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Mi esposo me dio una cachetada delante de treinta invitados y me gritó que era una mantenida sin un peso. No le contesté. Hice una sola maleta y me fui sin decir nada. A la mañana siguiente, el hombre que me corrió de su casa me marcó once veces… y en la última llamada, estaba llorando.

Capítulo 3 de 16

¿Cuál carpeta?

“Silvia.”

Dijo mi nombre como si le costara. Luego se le cortó la voz y tardó en volver.

“Silvia, se está cayendo todo.”

No le contesté. Lo dejé hablar.

La nómina había salido casi dos horas tarde y once técnicos ya se habían regresado a su casa. El banco había congelado la línea de crédito por unos documentos que Néstor juraba no haber visto nunca. Y el hospital le había mandado un oficio: si el chiller dos no quedaba antes de las seis, aplicaban la pena del contrato y empezaban a revisar la rescisión.

“Y don Teófilo…” Se le volvió a quebrar la voz. “Don Teófilo me dijo delante de todos que sin la señora él también se va. Veinte años, Silvia. Veinte años conmigo y me lo dijo así, delante de la gente.”

Por eso lloraba.

No por mi cara. No por el patio, ni por las treinta personas. Lloraba porque por primera vez en su vida no había nadie entre él y el piso.

“El compresor se pide a Refrigeración Industrial del Noroeste, con el ingeniero Soto”, le dije. “El número está en la libreta roja. Pídelo de contado, porque el crédito con ellos está detenido desde mayo.”

“¿Detenido? ¿Por qué?”

No le contesté eso.

“Silvia, vente. Vente a la oficina. Hacemos como que no pasó nada, ¿sí? Fue un mal momento. La niña estaba alterada, había mucha gente, yo me calenté…”

“Me pegaste delante de treinta personas, Néstor.”

Silencio.

“Y no me has pedido perdón.”

Otro silencio. Más largo. Cuando volvió a hablar, ya no lloraba. Tenía la voz que pone cuando un cliente le discute una factura.

“¿Tú sabes lo que es que en el banco te pregunten a ti y no a mí? ¿Que la licenciada te mire a ti cada vez que habla de mi empresa? ¡Once años, Silvia! Y luego mi hija me grita, delante de mi gente, delante de mis compadres… ¿qué querías que hiciera?”

Me acordé del 3 de marzo.

La renovación de la línea de crédito, en el banco del bulevar Kino. La licenciada Areli Duarte nos hizo once preguntas sobre flujo de efectivo. Las once me las hizo a mí, porque Néstor se quedó callado en la primera. Al final, la licenciada se rió, de buena fe: “¿Y usted a qué se dedica, don Néstor?”

En el carro, sin voltear a verme, él dijo:

“La próxima vez te quedas callada.”

Desde ese día algo se le agrió. En abril, en mi cumpleaños cuarenta y cinco, levantó la copa y le dio las gracias a su hermana Mayela “por ayudarme tanto con la empresa”. En mayo le dijo a un periódico local que él había levantado todo “yo solito”.

Y el domingo me dio una cachetada.

“Que le preguntaras a tu hija qué pasó”, le dije. “Eso quería.”

No contestó.

“¿Ya abriste la carpeta azul?”

“¿Cuál carpeta?”

“La que te dejé el viernes en tu escritorio. La de la junta de hoy a las nueve. Ahí está lo del crédito detenido con Refrigeración Industrial. Ahí está todo lo que necesitas saber de los proveedores.”

Lo oí moverse. Abrir cajones. Mover papeles.

“Aquí no hay ninguna carpeta azul.”

Se me heló la espalda.

“Está en tu escritorio, Néstor. Del lado izquierdo, junto al teléfono. Con una liga.”

“Te digo que no hay nada.”

“Pásame a Nadia, por favor.”

Una puerta. Pasos.

“¿Señora?”

“Nadia, ¿alguien entró hoy a la oficina de don Néstor antes que él?”

Nadia tardó en contestar. Bajó la voz, como si alguien la pudiera oír.

“Hoy llegué a las siete y media, señora. Ya había alguien. La licenciada Mayela estaba aquí desde las siete y cuarto. Ella nunca llega antes de las nueve y media. Dijo que venía a ayudar a su hermano, porque iba a ser un día difícil.”

“¿Entró a la oficina de don Néstor?”

Otra pausa. Larga.

“Señora… la licenciada Mayela salió de la oficina de don Néstor con una carpeta azul bajo el brazo.”

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