Capítulo 6 de 16
La casa de Guaymas
La licenciada Jovita Amaya tiene su despacho arriba de una papelería de la calle Rosales. Cincuenta y dos años, pelo corto canoso, lentes colgados de una cadenita. Leyó todo el sobre en silencio y vio el video dos veces.
“Bueno”, dijo. “Ahora cuénteme lo que no está en estos papeles.”
Le conté los once años y la separación de bienes.
“Entonces la casa es de él”, dijo, sin rodeos. “La empresa también. Pero el Código de Familia contempla una compensación para el cónyuge que se dedicó al hogar o a los negocios del otro sin recibir lo justo. Eso lo decide la jueza. ¿Usted cobraba sueldo?”
Me quedé callada.
“Licenciada, ¿cobraba sueldo?”
“Hasta marzo de 2020.”
Y le conté lo que no le había contado a nadie. Ni a Lulú. Ni a Néstor.
En abril de 2020, cuando cerraron todo por la pandemia, Climas Valenzuela se quedó sin cobrar tres meses. Las escuelas cerradas, las oficinas cerradas. Solo quedaba el hospital, que pagaba a sesenta días. Teníamos veintitrés técnicos. Néstor quería despedir a la mitad.
Yo me di de baja de la nómina. Dieciocho mil pesos por quincena que dejé de cobrar para que alcanzara la de los muchachos. Nunca me volví a dar de alta.
En junio de 2020 se murió mi mamá. Doña Eloísa Ibarra, la de Mariscos Eloísa, en el malecón de Guaymas. Cuarenta años friendo pescado y abriendo ostiones para que yo estudiara. Me dejó su casita de la colonia Miramar, frente al mar, con su higuera y sus macetas de sábila. Y los aretes de perla.
En agosto vendí la casa. Un millón trescientos cincuenta mil pesos.
“¿Y el dinero?”
“Se lo presté a la empresa.”
Jovita se quitó los lentes.
“¿Por escrito?”
“El 10 de septiembre de 2020. Contrato de mutuo, sin intereses, ratificado ante la Notaría 52, con el licenciado Rosalío Bojórquez. Yo como mutuante. Climas Valenzuela, Sociedad Anónima de Capital Variable, como mutuaria, representada por su administrador único, Néstor Valenzuela Quijada. Vence el 30 de septiembre de 2026.”
“¿Y él firmó?”
“Firmó.”
“¿Sabía lo que firmaba?”
Bajé la mirada.
“Le dije que era la renovación de un papel del banco. Él firma todo lo que le pongo enfrente. Yo no quería que se sintiera menos, licenciada. Que pensara que su empresa la había salvado la casa de mi mamá. Él es muy orgulloso.”
Jovita se quedó un rato viendo por la ventana, hacia los laureles de la calle.
“Señora Silvia. Con todo respeto. Le vendió la casa de su madre a un hombre que la llamó mantenida delante de treinta personas. Y él ni siquiera sabe que se la debe.”
No contesté. No tenía nada que contestar.
Me toqué los aretes. Fue lo único que no vendí. Lo único que me quedó de mi mamá que todavía se podía tocar.
“Entonces la mantenida no es usted”, dijo Jovita por fin, y volvió a ponerse los lentes. “Vamos a trabajar.”
Me explicó el plan como una receta. Contestar el divorcio y pedir la compensación. Responder a la Procuraduría con pruebas. Cobrar el mutuo por la vía ejecutiva si la empresa no pagaba el 30 de septiembre. Y una cosa más.
“La cachetada. ¿Quiere denunciar?”
Lo pensé un segundo. Uno solo.
“Sí.”
Esa misma tarde fuimos al Centro de Justicia para las Mujeres. Me atendió el licenciado Marcos Yocupicio, agente del Ministerio Público. Rendí mi declaración y di los nombres de los invitados que recordaba. La médica legista dejó constancia por escrito. El licenciado Yocupicio abrió la carpeta de investigación por violencia familiar y solicitó medidas de protección: Néstor no podía acercarse a mí, ni molestarme, ni buscarme por terceros.
Al salir, ya era de noche. Hacía treinta y ocho grados. Jovita se detuvo junto a su carro.
“Una cosa más. Dice que tenía un correo con la ejecutiva del banco. ¿Qué decía?”
“Que el mutuo vence el 30 de septiembre y si eso afectaba la renovación de la línea de crédito. Se lo mandé el jueves 11. Quería resolver lo del mutuo antes de que la empresa tuviera que pagarlo.”
“¿Y quién más sabe del mutuo? Además del notario.”
Me quedé quieta, con la mano en la manija del carro.
“Nadie”, dije. “Solo estaba en la carpeta azul.”
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