Capítulo 11 de 16
La oficina del salón
Ismael se sentó en la orilla de la silla, como cuando era niño y su mamá lo mandaba a pedir perdón por romper algo.
“No le dije antes porque pensé que no era nada. Y porque me dio miedo. Son gente con abogados, señorita.”
“Dime.”
“El jueves, como a las siete menos veinte, la señora Lobato pidió la oficina del salón. La del primer piso, donde el capitán guarda las listas. Entró con el licenciado de bigote y con la güera del vestido plateado. Mi capitán me mandó a llevarles agua mineral.”
Respiró.
“Cuando entré, la señora estaba diciendo: ‘Que firme la siete. Y el lunes la denuncias. Con su firma, la que robó es ella’. El licenciado dijo algo de que con el nombre de casada no sé qué. Y la señora dijo: ‘Ella firma lo que le pongan, Aquiles. Siempre ha firmado lo que le ponen’.”
Sentí frío en las manos.
“Y la muchacha estaba nerviosa. Dijo: ‘¿Y si me preguntan a mí por la cuenta, madrina?’. Así le dijo. Madrina. Y la señora le agarró la cara así, con las dos manos, y le dijo: ‘Tú tranquila, mija. Eres mi ahijada. A ti no te pasa nada’.”
Madrina.
“Me salí rápido. No me vieron la cara, creo. Nomás vieron al mesero.”
Ese era el problema de doña Victoria. Nunca miraba la cara de los meseros. Ni la de las nueras.
El lunes 3 de noviembre en la mañana hice tres cosas.
La primera: pedí a doña Cata la llave del cuarto de las cámaras. Del jueves 23 de octubre, día once de treinta, quedaba todo. Ahí estaban, a las 18:38, doña Victoria, Benavente y Maite entrando a la oficina. A las 18:41, Ismael con una charola. A las 18:56, los tres saliendo. Las cámaras no graban sonido. Pero ponen fecha y hora a lo que Ismael escuchó. Copié todo en dos memorias. Una se la di a la licenciada Castañón esa misma tarde.
La segunda: fui a Huixquilucan.
En la reja de la obra había unas veinte personas. Me reconocieron por la foto de Instagram. Alguien gritó “¡ratera!”. Yo me paré enfrente de ellos y dije mi nombre completo.
“Soy Aurelia Montemayor. Soy la dueña de la financiera. Y les quiero contar a dónde se fue su dinero.”
Daniela Saavedra y su esposo, Omar Villanueva, me llevaron a la fonda de enfrente. Ella traía el uniforme del IMSS y ojeras de turno de noche. Me enseñó la carta: membrete de la constructora, “por cambio de institución bancaria”, firma de Patricio. Y el comprobante del depósito: un millón doscientos mil pesos a Olavarrieta Interiores.
“Nueve años juntando”, dijo Omar. “Tandas, aguinaldos, todo.”
“Les doy mi palabra de que la financiera va a reconocer ese pago”, les dije. “Pero necesito que presenten su denuncia conmigo. Los siete.”
La tercera cosa la hice esa noche, en la computadora de mi abuela.
El Registro Público de Comercio tiene un sistema en línea, el SIGER. Cualquiera puede consultar quién constituyó una empresa. Busqué Olavarrieta Interiores S.A. de C.V.
Constituida el miércoles 12 de febrero de 2025, ante notario de la Ciudad de México. Accionista mayoritaria: Maite Olavarrieta Sosa, con el noventa y nueve por ciento. Abogado que hizo el trámite: Aquiles Benavente.
Y en el apartado de poderes, una sola apoderada general con facultades para abrir cuentas, firmar cheques y hacer transferencias:
Victoria Lobato Arizmendi.
Me quedé mirando la pantalla mucho rato.
Luego entré al Facebook de doña Victoria, que nunca había querido revisar. Fui bajando, años y años, hasta 2016, cuando subió fotos viejas de “jueves de recuerdo”. Ahí estaba. Una iglesia en Coyoacán, 1997. Doña Victoria, mucho más joven, con un bebé vestido de blanco en los brazos. Pie de foto: “Mi ahijada Maite, el día de su bautizo. Te quiero como a una hija”.
En enero de este año, en el Día de Reyes, doña Victoria llevó a Maite a la casa de Lomas por primera vez. “Es la hija de una comadre, interiorista, para que les dé ideas de la sala”, dijo. Me acuerdo del pedazo de rosca que le sirvió. Me acuerdo de que la sentó junto a Patricio.
Cerré la computadora.
No había descubierto una infidelidad. Había descubierto un plan.
Mi suegra no había perdido a su hijo por otra mujer. Ella misma se la había escogido.
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