Capítulo 15 de 16
Doña Eugenia
Nos sentamos en el patio de los naranjos el sábado 31 en la tarde.
Ella en una silla de mimbre. Yo en el borde del pozo, donde había jugado Baltasar de niño.
Doña Eugenia traía un vestido gris sencillo, sin aretes de perla, sin anillo grueso. Solo el rosario de filigrana, que daba vueltas y vueltas entre los dedos.
Tardó mucho en hablar.
“Yo no sabía nada de los cuadros”, dijo al fin. “Te lo juro por mi marido.”
“Le creo.”
Me miró sorprendida.
“Le creo, doña Eugenia. Usted no sabe ni lo que vale un reloj francés. Usted solo quería que todos creyeran que esta casa era de su hijo.”
Bajó la cabeza.
“Cuando el banco me quitó mi casa, yo tenía cincuenta y ocho años”, dijo. “Treinta y cinco años viviendo ahí. Ahí crecieron mis hijos. Y un día llegó un actuario con dos policías y me dio una semana.”
Le temblaba la voz.
“No se lo dije a nadie. Ni a mi hermana. Les dije a todas que la había vendido. ¿Tú sabes lo que dicen en la iglesia de una viuda que pierde su casa? Que el marido era un tranza. Que ella no supo cuidar nada. Que pobrecita.”
Movió las cuentas del rosario.
“Y luego me vine aquí. A la casota de mi hijo. Y eso sí lo podía presumir. Si era la casa de mi hijo, yo seguía siendo alguien. Si era tu casa…” Hizo un gesto con la mano, hacia los arcos, hacia el salón. “Si era tu casa, yo era una vieja arrimada en la casa de su nuera. Nada más.”
Nos quedamos calladas. Una naranja se cayó del árbol y rodó hasta el pozo.
“Y te eché la culpa a ti”, dijo. “Seis años. De la ferretería, de su infarto, de todo. Era más fácil odiar a la nuera que pensar que mi marido…”
No terminó la frase.
Abrí la carpeta azul, que traía en las piernas, y saqué un folder con las facturas de la Ferretería Castañeda de 2020. Las que le enseñé a don Aurelio en su mostrador. Se las di.
Las leyó despacio, con los lentes en la punta de la nariz. Las tres viguetas cobradas y las dos entregadas. La cal al doble.
“Ya lo sabía”, dijo al fin, muy bajito. “Cuando el banco me enseñó la hipoteca, vi la fecha. 2018. Antes de ti.” Dobló las hojas. “Lo supe hace cuatro años, y seguí odiándote igual. Porque si no eras tú, era él.
“Por eso te quise pegar”, dijo. “No por el perito. Porque dijiste la verdad frente a todas.”
“Perdóneme, doña Eugenia, pero eso no lo justifica.”
“Ya sé.” Cerró los ojos. “Perdóname tú a mí. Por la mano. Por la denuncia. Por los huipiles de tu abuela.”
Luego abrió los ojos y me miró de frente, por primera vez en seis años.
“Pero tú también me dejaste creerlo, Araceli. Seis años. Nunca me dijiste nada.”
Me dolió. Porque era cierto.
“Sí”, le dije. “Eso fue culpa mía.”
No nos abrazamos. No fue esa clase de tarde.
Pero cuando se levantó, me tomó la mano un segundo, la del anillo de piedrita verde. Y se fue.
Lo demás pasó en los meses siguientes.
A Yazmín la vincularon a proceso por robo y por abuso de confianza. Las nueve señoras de la tanda presentaron su propia denuncia por fraude. Un juez le impuso no salir de Yucatán y firmar cada quince días mientras sigue el juicio. Vendió su camioneta y el mueble de su sala para empezar a pagarles. La tía Bertha ya recibió treinta mil. Faltan setenta.
A su hija Fátima, que tiene dieciséis años y no tuvo la culpa de nada, la ayudó a terminar la prepa la tía Bertha. Yo le pagué la inscripción del último semestre, sin que nadie lo supiera. Mi abuela habría hecho lo mismo.
El comerciante de Cancún devolvió todo y denunció a Yazmín por los doscientos mil del adelanto.
Leandro también quedó en la carpeta, por los cincuenta mil y por haber ayudado a sacar el cuadro. Su propio abogado le dijo que si reparaba el daño el castigo podía ser menor. Me depositó los cincuenta mil en febrero, en tres partes.
El divorcio salió en febrero. La casa no entró en nada; un juez familiar confirmó que era bien propio, herencia de mi abuela. La compensación de un millón doscientos mil la retiró su abogado en la primera audiencia, cuando la licenciada Graciela puso sobre la mesa mis facturas de la obra. Todas a mi nombre.
En la agencia de autos lo dejaron ir después del escándalo. Renta un cuarto en la colonia Francisco de Montejo. Me dicen que vende seguros.
Doña Eugenia se fue a un departamento chiquito en Itzimná, que paga con su pensión de viudez del IMSS. Sigue yendo a misa de siete a Santiago. Ya no se sienta en primera fila.
Un martes la vi entrar al mercado de Santiago y acercarse al puesto de doña Chabela, que vende pibes y tamales los fines de mes. Hablaron un buen rato. No sé qué le dijo.
Doña Chabela solo me contó que, al irse, mi suegra le compró una docena de tamales que no necesitaba.
Una página de noticias de Mérida publicó el video completo de la fiesta, los dos minutos y diez segundos, con el título: “La arquitecta del video viral era la víctima”. Tuvo más reproducciones que el primero.
En diciembre, el hotel Casa Kanté me llamó para retomar la obra.
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