Capítulo 8 de 16
El domingo
El domingo 11 desayunamos los cuatro en la cocina, como si nada.
Doña Eugenia con los ojos hinchados. Leandro sin rasurar. Yazmín sirviendo café y repartiendo pan dulce, como siempre, como la buena de la familia.
Yo no me senté.
“Quiero el divorcio, Leandro.”
Doña Eugenia dejó caer la cuchara.
“Y quiero que tú y tu mamá busquen dónde vivir. Les doy treinta días.”
“¿Treinta días?”, gritó mi suegra. “¡De aquí no me saca nadie! ¡Esta es la casa de mi hijo!”
“No, señora. Ya lo vio anoche en el papel.”
“¡Los papeles se compran!”
Leandro se pasó las manos por la cara.
“Estamos casados, Ara. Por bienes mancomunados. La mitad de todo es mía.”
“La casa es herencia, Leandro. Es bien propio. Lo dice la ley. Lo sabes desde el día que te casaste conmigo y le dijiste a tu mamá que la habías comprado.”
“Ya, ya”, dijo Yazmín, poniéndose entre nosotros con la cafetera en la mano. “No es momento. Mi mamá está mal de la presión.”
Le sobó la espalda a su madre. Me miró con ojos tristes.
“Cuñadita, por favor. Piensa en lo que estás haciendo.”
Lo pensé.
A las once de la mañana estaba sentada en la Fiscalía General del Estado, en el Periférico, con la licenciada Graciela Euán, una abogada que me recomendó una clienta.
Denuncia por robo. Contra quien resulte responsable.
Presenté todo. El libro de inventario de 1974 con las fotos del retrato, del reloj y de los candeleros. Mi informe de restauración de 2021, con el parche de lino y la piedrita verde. La factura de El Zaguán a nombre de don Baltasar. El certificado del Registro Público. Fotos de la copia, de la etiqueta, del barniz craquelado.
El agente del Ministerio Público, el licenciado Mena, revisó cada hoja sin prisa.
“Está muy bien documentado”, dijo, casi sorprendido. “Abrimos la carpeta de investigación. Esta semana mandamos oficio a la tienda de antigüedades para que entregue sus registros de compra. Con eso sabremos quién vendió.”
“¿Cuánto tarda?”
“Unos días. Si colaboran.”
Salí a las tres de la tarde, con un número de carpeta y la sensación de que por fin alguien me creía.
Me duró seis horas.
A las nueve de la noche me sonó el celular. Era un mensaje de la tía Bertha.
Un link de Facebook. Y debajo:
“¿Ya viste esto?”
👉 Continúa en la siguiente página: Capítulo 9, «El video»