Capítulo 12 de 16
La versión de Yazmín
La versión de Yazmín era buena. Hay que reconocerlo.
Según ella, en abril yo la busqué. Le dije que tenía deudas de la remodelación, que el banco me estaba apretando, y que no quería que Leandro ni su mamá se enteraran porque “me daba vergüenza”.
Según ella, yo le pedí que vendiera el retrato discretamente y que mandara hacer una copia “para que tu mamá no se dé cuenta”.
Según ella, ella hizo todo por cariño. Y al final me entregó los seiscientos mil en efectivo, en un sobre, en mi taller.
Y para probarlo, entregó una captura de pantalla de WhatsApp.
Un chat con un contacto que decía “Ara 🏛️”. Con mi foto de perfil.
“Ya, véndelo. Que nadie se entere, ni tu mamá. Gracias, Yaz, te debo una.”
Fecha: 28 de abril.
Doña Eugenia declaró después que ella. Dijo que su hija era incapaz de mentir. Que yo siempre había tenido “algo raro con el dinero”. Que por eso me había enojado tanto cuando ella no dejó entrar al perito: porque el perito iba a descubrir lo que yo había vendido.
Esa misma tarde Yazmín subió otro video. Ella sola, sin maquillaje, llorando frente a la cámara.
“Me están acusando de algo horrible por proteger a mi cuñada. Yo nada más quise ayudarla. Dios sabe la verdad.”
Cien mil reproducciones en una noche.
“Ahora sí”, me dijo la licenciada Graciela en el taller, con la captura impresa sobre la mesa. “Es tu palabra contra la de ellas. Y en este momento, Ara, tu palabra vale muy poco.”
“Mi crédito lo terminé de pagar el año pasado. No tengo deudas. Puedo enseñar mis estados de cuenta.”
“Ella dice que te dio efectivo. El efectivo no deja rastro.”
“Esa captura es falsa. Yo nunca escribí eso.”
“Lo va a revisar un perito en informática. Eso tarda semanas. Mientras tanto, la medida de protección sigue, la carpeta de violencia sigue, y el juez ve a una nuera que agrede a su suegra y que vende cuadros a escondidas.”
Me miró por encima de los lentes.
“Necesitamos algo más. Y lo necesitamos ya.”
Esa noche no dormí.
Pensé en mi abuela, en su libro de inventario. “Para que nadie me diga que algo no era mío.”
Pensé en Yazmín midiendo el marco dorado a las doce y media de la noche. Fotografiando la plata de la vitrina. Caminando hacia el pasillo de los paisajes.
Yazmín no había terminado.
Debía la tanda. Lo había dicho ella misma, por teléfono, en el patio: “el lunes te pago, te lo juro”. Y si se había atrevido a mentirle a la Fiscalía, era porque estaba desesperada.
Alguien desesperado no se detiene. Se apura.
Solo había que darle prisa.
El miércoles 21, la licenciada Graciela pidió al Ministerio Público una inspección del inmueble con perito en arte, para comparar cada objeto de la casa contra el inventario de 1974. El licenciado Mena la autorizó para el lunes 26 a las diez de la mañana.
Era verdad. Esa fue la parte fácil.
La parte difícil fue llamarle a Leandro.
“El lunes a las diez va a ir un perito de la Fiscalía a la casa”, le dije. “Va a revisar todo. Cada cuadro, cada plato, cada cuchara. Con las fotos del libro de mi abuela. Lo que falte, lo van a investigar.”
“¿Por qué me lo dices?”
“Porque vives ahí. Para que no te espantes.”
Colgué.
Conocía a mi esposo. Seis años casada con él. Leandro no guarda nada. Nunca ha guardado nada. Ni un secreto, ni un peso, ni una promesa.
En menos de una hora, su hermana iba a saberlo.
El jueves y el viernes no pasó nada. Yo miraba la cámara cada media hora. El salón vacío. El cuadro falso. La vitrina.
El viernes 23 le tocaba cobrar la tanda a la tía Bertha. Cien mil pesos.
En la tarde, la tía Bertha me mandó un mensaje. Solo decía:
“¿Tú sabes dónde está Yazmín? No me contesta.”
El sábado 24, a las once y cuarenta de la noche, el celular vibró sobre mi mesa de trabajo.
La aplicación de la cámara. Movimiento en el salón.
La abrí.
Yazmín estaba ahí. Y no estaba sola.
Un hombre de guayabera blanca cargaba, envuelto en una cobija, el primer paisaje de henequén.
👉 Continúa en la siguiente página: Capítulo 13, «Flagrancia»