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Mi suegra se levantó a darme una cachetada frente a treinta invitados, en la casa que ella presumía como “la casa de mi hijo”. Le detuve la mano en el aire, me quité el anillo de bodas y no dije nada más. Nadie entendía por qué estaba tan tranquila… hasta que a las nueve y cuarto se abrieron las puertas del salón.

Capítulo 13 de 16

Flagrancia

Me temblaban tanto las manos que tuve que marcar dos veces.

Nueve, uno, uno.

“Emergencias, ¿cuál es su emergencia?”

“Están robando en mi casa. Ahorita. Los estoy viendo por la cámara.”

Di la dirección. Calle 59, en el centro, frente a la cuadra del parque de Santiago. Dije que la casa era mía, que tenía el certificado del Registro Público, que había una carpeta de investigación abierta por robo de obras de arte en ese mismo domicilio. Di el número de carpeta, que ya me sabía de memoria.

“¿Hay alguien armado?”

“No creo. Es mi cuñada y un señor. Están sacando cuadros.”

“¿Usted está en el domicilio?”

“No. Tengo una orden de no acercarme.” Me escuché decirlo y casi me río de lo absurdo. “Pero el robo está pasando ahorita.”

Me pidieron que no me acercara. Que me quedara en línea.

Me subí al coche igual. Me estacioné en la esquina del parque de Santiago, a dos cuadras, a más de cien metros, con el celular en el tablero y la aplicación abierta.

En la pantalla, el hombre de guayabera ya había sacado el primer paisaje. Volvió por el segundo. Yazmín bajaba el juego de té de plata de la vitrina y lo envolvía en toallas, pieza por pieza, rápido, como quien empaca para una mudanza.

Luego los dos se pararon frente al retrato falso.

El hombre señaló el marco dorado. Yazmín asintió.

Lo descolgaron entre los dos.

Desde la esquina del parque vi la camioneta. Blanca, de redilas, con placas de Quintana Roo, estacionada frente a mi zaguán con las luces apagadas.

A las doce y dos minutos llegaron dos patrullas de la policía estatal. Sin sirena. Una por cada lado de la calle.

No pude ver todo desde donde estaba. Vi las torretas pintando de azul y rojo las fachadas de la calle 59. Vi a un policía con la lámpara apuntando a la caja de la camioneta. Vi al hombre de guayabera con las manos en alto.

Y en la pantalla del celular, en el salón, vi a Yazmín soltar el marco dorado sobre la mesa de once metros, justo sobre la parte con mantel, y correr hacia el pasillo.

No llegó lejos.

Más tarde supe todo por el acta.

En la caja de la camioneta estaban los dos paisajes de henequén, el juego de té de plata y el marco del retrato, al que ya le habían quitado la tela falsa. El hombre de guayabera era un comerciante de Cancún. Dijo que había comprado todo “a la dueña de la casa” por setecientos mil pesos y que ya le había dado doscientos mil de adelanto.

Yazmín dijo que todo era de su familia. Que su hermano era el dueño.

Un policía me pidió por teléfono que les mandara el certificado del Registro Público. Se los mandé. También les mandé, en ese momento, el video de la cámara. Los veintidós minutos completos.

A los dos se los llevaron a la Fiscalía.

Antes de que subieran a Yazmín a la patrulla, la puerta del zaguán se abrió otra vez.

Era doña Eugenia. En camisón, descalza, con el pelo blanco revuelto y el rosario de filigrana enredado en los dedos. Detrás de ella, Leandro, en shorts, con la cara de alguien que todavía no entiende si está despierto.

Mi suegra miró la camioneta. Miró los cuadros envueltos en cobijas. Miró la plata en las toallas.

Miró a su hija con las manos atrás.

“¿Yazmín?”

Yazmín no levantó la cara.

“Mamá, no es lo que piensas. Es para pagarles a las señoras. Era para ti, para que no te dijeran nada en la iglesia…”

Doña Eugenia dio un paso hacia ella. Luego otro.

Y le preguntó algo, en voz tan baja que solo lo oyó el policía que me lo contó después.

“¿Desde cuándo, Yazmín?”

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