Capítulo 9 de 16
Las cajas
La respuesta tendría que esperar. Antes, doña Victoria tenía preparado otro golpe.
El miércoles 29 de octubre, a mediodía, me habló doña Petra, la vecina de enfrente en Lomas. Hacía años que no hablábamos más que para darnos los buenos días.
“Isabel, mija, perdón que me meta. Pero sus cosas están en la banqueta.”
Llegué en un taxi en cuarenta minutos.
Eran catorce cajas de cartón, apiladas junto a la reja, sobre el pasto de la jardinera. Algunas estaban abiertas. Mis suéteres, mis libros de contabilidad, mis zapatos metidos de cualquier manera. Una bolsa negra de basura con mi ropa interior.
El jardinero, don Lupe, estaba parado junto a las cajas, con el sombrero en la mano, como si cuidara un velorio.
“Me dijo la señora que no la dejara pasar”, me dijo bajito. “Perdóneme.”
“No es culpa suya, don Lupe.”
Arriba, en el balcón del segundo piso, el que era nuestro cuarto, se abrió la puerta de cristal.
Doña Victoria salió con algo en las manos. Era nuestro álbum de bodas, el de pasta blanca con letras doradas: “Patricio & Isabel. 21 de abril de 2018”.
Me miró. Lo sostuvo un segundo sobre el barandal.
Y lo soltó.
Cayó de canto sobre el pasto, se abrió, y las fotos se salieron de sus esquineros. Yo con mi vestido. Patricio riéndose. Mi mamá en su mesa junto a la cocina, chiquita, al fondo de una foto donde nadie la estaba viendo.
“¡Llévate tu basura!”, gritó desde arriba. “¡Y el apellido, devuélvemelo!”
Los vecinos se asomaban por las ventanas.
No le contesté. Me agaché y fui recogiendo las fotos, una por una, como recogí las conciliaciones en la posada. Pero esta vez no me temblaban las manos.
Entre las cajas, buscando un lugar donde ponerlas, encontré la que de verdad me importaba. Una caja de zapatos, amarrada con un listón azul, donde guardaba las cartas que mi abuela me escribió en los últimos años. Estaba intacta. Doña Victoria nunca supo qué era.
En la tarde, mientras doña Cata y Ismael me ayudaban a subir las cajas al departamento de Casa Montemayor, llegó un correo de la licenciada Castañón.
Patricio había presentado esa misma mañana una solicitud de divorcio sin expresión de causa ante un juzgado familiar de la Ciudad de México. Con mi nombre completo, esta vez. Pedía que el juez negara cualquier pensión “en virtud de que la cónyuge se encuentra sujeta a investigación por la sustracción de recursos de la empresa familiar”.
Divorcio incausado. Ya no necesitaban mi firma para eso. Nunca la necesitaron. Lo de la gala no era para divorciarse. Era para el espectáculo, y para la cláusula siete.
A las ocho de la noche me llegó otro mensaje, de un número desconocido. Una foto.
Era la reja de la obra de Residencial Los Álamos, en Huixquilucan. Había unas cuarenta personas con cartulinas. “Financiera Montemayor nos robó”. “Queremos nuestros departamentos”. “¿Dónde está nuestro dinero?”.
Debajo, un texto: “Así nos tiene su financiera, señora. La constructora dice que ustedes congelaron todo. Mi esposo y yo dimos nueve años de ahorros. Daniela Saavedra.”
Daniela. La enfermera que me había descrito a Maite.
Doña Victoria les había dicho a los compradores que la culpa era de la financiera. Técnicamente, era la verdad: los departamentos estaban parados porque yo había congelado el dinero. Lo que no les dijo era por qué.
Me senté en el piso del departamento, entre las cajas. El álbum en las piernas.
Por primera vez desde la gala, pensé que tal vez doña Victoria tenía razón. Que me iba a quedar sin nada: sin esposo, sin casa, sin nombre limpio, con la gente que yo quería ayudar gritando afuera de una reja.
El jueves en la noche, doña Cata subió con cara de no saber cómo decirme algo.
“Niña. Abajo hay alguien.”
Bajé descalza. En la reja de la calle Versalles, con una maleta de rueditas y el suéter que le tejí hace diez años, estaba mi mamá.
Había tomado el camión de la tarde desde Monterrey. Me abrazó a través de los barrotes, antes de que doña Cata alcanzara a abrir.
“Mija, ya”, me dijo en el cuello. “Ya estuvo. Vámonos a Monterrey.”
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