Capítulo 3 de 16
Isabel Garza no existe
Doña Cata me encontró ahí, en el piso del pasillo, a las once y cuarto.
No me preguntó nada. Me ayudó a levantarme, me sentó en el sillón de terciopelo verde de mi abuela y me puso enfrente un té de canela con un chorrito de algo que olía a brandy.
“Ya se fueron todos”, me dijo. “La señora Lobato salió por la puerta grande, gritando por teléfono. Su esposo detrás. La güera del vestido plateado se fue en otro carro.”
“¿Y la carpeta?”
“Se la llevó el licenciado de bigote.”
Benavente. Claro.
Me tomé el té de un trago.
Lo primero que pensé, cuando dejaron de temblarme las manos, fue en la firma. Isabel Garza. Esa persona no existe. Mi acta de nacimiento, mi INE y hasta el acta de matrimonio que Patricio firmó dicen lo mismo: Aurelia Isabel Montemayor Garcés.
En México una mujer casada no cambia de nombre ante la ley. Su apellido no se queda en la puerta de la iglesia, aunque su suegra lo diga en el micrófono. Ese convenio, con ese nombre, no le servía a nadie para nada. Cualquier abogado lo sabe.
Pero Benavente lo sabía también. Y aun así lo escribió así. Porque doña Victoria se lo dictó. Porque en esa casa yo era Isabel Garza y nadie se iba a molestar en averiguar otra cosa.
“Doña Cata, ¿las cámaras del salón grabaron hoy?”
“Todas, niña. Las que mandó poner su abuelita después del robo de los candelabros, en 2022. Guardan un mes y luego se borran solitas.”
Un mes. Lo anoté en el celular sin saber todavía por qué.
Me quedé despierta mirando el retrato de mi abuela sobre la chimenea. Doña Aurelia Montemayor Sada, con su chongo blanco y sus aretes de perla, la mujer más austera que he conocido. Tenía edificios y una financiera, y viajaba en camión porque “el avión es para los que tienen prisa”.
Mi papá, Arturo, era su único hijo. Murió en 2003, en la carretera a Saltillo, cuando yo tenía diez años. Mi mamá, maestra de primaria, no quiso vivir del dinero de su suegra. Me llevó a la colonia Obispado y me crio con su sueldo.
Isabel. Así me decía ella, porque en la familia ya había una Aurelia y era mi abuela. Así me dijo todo el mundo. Aurelia quedó solo para los papeles y para mi abuela, que me llamaba por mi primer nombre cuando estaba orgullosa de mí.
Volví a buscar a mi abuela a los veinte años, cuando estudiaba contaduría en la UANL. Me enseñó lo que no te enseñan en la universidad: a leer un contrato desde la última página hacia atrás, a desconfiar de las cifras redondas, a no firmar nada con prisa.
Y me enseñó otra cosa.
“Que te quieran por ti, mija. No por lo que traes.”
Por eso, cuando conocí a Patricio en 2017, en una feria inmobiliaria en Cintermex, le dije la verdad a medias: que era contadora, que mi mamá era maestra, que mi papá había muerto. Montemayor es un apellido de lo más común en Nuevo León. Nadie lo relaciona con nada.
Patricio era guapo y un poco vanidoso. Me hacía reír. Se enamoró de la muchacha callada que le corregía las facturas, y yo me enamoré de que alguien se enamorara de esa muchacha.
Nos casamos el sábado 21 de abril de 2018, en Monterrey. Doña Victoria pagó la fiesta y escogió todo. Sentó a mi mamá junto a la cocina, con los proveedores. En el brindis dijo “Isabel Garza” y todos aplaudieron.
Mi mamá me miró desde su mesa. Yo le sonreí para que no dijera nada. Ese fue mi primer error. Hubo muchos más, y todos se parecían: sonreír para que no hubiera pleito.
En abril de este año mi mamá se operó de la cadera en la Clínica 25 del IMSS, en Monterrey. Me fui a cuidarla del 7 al 18. Patricio no llamó ni una vez. Doña Victoria me mandó un mensaje: “¿Ya vas a regresar? Hay que cerrar el mes”.
Recuerdo haberlo leído junto a la cama de mi mamá, y haber pensado que era normal.
A la una y doce de la madrugada vibró mi celular.
Un mensaje de un número que tenía guardado como “Doña Victoria”. Cuatro palabras. La primera vez en siete años que me llamaba por mi verdadero nombre:
“¿Desde cuándo lo sabes, Aurelia?”
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