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Mi esposo anunció nuestro divorcio frente a 220 invitados, con su amante a un lado y su mamá sonriendo con la copa en la mano. Me puso los papeles enfrente y me pasó la pluma, esperando que llorara. Firmé dos veces. Cuando mi suegra leyó el segundo nombre, se le borró la sonrisa.

Capítulo 2 de 16

Aurelia Montemayor

Escribí la A grande, con la cola larga hacia abajo, como me enseñó mi abuela cuando yo tenía ocho años y me sentaba en sus rodillas a practicar en las hojas de su libreta de cuentas.

Aurelia Montemayor.

Patricio frunció la frente. Miró la hoja como si estuviera escrita en otro idioma.

“¿Y eso qué es?”

No le contesté. Miré a su mamá.

A doña Victoria se le borró la sonrisa. No despacio: de golpe, como cuando alguien apaga una luz. Bajó la copa. Sus ojos se quedaron fijos en mi letra, y por primera vez en siete años vi en su cara algo que no era desprecio.

Era miedo.

Ella no estaba leyendo un nombre. Estaba reconociendo una firma. La había visto antes, al pie de una carta con membrete de Monterrey que le negó lo que más quería. La rompió en dos frente a mí, en la cocina de Lomas, y dijo: “Esa vieja de Monterrey se cree dueña de mi empresa”.

Cerré la carpeta. Le devolví la pluma a mi esposo.

“Felicidades.”

Fue lo único que le dije. Por los 40 años, por su nueva vida, por todo lo que estaba a punto de descubrir.

Me levanté. A mi izquierda ya estaba Ismael, el mesero, con el abrigo negro de forro rojo en las manos. No era el mío. Era el de mi abuela. Doña Cata lo había guardado veinte meses en el clóset del cuarto de atrás, envuelto en papel de china, y yo le había pedido a su hijo que lo tuviera listo “por si acaso”.

Ismael me lo puso por enfrente y, por un segundo, me abrazó. Un abrazo rápido, torpe, que nadie en ese salón entendió.

“Ya, niña Aurelia”, me dijo al oído. “Ya.”

Así me decía cuando él tenía cinco años y yo diez, y corríamos por los pasillos de esta misma casa mientras su mamá trapeaba el mármol.

Caminé hacia la gente. La gente se abrió.

Atrás de mí, el celular de Patricio empezó a sonar. Lo vi de reojo: miró la pantalla, “Elías Quezada”, y rechazó la llamada. Elías era el contador general de la constructora. No llama a las diez de la noche a menos que algo se esté quemando.

Volvió a sonar. Patricio lo silenció.

Entonces vibró el celular azul de doña Victoria, que había dejado sobre la mesa. Lo tomó de mala gana, con Maite pegada a su hombro.

“Elías, no es buen momento…”

Me detuve junto a una columna. No para ver. Para oír.

La voz de mi suegra cambió por completo. Ya no era la mujer que me había mirado desde arriba durante siete años. Le temblaba.

“¿Cómo que congelaron las cuentas?”

Doscientas veinte cabezas giraron hacia ella.

No me di la vuelta.

Tampoco salí por la puerta principal. Crucé el salón, pasé junto a la cocina, abrí una puerta de servicio que nadie de los invitados conocía y subí una escalera de caracol de madera, tres pisos, hasta el departamento de arriba.

Porque esa casa, la de los candiles de cristal y las molduras doradas, se llama Casa Montemayor. Lo dice la reja de hierro de la entrada, en la calle Versalles de la colonia Juárez. La compró mi abuela, doña Aurelia Montemayor Sada, en 1979. Y desde que ella murió, en febrero del año pasado, es mía.

Yo misma les sugerí el lugar para su gala. Doña Victoria dijo que era “lo más elegante que había visto en la ciudad”. Nunca preguntó de quién era.

Esa misma mañana, a las once y media, en el despacho de mi abuela, firmé con ese mismo nombre otro papel. Una notificación de incumplimiento dirigida a Banco Regiomontano.

Porque mi abuela también fundó Financiera Montemayor. Y Financiera Montemayor le prestó a Constructora Garza Lobato treinta y ocho millones de pesos en 2021, cuando estaba a punto de quebrar. Hoy le deben veintiuno.

El dinero que se estaba congelando esa noche no era de los Garza.

Era mío. Y faltaban nueve millones novecientos mil pesos.

Me quité los tacones en el último escalón y me senté en el suelo, con el abrigo de mi abuela encima, temblando por fin.

Si yo no hubiera leído la cláusula siete, el lunes la ladrona habría sido yo.

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