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Mi esposo me dio una cachetada delante de treinta invitados y me gritó que era una mantenida sin un peso. No le contesté. Hice una sola maleta y me fui sin decir nada. A la mañana siguiente, el hombre que me corrió de su casa me marcó once veces… y en la última llamada, estaba llorando.

Capítulo 8 de 16

Directora administrativa

Nadia me habló el jueves a las dos de la tarde, desde el baño de la oficina. Se oía el eco de los azulejos.

“Señora, no le puedo hablar mucho. Hoy a las doce don Néstor nos juntó en la bodega. Dijo que a partir de hoy la licenciada Mayela es la directora administrativa. Que usted ya no tiene nada que ver con la empresa y que si alguien le pasa información, lo corre. Don Teófilo se salió antes de que terminara. Los demás aplaudieron poquito. La licenciada nos rezó un Padre Nuestro y dijo que aquí todos somos familia.”

“¿Ella está durmiendo en la casa de don Néstor, Nadia?”

“Desde el lunes, señora. Dice que para ayudarle con la niña mientras pasa todo esto.”

Colgué y me quedé viendo la pared.

Esa mañana mi correo de la empresa ya decía: “Cuenta deshabilitada por el administrador.” No me sorprendió. Lo que sí me sorprendió fue lo del Oxxo de la esquina, cuando fui por agua y pan y pagué con mi tarjeta de crédito.

“Declinada, señora.”

La volví a pasar. Declinada.

Era una tarjeta adicional de la cuenta de Néstor. La única que tenía. Mi cuenta de débito, la mía, la que abrí en 2009, tenía tres mil ochocientos setenta pesos.

Pagué con un billete de quinientos que me quedaba en la cartera, al lado de la tarjeta de Karime.

Así que esta vez sí era cierto. Sin un peso.

Lulú me vio la cara y fue a su recámara. Regresó con un sobre.

“Es mi tanda. Me tocó en mayo. No me digas que no porque me ofendes.”

Lloré. Por primera vez desde el domingo. No por la cachetada, ni por el video. Por el sobre de Lulú, con su letra de maestra en el frente: “Para lo que haga falta.”

El viernes, a las nueve de la mañana, me sonó un número del banco.

No era el número general. Era el celular de la licenciada Areli Duarte.

“Silvia, te hablo como persona, no como banco. Te lo digo porque en seis años nunca me has mentido en una cifra.” Bajó la voz. “Ayer vino tu cuñada con don Néstor. Ella hizo toda la plática. Traían una solicitud para ampliar la línea de crédito. Tres millones de pesos más. Para pagar proveedores.”

“¿Cuáles proveedores?”

“Casi todo es uno solo. Uno nuevo. Refacciones Frío del Pitic. Dos millones ochocientos mil pesos de los tres.”

Me tuve que sentar en el escalón de la cocina.

“Areli. ¿Te dijeron algo del mutuo? ¿Del préstamo que la empresa me debe a mí?”

Silencio. Un silencio que ya era una respuesta.

“Tu cuñada lo mencionó. Dijo que era un préstamo simulado. Que tú lo inventaste para quedarte con una parte de la empresa en el divorcio. Que la empresa lo va a impugnar. Dijo que por eso necesitan la liquidez antes del 30 de septiembre, para que no te lleves nada.”

Ahí estaba.

Mayela había abierto la carpeta azul y había encontrado dos cosas. Sus catorce compresores. Y la casa de mi mamá. Si los tres millones entraban antes de septiembre y salían a Frío del Pitic, la empresa iba a quedar seca. El día que yo fuera a cobrar mi mutuo, no iba a haber de dónde cobrar. Y ella iba a estar muy lejos con el dinero.

“¿Lo van a aprobar?”

“Con el historial de la empresa, sí. Néstor es el administrador único. Su firma basta.” Areli suspiró. “La firma está programada para el lunes 29.”

Faltaban diez días.

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