Capítulo 12 de 16
Patricio lee
El miércoles 5 de noviembre, en la mañana, la licenciada Castañón y yo entramos a la Fiscalía con los siete compradores.
Presentamos la denuncia por fraude en contra de quien resultara responsable, con todo lo que teníamos: las siete cartas con la firma de Patricio, los siete comprobantes, el acta de Olavarrieta Interiores con el nombre de la apoderada, los estados de cuenta del fideicomiso, las grabaciones de la cámara. Financiera Montemayor se presentó como afectada.
Cuando me pidieron mi nombre para firmar la denuncia, la licenciada Anzures me miró por encima del monitor.
“¿Isabel Garza?”
“Aurelia Isabel Montemayor Garcés.”
Lo dije en voz alta, despacio. Daniela me apretó el brazo.
Esa tarde le mandé un mensaje a Patricio. Una línea: “Necesito que veas algo. Tú solo. Sin tu mamá”.
Me citó en un café de Paseo de la Reforma, en Lomas, donde nadie lo conocía. Llegó con lentes oscuros y gorra, como si fuera famoso. Pidió un americano y no se lo tomó.
Se veía más flaco. En nueve días, el hombre que me había puesto una carpeta enfrente con toda la seguridad del mundo se había vuelto alguien que miraba hacia la puerta cada vez que entraba un cliente. Me contó, sin que le preguntara, que su mamá no dormía, que Benavente iba a la casa todas las noches, que Maite ya no le contestaba a él tampoco.
Puse enfrente de él dos hojas.
La primera: su carta a los compradores. “Por cambio de institución bancaria”. Su firma.
“¿Te acuerdas de haber firmado esto?”
La miró. Se encogió de hombros. “Me la pasó mi mamá. Para acabados.”
“Léela.”
La leyó. Lo vi llegar a “favor de depositar su enganche en la cuenta de Olavarrieta Interiores”. Vi cómo se le iba el color.
“Esto… no es para acabados.”
“Es el enganche de siete familias, Pato. Ocho millones cuatrocientos mil pesos. A la cuenta de Maite. Con tu firma.”
Puse la segunda hoja. El acta del SIGER.
“Mira quién es la apoderada.”
Leyó despacio. La vi pasar por “Maite Olavarrieta Sosa, noventa y nueve por ciento”. Y luego llegar al renglón.
Victoria Lobato Arizmendi.
Se quitó los lentes. Tenía los ojos rojos.
“Mi mamá me dijo que la cuenta era de Maite. Que Maite le hacía un favor a la empresa. Que con eso íbamos a tener un colchón por si la financiera nos ahorcaba.”
“Tu mamá abrió esa empresa el 12 de febrero. Cinco semanas después de sentar a Maite junto a ti en el Día de Reyes.”
No dijo nada. Le temblaba la quijada.
“Pato, presentamos denuncia hoy. Con siete familias. Tu firma está en las siete cartas. Si quieres ayudarte, cuenta la verdad.”
Ahí estaba. El momento. Por un segundo vi al muchacho de Cintermex, el que me hacía reír.
Y se cerró.
“Es mi madre, Isabel.”
Se puso los lentes otra vez. Dejó un billete en la mesa.
“No me pidas eso. Tú no sabes lo que es ella. No puedo.”
Recogí mis hojas. Siete años esperando que un día él escogiera. Y había escogido, en la gala, con una carpeta negra. Y volvía a escoger ahora, en un café.
No me dolió como pensé. Me dolió como duele algo que ya sabías.
Me puse de pie. Me colgué la bolsa.
Cuando ya me iba, me habló. No con rabia. Con una voz que no le conocía.
“Isa… ¿quién eres?”
Me di la vuelta. Pensé muchas respuestas. Que era la nieta de doña Aurelia. Que era la dueña del dinero que su madre se robó. Que era la que le salvó la empresa en 2021.
Le dije la única que importaba:
“La que te pidió siete años que leyeras lo que firmabas.”
Continúa en la siguiente página