Capítulo 5 de 16
La dueña
Los recibí en el despacho de mi abuela, en el primer piso. El escritorio de nogal, los libros de contabilidad encuadernados en piel, la ventana que da a la calle Versalles.
Me senté en la silla de ella. Fue la primera vez que lo hice.
Doña Victoria entró con lentes oscuros y el mismo abrigo de la noche anterior. No se sentó. El licenciado Benavente sí, y abrió un portafolios.
“Así que eras tú”, dijo ella. “Siete años en mi casa. Comiendo en mi mesa.”
“Haciéndole las cuentas en su mesa”, le corregí.
Se quitó los lentes. Tenía los ojos hinchados.
“¿Sabes lo que es estar a merced de un banco? En el 95 casi nos quitan todo. Ramiro y yo con un niño de seis años, la constructora embargada. Lo vi llorar en el coche, en el estacionamiento de Bancomer, con la frente en el volante. Ese día juré que nadie de fuera iba a volver a decirme cuándo puedo tocar lo mío.” Se le quebró la voz, pero solo un poco. “Y luego llegas tú. Una contadorcita de Monterrey. Y detrás de ti, la vieja.”
“Mi abuela salvó su empresa, doña Victoria.”
“¡Mi empresa la levantamos Ramiro y yo con estas manos!”
Benavente carraspeó. Sacó una hoja.
“Señora Montemayor. Vamos a ser prácticos. Mi clienta está dispuesta a olvidar el incidente de anoche. Usted gira la instrucción al fiduciario para liberar las cuentas, firma un convenio nuevo, esta vez con su nombre completo, y recibe tres millones de pesos como reconocimiento por sus siete años de apoyo a la familia.”
“¿Con la cláusula siete?”
“Con una redacción equivalente.”
Lo dijo como quien ofrece café.
Tres millones de pesos por aceptar que yo me había robado nueve millones novecientos mil.
Tomé el teléfono del escritorio y marqué a Monterrey.
“Licenciado Ibáñez, buenos días. Sí, aquí estoy con ellos. Una cosa: autorice la liberación de la nómina de hoy. Un millón ochocientos cincuenta mil, para los ciento cuarenta trabajadores de la obra. Nada más eso. Los albañiles no tienen la culpa de nada.”
Colgué. Doña Victoria me miraba con la boca apretada.
“¿Y lo demás?”
“Lo demás sigue retenido hasta que aparezcan los nueve millones novecientos mil.”
“Tú no tienes pruebas de nada.”
“Yo hice sus cuentas siete años, doña Victoria. Yo tengo todas las pruebas que usted nunca se tomó la molestia de leer.”
Se puso los lentes. Caminó a la puerta. Antes de salir se dio la vuelta.
“El lunes vas a conocer la Fiscalía, contadora. Y cuando la gente sepa lo que hiciste, ni tu abuela muerta te va a querer.”
Benavente cerró el portafolios y salió detrás de ella sin despedirse.
Me quedé sola en el despacho. Quería llorar y no podía. Hacía mucho tiempo que no podía.
Abrí el cajón de en medio del escritorio, buscando un pañuelo. Había una libreta de cuentas vieja, de las que usaba mi abuela, y una pluma fuente. Y debajo, un sobre amarillo con mi nombre.
“Aurelia”. No Isabel.
No era la carta del testamento. Esa la había leído en Monterrey, con el notario. Esta era otra. Mi abuela la había dejado ahí, en el escritorio de la casa que me iba a dejar, sabiendo que algún día me iba a sentar en su silla.
Adentro había una sola hoja de su libreta. La letra temblorosa de sus últimos meses. Tres renglones.
“Para cuando te canses de llamarte como ellos quieren. Tu nombre es tuyo, mija. Nadie te lo puede quitar si tú no lo sueltas.”
Me tapé la boca con la mano.
Afuera, en la calle Versalles, arrancó un carro negro.
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