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Mi esposo anunció nuestro divorcio frente a 220 invitados, con su amante a un lado y su mamá sonriendo con la copa en la mano. Me puso los papeles enfrente y me pasó la pluma, esperando que llorara. Firmé dos veces. Cuando mi suegra leyó el segundo nombre, se le borró la sonrisa.

Capítulo 7 de 16

Pato

El sábado en la tarde, Patricio tocó la reja de Casa Montemayor con un ramo de rosas blancas.

Doña Cata no quería abrirle. Yo le dije que sí.

Lo recibí en el patio de atrás, junto a la fuente de cantera donde jugaba de niña. Se veía cansado, sin rasurar, con la misma camisa de la gala debajo de un suéter. Dejó las rosas en la banca. Eran mis favoritas. Lo sabía.

“Isa. Me pasé. Mi mamá se pasó. Todo eso del jueves fue una estupidez.”

No dije nada.

“Los trabajadores ya cobraron, gracias. Pero los proveedores no. Los compradores están llamando. Hay gente que dio sus ahorros para esos departamentos. Tú no eres así, Isa. Tú no castigas a la gente.”

Esa era la parte de él que me enamoró, o la parte que yo creía que existía. El muchacho que se preocupaba por los demás.

Sentí que algo se me aflojaba en el pecho. Era el cansancio de siete años de querer que estuviéramos bien. Pensé: tal vez sí se equivocó, tal vez su mamá lo empujó, tal vez si le muestro lo que encontré, él mismo…

“Pato, ¿tú sabes lo de los siete departamentos?”

“¿Cuáles departamentos?”

“Los enganches. La carta que firmaste.”

Se encogió de hombros. “Yo firmo lo que me pasa mi mamá. Es para acabados, Isa, esas cosas las ve ella.”

Y luego, como si fuera lo más normal del mundo, agregó:

“Mira, mi mamá dice que con un papelito todo vuelve a ser como antes. Firmas, liberas las cuentas, y nadie sale lastimado. Te quedas en la casa de Lomas si quieres. Hasta que encuentres algo.”

Un papelito.

La cláusula siete, otra vez. Ahora con rosas blancas.

Se me cerró lo que se había abierto.

“No voy a firmar nada, Patricio.”

Se le cambió la cara. Lo vi pasar de la tristeza al enojo en un segundo, como pasaba siempre que algo no le salía.

“¿Sabes qué es lo peor? Siete años pidiéndote permiso para gastar mi propio dinero. Siete años. ¿Tú sabes lo que se siente que tu esposa te corrija enfrente de tus amigos? ¿Que mi mamá me pregunte si ya revisaste tú? Me tenías vigilado en mi propia casa.”

“Te cuidaba la empresa.”

“¡Me cuidabas como a un niño!”

Y ahí, en medio de su enojo, supe que una parte de lo que decía era verdad. Yo sí lo había corregido delante de sus amigos. Yo sí me había convertido en la contadora de su vida en lugar de su esposa. No me lo pidió nadie. Lo hice sola, para que me quisieran.

Pero nada de eso convertía en mío el dinero que faltaba.

“¿Y Maite?”, le pregunté.

Se quedó callado. Luego, casi orgulloso:

“Maite me entiende. Es de la familia, Isa. Mi mamá la conoce desde chiquita. Con ella no tengo que pedir permiso para nada.”

Lo dijo como quien presume un coche nuevo. Yo guardé la frase sin entender todavía lo que valía.

Se levantó. Dejó las rosas.

“Te vas a arrepentir. Mi mamá no perdona.”

“Lo sé. La conozco desde hace siete años.”

Cuando se fue, doña Cata salió con una cubeta y me preguntó si tiraba las flores. Le dije que las pusiera en el altar que íbamos a armar para Día de Muertos. A mi abuela le gustaban blancas.

Esa noche no pude cenar.

A las once y diez sonó mi celular. Un mensaje de una compañera de la universidad, una sola línea: “¿Ya viste esto?”.

Era una publicación de Instagram. La cuenta de Maite Olavarrieta. Una foto tomada en la gala, desde atrás de doña Victoria: yo, inclinada sobre la carpeta negra, firmando. No se veía qué. Se veía que firmaba.

Debajo, con un emoji de corona, Maite había escrito:

“Ella firmó. Ya saben quién se llevó el dinero.”

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