Capítulo 6 de 16
Siete departamentos
Lo de los nueve millones lo descubrí el jueves 14 de agosto, a las once de la noche, en la mesa del comedor de Lomas, cuando todos dormían.
Cada mes pongo lado a lado dos cosas que deberían coincidir: la lista de ventas de Residencial Los Álamos y el estado de cuenta del fideicomiso. Cada departamento que se vende paga un enganche de un millón doscientos mil pesos. Cada enganche debe aparecer en el fideicomiso. Ese jueves no coincidían.
Siete departamentos vendidos entre marzo y septiembre. Siete enganches. En el fideicomiso no había ninguno.
Ocho millones cuatrocientos mil pesos que no estaban en ningún lado.
Revisé tres veces. Mi abuela decía que, cuando una cifra no cuadra, el primer sospechoso es una misma.
Al día siguiente llamé a los compradores, uno por uno, como la contadora de la empresa que soy. Les dije que estaba actualizando expedientes.
Todos me contaron lo mismo. En algún momento recibieron una carta con el membrete de la constructora. Decía que, “por cambio de institución bancaria”, el enganche debía depositarse en otra cuenta, a nombre de Olavarrieta Interiores S.A. de C.V., “empresa encargada de los acabados de lujo”. La carta venía firmada por el director comercial.
Patricio Garza Lobato.
Una de las compradoras, una enfermera que se llama Daniela, me dijo algo más: que la señorita que fue a recoger el comprobante a su casa era “muy guapa, güera, muy amable”. Y que se llamaba Maite.
Olavarrieta. Maite Olavarrieta.
Esa noche entendí dos cosas al mismo tiempo. Que mi esposo le estaba desviando dinero a una empresa a nombre de una mujer, y quién era esa mujer.
Busqué su Instagram. Ahí estaba ella, en un restaurante de la Roma, con una mano en la mesa. Y en la orilla de la foto, otra mano. Con el reloj que le regalé a Patricio en nuestro quinto aniversario.
No le dije nada.
Esa es la parte que más me cuesta contar. No le dije nada a nadie. Ni a él. Ni a mi mamá.
Pensé en el jueves 9 de enero, en el restaurante de Polanco, cuando Patricio les anunció a sus amigos que iba a meter tres millones de la empresa en la marca de tequila de su compadre. Yo le dije bajito: “No hay ese dinero, Pato”. Su amigo soltó la carcajada: “¿Te da permiso tu contadora?”. Patricio no me habló en una semana. Esa vez aprendí que corregirlo enfrente de otros tenía un precio.
Así que esta vez no lo corregí. Esta vez junté pruebas.
Llamé al licenciado Nicolás Ibáñez. Le conté todo. Lo oí suspirar del otro lado del teléfono, en Monterrey.
“Esto es incumplimiento, Aurelia. Tenemos derecho a retener todo el flujo.”
“Todavía no. Necesito saber a dónde fue el dinero. Y quiero que les dejemos hacer su gala.”
“¿Su gala?”
“Cuarenta años, licenciado. Mi suegro está en las fotos de esa empresa. Que tengan su noche. El viernes 24 mandamos la notificación.”
Me equivoqué. Mi abuela me lo habría dicho: cuando ya sabes, cada día que esperas es un día que les regalas.
El jueves 23 de octubre, a las nueve y veinte de la mañana, mientras yo estaba en la casa revisando los centros de mesa, me llamó el licenciado Ibáñez.
“Acaba de llamarme la licenciada Marcia Tellechea, del área fiduciaria del banco. La constructora mandó una solicitud, firmada por doña Victoria. Quieren cambiar la cuenta donde se les entrega el remanente. La nueva es de Olavarrieta Interiores. Y piden un retiro anticipado de seis millones para mañana viernes.”
Seis millones más. Un día después de la gala.
Ya no había tiempo de ser buena nuera.
A las once y media firmé la notificación de incumplimiento en el despacho de mi abuela. A las siete de la noche el banco retuvo todo. A las diez, Patricio me puso una carpeta enfrente.
Ahora sé que la carpeta de la gala y la solicitud de los seis millones no fueron casualidad. Doña Victoria había preparado esa noche para dejarme sin nada, y la cuenta nueva para quedarse con todo.
Pero esa mañana, sentada en el despacho, yo todavía no sabía algo muy importante. Sabía a dónde había ido el dinero. Lo único que no sabía era quién había abierto esa cuenta.
Y eso me iba a costar caro.
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