Capítulo 10 de 16
Día de Muertos
Mi mamá no se fue al día siguiente. Se quedó a ayudarnos con el altar.
Lo armamos el sábado 1 de noviembre en el vestíbulo de Casa Montemayor, al pie de la escalera de mármol, donde mi abuela lo ponía cada año que venía a la ciudad. Papel picado morado, cempasúchil del mercado de Jamaica, pan de muerto, su té de canela, sus lentes de leer. Y la foto de ella, con el chongo blanco y los aretes de perla.
Doña Cata puso las rosas blancas de Patricio en un florero de Talavera, a un lado.
“A su abuelita le habrían gustado”, dijo. “Aunque no el que las trajo.”
Por primera vez en una semana, me reí.
Mi mamá estaba muy callada. Ella y mi abuela no se hablaron diez años y luego se perdonaron sin decirlo. Las dos me enseñaron a aguantar, cada una a su manera.
El domingo 2 en la mañana llegó el licenciado Nicolás Ibáñez desde Monterrey, en el primer vuelo. Traía un fólder.
Nos sentamos en el despacho, mi mamá, él y yo.
“Aurelia, te voy a hablar como te hablaría tu abuela”, dijo. “Esto se está poniendo muy feo. La Fiscalía te tiene en la mira. La prensa también. Los compradores nos están insultando en redes. Tres clientes de la financiera ya me preguntaron si estamos en problemas. El banco me hizo saber que, mientras haya una denuncia contra la presidenta del consejo, le va a pedir al comité técnico que firme otra persona.”
Abrió el fólder.
“Benavente me mandó esto el viernes. Un acuerdo. Nosotros liberamos el fideicomiso. Ellos retiran la denuncia contra ti y la demanda contra la financiera. Se reestructura el crédito. Nadie habla de nada. Tú te divorcias tranquila y te regresas a Monterrey.”
“¿Y los nueve millones novecientos mil?”
“Se reconocen como pérdida. Se cubren con intereses más adelante.”
“¿Y los siete compradores?”
Nicolás bajó los ojos.
“Ellos dicen que van a negociar con cada uno.”
Mi mamá me tomó la mano. Tenía los ojos llenos de lágrimas.
“Mija, firma. Por favor. No quiero verte en un juzgado. No quiero que te lleven. Tu papá no está, tu abuela no está, yo nada más te tengo a ti. Ya les diste siete años. No les des el resto de tu vida.”
Me puso la pluma en la mano. La pluma fuente de mi abuela, la del cajón.
La destapé.
Tenía razón. Era lo más fácil. Era lo que siempre había hecho: sonreír, firmar, que no hubiera pleito. Mi mano conocía el camino. Apoyé la punta sobre la línea. Una gota de tinta azul se abrió sobre el papel.
Y entonces levanté la vista, porque desde la silla de mi abuela se ve la puerta del despacho, y por la puerta se ve el altar.
Ahí estaba ella, en su foto, entre el cempasúchil. Mirándome con esa cara de “lee desde la última página”.
Me acordé del sobre amarillo. “Tu nombre es tuyo, mija. Nadie te lo puede quitar si tú no lo sueltas.”
Si firmaba eso, Isabel Garza se quedaba para siempre como la ladrona. Y los siete compradores se quedaban con una promesa de Benavente.
Tapé la pluma.
“No, mamá.”
Mi mamá se tapó la cara con las manos.
“Perdóname”, le dije. “Me enseñaste a aguantar porque así sobreviviste tú. Pero yo ya no tengo que sobrevivir. Tengo que terminar esto.”
Nicolás cerró el fólder despacio. Tardó en hablar.
“Tu abuela habría dicho exactamente lo mismo”, dijo. “Y yo le habría traído exactamente este fólder. Perdóname tú a mí, Aurelia. Me dio miedo por la financiera.”
“Mañana voy a la obra”, les dije. “Quiero que los compradores me lo digan a la cara.”
Esa noche, cuando ya todos se habían dormido, alguien tocó despacio la puerta del despacho. Era Ismael. Traía el uniforme de mesero, porque tenía evento en Coyoacán. Se quedó en la puerta, dándole vueltas a la gorra entre las manos.
“Señorita Aurelia”, me dijo. “Hay algo del jueves que no le conté.”
Continúa en la siguiente página