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Mi suegra se levantó a darme una cachetada frente a treinta invitados, en la casa que ella presumía como “la casa de mi hijo”. Le detuve la mano en el aire, me quité el anillo de bodas y no dije nada más. Nadie entendía por qué estaba tan tranquila… hasta que a las nueve y cuarto se abrieron las puertas del salón.

Capítulo 14 de 16

Lo que vio la tía Bertha

La respuesta a esa pregunta tardó una semana en salir completa.

Desde octubre de 2024.

Yazmín empezó la Tanda de la Guadalupana para ganarse una comisión. Pero desde los primeros meses tomó dinero para ella. Para la renta. Para mantener el negocio de catálogo, que vendía cada vez menos. Para la fiesta de quince años de su hija Fátima, en un salón de Altabrisa, con mariachi y fotógrafo, que ella decía que le habían prestado los padrinos.

Cuando le tocaba pagarle a alguien, tomaba de lo que daban las demás. Y cuando eso ya no alcanzó, empezó a vender la casa de mi abuela por pedazos.

Primero el reloj. Luego los candeleros. Luego mi abuela entera.

Al final debía nueve números. Novecientos mil pesos. Y la que seguía en la lista, la del viernes 23, era la tía Bertha.

La tía Bertha supo todo el domingo en la mañana, cuando doña Eugenia le habló llorando desde la Fiscalía.

El lunes 26, a las diez, mientras el perito revisaba la casa con el libro de mi abuela en la mano, la tía Bertha tocó la puerta de la oficina del licenciado Mena.

Llevaba su bolsa de mano agarrada con las dos manos, como si alguien se la fuera a quitar.

Primero denunció lo de la tanda. Después pidió hablar de otra cosa.

“Quiero declarar lo de la fiesta. Lo de mi hermana.”

Esto es lo que dijo. Está en la carpeta, palabra por palabra:

“Yo estaba sentada enfrente. Mi hermana Eugenia se levantó primero de la silla, y levantó la mano para pegarle a su nuera. Yo grité ‘¡Dios mío!’ porque pensé que le iba a dar en la cara. La muchacha nada más le agarró la mano para que no le pegara. No la lastimó. Le dijo que no la volviera a tocar. Eso fue todo.”

El licenciado Mena le preguntó por qué no lo había dicho antes.

“Porque es mi hermana”, dijo la tía Bertha. “Y porque en mi familia uno no habla mal de los suyos frente a la gente.” Se le llenaron los ojos de lágrimas. “Pero a mí me robaron cien mil pesos. Y a ella también. Y la única que no nos ha robado nada en esta historia es Araceli.”

Ese mismo día pasaron otras tres cosas.

La primera: el perito en informática revisó el celular de Yazmín, que la policía aseguró la noche del robo. En la galería estaba el video original de la fiesta. Completo. Dos minutos y diez segundos. Desde el brindis. Con la frase “en la casa de mi hijo nadie viene a contar mis cosas”. Con mi respuesta. Con la silla de doña Eugenia arrastrándose hacia atrás, su mano levantada, el grito de la tía Bertha.

Yazmín había recortado los primeros noventa y dos segundos.

Y en el mismo celular encontraron una aplicación para fabricar conversaciones falsas de WhatsApp. El contacto “Ara 🏛️” era un número de prepago que Yazmín compró el 19 de octubre, el día que le llegó el citatorio. Con mi foto de perfil, bajada de la página de mi taller.

La segunda: en la tarde se presentó a la Fiscalía un señor de lentes, con una caja de pinturas bajo el brazo.

Jesús Canché. Chuy.

El domingo había visto en las noticias la foto de una camioneta blanca frente a una casona del centro, con cuadros envueltos en cobijas, y el nombre de la detenida: Yazmín C. R., vecina de Mérida.

Él conocía a una Yazmín. La señora que en abril le encargó copiar el retrato de una abuela con rebozo azul. Y que pasó por ella a principios de mayo, con mucha prisa.

No había dormido desde entonces.

Traía su celular. Los mensajes de Yazmín, de abril:

“Chuy, te mando la foto. La necesito igualita, mismo tamaño. Que se vea vieja, con grietitas. Es una sorpresa para mi mamá.”

“No le digas a nadie, es sorpresa 🤫.”

Y el comprobante de la transferencia: dieciocho mil pesos.

“Yo pensé que era para su mamá, licenciado”, dijo Chuy. “Yo pinto quinceañeras. Yo no sabía.”

La tercera cosa la provocó Leandro.

Cuando le enseñaron lo que había declarado su hermana, que él no sabía nada, que todo fue idea mía, Leandro se levantó de la silla y le gritó al licenciado Mena, a nadie, a las paredes:

“¡Me dijo que valía cien mil! ¡Cien mil! ¡Me dio cincuenta y se quedó con quinientos cincuenta!”

Y lo contó todo. El 9 de mayo. El cuadro bajado entre los dos. El zaguán a las seis de la mañana. Los cincuenta mil en un sobre.

Esa misma semana, doña Eugenia se desistió de la denuncia por violencia familiar. El Ministerio Público pidió levantar las medidas de protección. El jueves 29, un juez de control las revocó.

Podía volver a mi casa.

Esa noche, la licenciada Graciela me pasó un mensaje que le había llegado a ella, porque mi suegra ya no tenía mi número.

“Dígale a Araceli que, si ella quiere, quiero hablar con ella. A solas. En el patio.”

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