Capítulo 10 de 16
Lo que Mayela le enseñó
Esa noche, en la mesa del comedor de Lulú, abrí el correo que le mandé a Areli el jueves 11 de junio.
“Licenciada Areli: le escribo por un asunto delicado. El 30 de septiembre vence un préstamo que hice a la empresa en 2020 con recursos propios, documentado ante notario. Necesito que el banco tenga claro lo que la empresa me debe antes del 30 de septiembre, para que no afecte la renovación de la línea. Quiero lo mío antes de septiembre, sí, pero no a costa de la empresa. Prefiero que lo platiquemos con Néstor presente. Saludos, Silvia.”
Si cortabas el principio y el final, quedaba: “Necesito que el banco tenga claro lo que la empresa me debe antes del 30 de septiembre. Quiero lo mío antes de septiembre.”
Eso le leyó Mayela a Néstor en la cochera, mientras yo estaba arriba acomodando los aretes de mi mamá para el día siguiente.
Una captura, una tijera y la cara roja de Néstor. Al día siguiente, una niña con un dedo levantado. Y un hombre que ya traía la mano lista.
Jovita pidió una reunión con el abogado de Néstor. El lunes 22 a las once estábamos en la sala de juntas de la Notaría 52, terreno neutral. El licenciado Bojórquez nos prestó la sala y se quedó en su oficina, con la puerta entreabierta.
Néstor llegó con su abogado y se sentó en la otra punta de la mesa, lo más lejos posible, como decía la medida de protección. No me miró.
Jovita no perdió tiempo. Puso una laptop frente a él y reprodujo el video de don Teófilo. Completo.
Néstor lo vio sin moverse. Cuando Mayela levantó el celular y empezó a grabar antes de que Karime caminara hacia mí, le vi la mandíbula apretarse. Cuando sonó la cachetada, cerró los ojos un segundo.
Luego Jovita le pasó una copia certificada del contrato de mutuo. Con su firma. Con el sello de la Notaría 52.
Néstor leyó la primera hoja. Luego la segunda. Volteó a ver la puerta de la oficina del notario, como si esperara que alguien saliera a decirle que era broma.
“¿Un millón trescientos cincuenta mil?” Me miró por primera vez. “¿De dónde sacaste ese dinero?”
“De la casa de mi mamá. La de Guaymas.”
Se quedó callado un rato muy largo.
“¿La casa de tu mamá?” Lo dijo bajito. Casi con miedo. “¿La de la higuera?”
“Esa.”
“Tú me dijiste que la habías rentado.”
“Te dije muchas cosas, Néstor. Para que no te sintieras menos.”
Por un momento vi en su cara algo que no le veía en meses. Vergüenza. Luego su abogado le tocó el brazo, y se le fue.
El licenciado Moreno carraspeó.
“Mi cliente está dispuesto a reconocer el mutuo. En pagos. Veinticuatro mensualidades. A cambio de tres cosas. Que la señora retire la denuncia ante la Fiscalía. Que firme un convenio donde reconoce que su participación en la empresa fue meramente auxiliar y no reclama compensación. Y que se abstenga de residir en Hermosillo durante el proceso, para no afectar la imagen de la empresa.”
Me reí. No pude evitarlo.
“¿Meramente auxiliar?”
“Silvia”, dijo Néstor. “Nadie tiene que saber esto. Nadie tiene que saber que la empresa se salvó con tu dinero. Te pago. Pero calladita. Por favor.”
Por favor. Fue la primera vez que me lo dijo en once años.
“Tu hermana te está robando, Néstor.”
Lo dije así, sin anestesia.
“Catorce compresores que nunca se instalaron. Dos millones ciento cuarenta mil pesos. A una empresa que está a nombre de Leobardo. Y ahora pidió tres millones más al banco, para el lunes 29. Todo eso estaba en la carpeta azul que ella se llevó de tu escritorio.”
Néstor se recargó en la silla. Y se rió. Una risa corta, fea.
“¿Ahora también mi hermana? Te corro de la casa y ahora resulta que todos son ladrones menos tú. Mayela es la única que ha estado conmigo esta semana, Silvia. La única.”
Se levantó. El licenciado Moreno recogió sus papeles con calma. En la puerta se detuvo.
“Una última cosa, señora. Para que la tenga en cuenta antes de rechazar el ofrecimiento.” Sacó una hoja de su portafolios y la dejó sobre la mesa. “Mi cliente también presentó una denuncia. Por abuso de confianza.”
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