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Mi esposo anunció nuestro divorcio frente a 220 invitados, con su amante a un lado y su mamá sonriendo con la copa en la mano. Me puso los papeles enfrente y me pasó la pluma, esperando que llorara. Firmé dos veces. Cuando mi suegra leyó el segundo nombre, se le borró la sonrisa.

Capítulo 16 de 16

Aurelia

El divorcio quedó firme en febrero.

No pedí pensión. No pedí nada de la casa de Lomas. Pedí que me devolvieran la caja de zapatos con listón azul que se me había quedado olvidada en el cuarto de lavado. Patricio me la mandó con un chofer, junto con una nota: “Perdóname por no leer”. La guardé con las cartas de mi abuela.

Ese mismo mes, el fideicomiso hizo efectiva la garantía. Residencial Los Álamos pasó a manos de Financiera Montemayor. Contratamos a otra constructora para terminar las obras, y la nueva constructora contrató a los ciento cuarenta trabajadores que ya estaban ahí. Elías Quezada declaró como testigo y ahora trabaja con nosotros en Monterrey. Fue el primero en llamarme Aurelia sin equivocarse.

Constructora Garza Lobato no cumplió 41 años.

Doña Victoria vendió la casa de Lomas para pagar la reparación del daño mientras espera su juicio. Vive en un departamento rentado en la Narvarte. Los dos millones de su “dividendo” fueron los primeros en regresar. Una vez la vi de lejos, en el Sanborns de Insurgentes, sola, comiendo enchiladas suizas. No me vio.

En el expediente que la licenciada Castañón me entregó al final había una foto que yo no conocía. La sacó doña Victoria de la caja fuerte de la constructora para probar “los años de esfuerzo” de su familia. Era de enero de 1995: ella y don Ramiro, jóvenes, flacos, sentados en el cofre de un coche frente a un banco, con un niño de seis años entre los dos. Ella lo abrazaba como si alguien se lo fuera a quitar.

La miré mucho tiempo. No la perdoné. Pero entendí de qué tenía miedo. Y entendí que el miedo, cuando nadie lo detiene, se convierte en otra cosa.

Patricio se fue a Querétaro. Trabaja de gerente de ventas en una inmobiliaria y sigue presentándose cada mes ante la Fiscalía; su caso no está cerrado. Cada quincena manda una parte de su sueldo a una cuenta que abrió la financiera para los siete compradores. Nadie se lo exigió. Maite obtuvo el criterio de oportunidad y volvió a vivir con su mamá en Coyoacán. No sé más de ella.

El sábado 18 de abril de 2026, a las once de la mañana, entregamos las llaves de la primera torre de Residencial Los Álamos.

Daniela y Omar fueron los primeros. Departamento 302. Su enganche de un millón doscientos mil pesos, el que se fue a la cuenta de Olavarrieta, quedó reconocido completo en su contrato. Daniela lloró en la puerta. Omar cargó a su suegra hasta el tercer piso porque el elevador todavía no funcionaba.

Ese día traía puesto el abrigo negro de forro rojo. En abril ya no hace frío en Huixquilucan, pero quería que mi abuela estuviera ahí.

Me pusieron enfrente el acta de entrega. Una mesa plegable con mantel blanco, en el vestíbulo de la torre. Una pluma.

Leí las tres hojas completas. Daniela se rió.

“¿Siempre lee todo?”

“Todo.”

En la última página, arriba de la línea, decía mi nombre. Lo había escrito yo misma en la computadora la noche anterior.

AURELIA ISABEL MONTEMAYOR GARCÉS.

Firmé despacio, con la A grande y la cola larga.

Esa noche cenamos en el comedor de Casa Montemayor. Mi mamá, que vino de Monterrey con un pastel de tres leches. Doña Cata, que por primera vez en treinta años se sentó a la mesa en lugar de servirla. Ismael, que desde marzo es el administrador de la casa y ya no trae charola. El licenciado Ibáñez, que brindó “por doña Aurelia, la de antes y la de ahora”. Y yo.

Antes de dormir, abrí el cajón del escritorio de mi abuela. Ahí seguía el sobre amarillo.

Lo volví a leer: “Para cuando te canses de llamarte como ellos quieren”.

Tomé su pluma fuente y escribí debajo, en su misma hoja, con mi letra:

“Ya me cansé, abuela. Ya me llamo como soy.”

Y esta vez no hubo que escribir nada más abajo.