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Mi esposo anunció nuestro divorcio frente a 220 invitados, con su amante a un lado y su mamá sonriendo con la copa en la mano. Me puso los papeles enfrente y me pasó la pluma, esperando que llorara. Firmé dos veces. Cuando mi suegra leyó el segundo nombre, se le borró la sonrisa.

Capítulo 15 de 16

Las dos firmas

La pasé al despacho. No le ofrecí café. Doña Cata se lo trajo de todos modos.

Maite habló sin mirarme. Desde que aseguraron la casa de Valle de Bravo, su madrina no le contestaba. El martes en la noche, Benavente le había llamado para explicarle “la estrategia”: la empresa estaba a nombre de ella, la casa estaba a nombre de ella, los depósitos de los compradores entraron a su cuenta. Lo mejor era que dijera que todo fue idea suya, que la “señora Lobato” solo le había hecho el favor de ser apoderada.

“Me dijo que como soy joven y no tengo antecedentes, me iba a ir bien”, dijo Maite. “Que mi madrina me iba a pagar abogado.”

“¿Y te lo pagó?”

Negó con la cabeza.

Puso el celular en el escritorio. Conversaciones de WhatsApp con un contacto que decía “Madrina ❤️”. Febrero: “Tú nomás firma lo que te dé Aquiles, mija, es para protegernos”. Marzo: “Ya mandé la carta a los compradores, te van a depositar a ti, tú no toques nada sin avisarme”. Enero, una semana después del Día de Reyes: “Pato es buen muchacho, nomás necesita una mujer que no lo haga sentir menos. Cuando se divorcie, te casas con él y todo queda en casa”.

Todo queda en casa.

No le pregunté si quería a Patricio. No quise saberlo.

Le dije que todo eso no se lo tenía que dar a mí, sino a la Fiscalía. La licenciada Castañón la acompañó al día siguiente con su propio abogado. Maite entregó el celular, devolvió los seiscientos mil pesos y pidió que la consideraran testigo. Su abogado solicitó un criterio de oportunidad. Lo que ella dijo no descubrió nada nuevo: solo confirmó, con mensajes, lo que el SIGER, el banco y el perito ya habían probado.

Una semana después, Patricio pidió declarar.

No me lo contó él. Me lo contó la licenciada Castañón. Dijo que llegó sin abogado de su mamá, con uno de oficio. Que reconoció que había firmado las siete cartas sin leerlas, que su madre manejaba la banca electrónica como administradora, y que en abril, mientras yo estaba en Monterrey, ella le preguntó si yo seguía guardando el token en el cajón de la oficina. Él le dijo que sí.

Y luego hizo algo que no le pidió nadie. Fue a la obra de Huixquilucan, un sábado, y se paró frente a los siete compradores. Daniela me contó que les dijo: “La firma es mía. No sabía lo que firmaba, pero es mía. Perdónenme”. Que Omar casi le pega, y que no le pegó. Que se fue caminando hasta la carretera.

El 17 de diciembre, la Fiscalía determinó el no ejercicio de la acción penal en la denuncia contra mí. Abuso de confianza: inexistente.

El jueves 22 de enero de 2026, en una sala del Reclusorio Oriente, la jueza de control Elena Pastrana escuchó a la licenciada Anzures durante dos horas. Fraude genérico por nueve millones novecientos mil pesos. Uso de documento falso. La carta del 8 de abril. El dictamen del perito Celis, en la pantalla, con las dos firmas superpuestas, una encima de la otra, como si fueran una sola.

Doña Victoria llegó con traje sastre negro y Benavente a un lado. Atrás, en las bancas, había señoras de Lomas, socios de la constructora, dos primos de Patricio. Y Pita Arechiga, con su libreta.

Cuando la jueza dijo “se vincula a proceso a la señora Victoria Lobato Arizmendi”, alguien en las bancas soltó un “¡Ay, Dios!”. Le pusieron brazalete, le retiraron el pasaporte, le fijaron una garantía. Benavente quedó bajo investigación por la carta.

A la salida, en el pasillo con piso de mosaico gris, doña Victoria se detuvo frente a mí. Ya no traía los lentes oscuros. Tenía el rímel corrido.

“¿Por qué nunca me dijiste quién eras?”

Lo pensé un segundo. Siete años de cenas, de posadas, de “Isabel Garza”.

“Porque nunca me lo preguntó.”

Se quedó quieta. Luego se sentó en una banca de metal del pasillo, sola, con la bolsa en las piernas. Benavente siguió caminando. Nadie se sentó junto a ella.

Por primera vez, doña Victoria Lobato se veía como lo que era. Una mujer de sesenta y dos años, cansada, sentada en una banca de juzgado.

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