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Mi esposo anunció nuestro divorcio frente a 220 invitados, con su amante a un lado y su mamá sonriendo con la copa en la mano. Me puso los papeles enfrente y me pasó la pluma, esperando que llorara. Firmé dos veces. Cuando mi suegra leyó el segundo nombre, se le borró la sonrisa.

Capítulo 13 de 16

La carta del 8 de abril

El jueves 6 de noviembre, a las diez de la mañana, entré a declarar.

La licenciada Castañón iba a mi lado, con su traje gris y su bolsa de expedientes. Yo llevaba el abrigo de mi abuela. Afuera de la Fiscalía había dos fotógrafos. Alguien les había avisado.

La oficina de la licenciada Anzures era chiquita, con un ventilador y un calendario de la Virgen de Guadalupe. Contesté todo. Lo de la gala. Lo del fideicomiso. Lo de los siete departamentos. Lo de abril en Monterrey. La licenciada Anzures escribía en su computadora con dos dedos, sin levantar la vista, y de vez en cuando me pedía que repitiera una fecha. No supe si me creía. Era su trabajo que no se le notara.

Cuando terminé, la licenciada Anzures se acomodó los lentes.

“Señora Montemayor. Ayer en la tarde, el abogado de la parte denunciante presentó una prueba adicional. Necesito que la vea.”

Sacó una hoja de un sobre y la puso enfrente de mí.

Era una carta, con fecha del martes 8 de abril de 2025, dirigida al área de tesorería de la constructora. Decía, en tres renglones, que yo autorizaba las transferencias a Olavarrieta Interiores “por concepto de servicios de diseño a mi cargo personal” y asumía cualquier responsabilidad.

Abajo, una firma.

Isabel Garza.

La licenciada Castañón la tomó, la miró, y no dijo nada por un rato largo. Luego habló bajito, para mí:

“Esto cambia todo. Con esta carta, usted autorizó las transferencias de abril. Una carta se firma desde cualquier lado. Que estuviera en Monterrey ya no importa. Si la Fiscalía la da por buena, pueden pedir orden para llevarla ante un juez.”

Salí de la Fiscalía con la cara tranquila y las piernas de algodón.

Los fotógrafos me tomaron fotos. Una de ellas salió esa noche en la columna de Pita Arechiga: “La nuera, citada a declarar. Una carta firmada de su puño y letra podría complicarle las cosas”.

Esa misma tarde me llamó Nicolás desde Monterrey. Banco Regiomontano había suspendido mi firma en el comité técnico del fideicomiso “hasta que se aclare la situación jurídica de la presidenta del consejo”. Ya no podía autorizar ni la nómina de la siguiente quincena.

A las nueve de la noche, Maite hizo un video en vivo en Instagram. Lloraba. Decía que ella “solo quería decorar casas bonitas”, que “la contadora” la había usado, que tenía miedo. Tenía tres mil personas viéndola. Los comentarios decían cosas de mí que no voy a repetir.

Doña Victoria iba ganando. Otra vez.

Mi mamá me encontró a medianoche en el despacho de mi abuela, con la copia de la carta enfrente, sin haber cenado.

“Ya vete a dormir, mija.”

“Ahorita, ma.”

No podía dejar de mirarla.

Isabel Garza. Con buena letra. La I alta, la G con una vuelta abierta, la z con cola. Idéntica a la mía.

Demasiado idéntica.

Encendí la lámpara del escritorio y la acerqué. La inclinación. La forma en que la última a se pega con la línea. Un pequeño corte en la G, donde la pluma se me atoró en el papel grueso del convenio porque la mesa de la gala tenía un pliegue en el mantel.

Ese corte yo lo recordaba. Lo sentí en la mano cuando pasó.

Mi mamá se acercó a ver.

“¿Qué tienes, mija? Te pusiste pálida.”

“Mamá, ¿tú me has visto alguna vez firmar ‘Isabel Garza’?”

Se quedó pensando.

“No. Tú firmas como tu papá. Montemayor. Siempre.”

Me recargué en la silla de mi abuela.

Esa firma la había hecho yo. Una sola vez en mi vida. Hace catorce días, frente a doscientas veinte personas.

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