Lulú, en la banqueta, si de veras tenía “a esa” viviendo en su casa. Lulú le contestó algo que no voy a repetir.

Esa misma tarde llegó a casa de Lulú un citatorio. La Fiscalía me citaba a comparecer el lunes 6 de julio, “en calidad de probable responsable”.

Esa noche me senté en el patio de atrás, debajo del limonero de Lulú, con la laptop cerrada sobre las piernas. Hacía treinta y nueve grados a las diez de la noche. Las chicharras no se callaban.

Hice la cuenta.

Mi nombre, en un video con setenta mil compartidos. En un portal de noticias como la mujer que quería dejar sin aire a los bebés de un hospital. En la Procuraduría, sin poder acercarme a Karime. En la Fiscalía, como probable responsable. Sin casa, sin tarjeta. Viviendo de la tanda de mi amiga.

Y el lunes 29, en cinco días, Mayela iba a firmar tres millones de pesos con la firma de mi esposo. El dinero iba a salir a Frío del Pitic en una semana. Y para septiembre, la empresa iba a estar seca y la casa de mi mamá iba a ser un recuerdo.

Néstor no me creía. El hospital no me creía. Hermosillo no me creía.

Tenía un video que Mayela podía explicar diciendo que calmaba a la niña. Unos números que podía decir que yo inventé. Un correo de dos renglones.

Tenía la verdad. Pero la verdad, sin papeles, no vale nada.

Lulú salió con dos vasos de horchata y se sentó junto a mí.

“¿Qué vas a hacer?”

“No sé.”

Y era cierto. Por primera vez en once años no sabía qué hacer.

Por primera vez desde el domingo, pensé que iban a ganar.

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