Capítulo 4 de 16
La posada
No le contesté.
Pero la pregunta se quedó dando vueltas, porque tenía dos respuestas y las dos eran verdad.
Sabía del dinero desde agosto. Y sabía quién era ella desde la posada de 2023.
Para explicarlo tengo que contar lo de 2021.
En marzo de 2021, en plena pandemia, Constructora Garza Lobato estaba quebrando. Tenían a medio construir Residencial Los Álamos, cuarenta y ocho departamentos en Huixquilucan, y ningún banco les quería prestar. Patricio no dormía. Yo hacía las cuentas: les quedaban seis semanas.
Una noche tomé el camión a Monterrey y fui a ver a mi abuela.
Le pedí ayuda para la familia de mi esposo. No para mí: para ellos.
Mi abuela me escuchó en silencio y luego me hizo tres preguntas. Si la empresa podía pagar. Si yo estaba segura de esa gente. Y si ellos sabían quién era yo.
A las dos primeras dije que sí. A la tercera dije que no, y que no quería que lo supieran.
“Quiero que me sigan queriendo igual”, le dije.
Mi abuela tardó mucho en contestar.
“Va a ser con contrato, mija. Con candados. Y tu nombre no va a aparecer en ningún lado. Nada más el mío.”
El viernes 18 de junio de 2021, Financiera Montemayor le prestó a la constructora treinta y ocho millones de pesos a siete años. Todo el dinero de la preventa de Los Álamos tenía que entrar a un fideicomiso de garantía en Banco Regiomontano: de ahí se pagaba el crédito y lo que sobraba se le entregaba a la empresa. Y una regla muy clara: no se reparten dividendos hasta terminar de pagar.
Doña Victoria firmó con el licenciado Nicolás Ibáñez, el director de la financiera. A mi abuela nunca la vio. En la cena de esa noche le dijo a toda la familia que había conseguido el dinero “con mis contactos de Monterrey”.
Yo serví el pozole y no dije nada. Me sentí feliz.
La empresa se salvó. Y doña Victoria nunca me lo agradeció, porque nunca supo que había algo que agradecer.
Lo de la posada fue el sábado 16 de diciembre de 2023.
La casa de Lomas estaba llena de ponche y primos. Yo estaba en el estudio con Elías Quezada, cuadrando el cierre del año, cuando doña Victoria entró con una copa y le dijo a Elías que preparara una transferencia de dos millones a su cuenta personal. “Dividendo de Navidad”, dijo, riéndose.
Elías me miró. Yo me levanté.
“No se puede, doña Victoria. El contrato del crédito lo prohíbe. Si lo hace, la financiera puede dar por vencido el préstamo.”
Me miró como si la silla hubiera hablado.
Entonces tomó la carpeta con las conciliaciones de todo el año, la que yo había hecho a mano durante doce meses, y la aventó al suelo. Las hojas se regaron por la alfombra.
“¡En mi casa no me cuentas el dinero!”
Afuera estaban cantando “en el nombre del cielo, os pido posada”.
Junté las hojas una por una, de rodillas, mientras Elías miraba al piso. Doña Victoria no hizo la transferencia. Pero esa noche, algo entre ella y yo se rompió para siempre. Ella perdió dos millones que creía suyos, y los perdió frente a un empleado, por culpa de la nuera que le hacía las cuentas gratis.
Mi abuela murió el viernes 2 de febrero de 2024, en su casa de Monterrey, a los ochenta y seis años. En su testamento me dejó la financiera completa, esta casa y una carta.
Patricio no fue al funeral. Tenía un torneo de golf en Valle de Bravo. Mandó una corona con su secretaria.
En mayo de 2024, doña Victoria le pidió a la financiera, por escrito, que le permitieran repartir dividendos “por esta única vez”. La respuesta salió de Monterrey dos semanas después. Un no amable y firme, firmado por la presidenta del consejo.
Aurelia Montemayor.
La firmé yo. Con la A grande y la cola larga.
Ya conté lo que hizo con ella en la cocina de Lomas. Yo estaba picando cebolla a dos metros.
Por eso me reconoció en la gala. No por el nombre. Por la letra.
A las nueve de la mañana, doña Cata tocó la puerta del departamento. Tenía la cara seria de las malas noticias.
“Niña, la señora Lobato está abajo, con el licenciado de bigote. Dice que viene a ver a la dueña.”
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