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Mi esposo anunció nuestro divorcio frente a 220 invitados, con su amante a un lado y su mamá sonriendo con la copa en la mano. Me puso los papeles enfrente y me pasó la pluma, esperando que llorara. Firmé dos veces. Cuando mi suegra leyó el segundo nombre, se le borró la sonrisa.

Capítulo 8 de 16

La denuncia

El lunes 27 de octubre, a las siete de la mañana, la publicación de Maite ya se había compartido cuatro mil veces.

A las ocho salió la columna de sociales de Pita Arechiga, la que leen todas las señoras de Lomas y de Polanco. No decía mi nombre completo, pero no hacía falta: “Escándalo en los 40 años de una conocida constructora: la nuera contadora, señalada por un faltante millonario, abandonó la gala sin dar explicaciones”.

A las diez, doña Victoria y el licenciado Benavente presentaron una denuncia en la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México. Abuso de confianza. Nueve millones novecientos mil pesos.

A las doce, la constructora demandó a Financiera Montemayor por “retención abusiva”.

Yo seguía en Casa Montemayor. No había vuelto a Lomas. Mi ropa, mis libros, la computadora de la casa, todo seguía allá.

Esa tarde, el licenciado Ibáñez me recomendó a una abogada. La licenciada Elvira Castañón llegó a las seis, con un traje gris y una bolsa de mano llena de expedientes. Voz baja, sin anillos. Me escuchó dos horas tomando notas con lápiz.

“Hay que ver qué presentaron”, dijo al final. “Me imagino que van a usar el convenio de la gala. Pero con eso solo no les alcanza. Van a tener algo más.”

El jueves 30 de octubre llegó el citatorio a Casa Montemayor. La agente del Ministerio Público, licenciada Gloria Anzures, me citaba a declarar el jueves 6 de noviembre a las diez. Ese mismo día, la licenciada Castañón consiguió copia de la denuncia.

La leímos juntas en la mesa del comedor de mi abuela, bajo el candil pequeño.

Eran veintitrés páginas. La mitad hablaba de mí como si hablaran de una empleada: “la señora Isabel Garza, quien por la confianza depositada en ella fungía como encargada de la contabilidad de la empresa, con acceso a la banca electrónica…”.

Lo de los enganches lo contaban al revés: decían que yo, como contadora, había creado la cuenta de Olavarrieta Interiores para quedarme con el dinero de los compradores. Que había usado a Maite “sin su conocimiento”.

Y luego venía la parte que la licenciada Castañón subrayó dos veces con su lápiz.

“Asimismo, la denunciada realizó dos transferencias desde la cuenta operativa de la empresa a la cuenta de Olavarrieta Interiores S.A. de C.V.: la primera el día 10 de abril de 2025, por $900,000.00, y la segunda el día 15 de abril de 2025, por $600,000.00, utilizando su usuario personal y el token físico que tenía asignado de manera exclusiva.”

Un millón y medio de pesos. Con mi usuario. Con mi token.

“¿Usted hizo esas transferencias?”, me preguntó la licenciada.

“No.”

“¿Alguien más tenía su contraseña?”

“No. Nunca la di.”

“¿Y el token?”

Lo pensé. El token era un aparatito gris, del tamaño de un llavero. Siempre lo dejaba en el cajón de mi escritorio, en la oficina de la constructora en Polanco. Me daba miedo perderlo en la bolsa. Todos en la oficina lo sabían.

“En el cajón”, dije. “En la oficina.”

La licenciada asintió despacio. Hizo una nota.

“Esto es serio, Isabel. Si el banco confirma que las operaciones salieron de su usuario, el Ministerio Público puede pedir que la vinculen a proceso. La firma de la gala, la publicación, la columna… todo apunta a usted. No a ellos.”

Me quedé mirando las fechas. 10 de abril. 15 de abril.

Algo me picaba en la memoria. Una cama de hospital. El olor a desinfectante. Un mensaje de mi suegra: “¿Ya vas a regresar? Hay que cerrar el mes”.

Saqué mi celular y busqué en las fotos. Ahí estaban: mi mamá en la cama de la Clínica 25, con su bata azul, sonriéndome con la cadera recién operada. Fecha: 10 de abril. Otra, mi mamá caminando con andadera en el pasillo: 15 de abril.

“Licenciada”, le dije, y la voz me salió rara. “El 10 y el 15 de abril yo estaba en Monterrey, junto a la cama de mi mamá.”

Me miró por encima de los lentes.

“Entonces, ¿quién tenía mi token?”

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