Capítulo 3 de 16
El hijo de la cocinera
Se llama Baltasar Uc Pech.
Su mamá, doña Nicolasa Pech, fue la cocinera de esta casa durante cuarenta años. De 1958 a 1998.
Baltasar nació en uno de los cuartitos de atrás, junto al pozo. Creció corriendo por el patio de los naranjos. Se escondía debajo de esta misma mesa cuando había fiestas.
Mi abuela le pagó la escuela. La primaria en el colegio de las monjas, la secundaria, la prepa y después la carrera de Administración de Hoteles en Monterrey.
Hoy tiene seis hoteles. En Mérida, en Valladolid, en Bacalar.
Todo eso lo contó ahí mismo, de pie, con su voz tranquila, frente a treinta personas que no sabían dónde poner los ojos.
“En mayo pasé por la calle 60 y vi a la señora Pilar en el aparador de una tienda”, dijo. “La reconocí desde la banqueta. Ese rebozo azul se lo vi puesto mil veces. Entré y lo compré sin regatear. No podía dejarla ahí, con una etiqueta colgando.”
Mi suegra seguía de pie, agarrada al respaldo de su silla.
“Yo no vendí nada”, repetía. “Yo no vendí nada.”
Le temblaba la papada. Por primera vez en seis años, me dio un poco de lástima.
La fiesta se acabó sola.
Nadie partió el pastel de dos pisos. Los invitados se fueron en grupitos, cuchicheando en la banqueta de la calle 59, con los celulares ya en la mano. Mérida es grande, pero el chisme del centro es de pueblo.
La tía Bertha fue de las últimas. Al salir me tomó del brazo.
“Mija… ¿es cierto lo de la casa?”
“Es cierto, tía.”
Se quedó callada. Luego miró hacia el comedor, donde su hermana lloraba con la cabeza entre las manos, y se fue sin despedirse de ella.
Don Baltasar se despidió en el zaguán.
“El lunes, lo que usted decida, licenciada”, me dijo, aunque yo no soy licenciada, soy arquitecta. “Yo traigo el cuadro cuando usted me diga.”
“Gracias, don Baltasar. Por haber venido.”
“No me dé las gracias. Vine por su abuela.” Miró hacia adentro, hacia los arcos del patio. “Y porque llevaba veintiocho años queriendo volver a entrar a esta casa.”
Cuando cerré el portón, Leandro me esperaba en la cocina.
“¿Por qué me hiciste esto?”, dijo. “¿Frente a toda mi familia?”
“¿Yo te hice algo?”
“¡Me humillaste!”
“Tu mamá me quiso pegar, Leandro. Y tú le gritaste a ella que no la soltara. Perdón, me gritaste a mí.”
No contestó eso.
“Y lo del cuadro”, le dije. “¿Por qué te pusiste blanco cuando viste la foto?”
“No me puse de ningún color.”
“Te pusiste blanco.”
“Estás loca. Yo no sé nada de ningún cuadro.”
Se fue a dormir al cuarto de visitas. Doña Eugenia ya se había encerrado en la recámara principal. La mía. La de mi abuela. La que ella ocupaba desde hacía tres años “mientras tanto”.
Yazmín se quedó.
Me encontró lavando platos y me abrazó por detrás. Olía a perfume dulce, de esos que vende por catálogo.
“Ay, cuñadita. Perdónala. Ya está grande, no sabe lo que hace.” Me dio un beso en la mejilla. “Tú sabes que yo siempre te he querido como a una hermana.”
“Gracias, Yaz.”
“Mañana hablamos todos con calma, ¿sí?”
Se quedó a dormir en el sillón de la sala de televisión, “para cuidar a mi mamá”.
Yo no dormí.
A las dos de la mañana bajé por agua. La cocina da al patio, y el patio estaba oscuro. Junto al pozo, en el lugar donde jugaba Baltasar de niño, brillaba la pantalla de un celular.
Era Yazmín. Hablaba bajito, pero el patio de una casona hace eco.
“Ya sé, ya sé… No, no va a pasar nada. Ya te dije que el lunes te pago, te lo juro por mi hija.”
Me quedé quieta detrás de la puerta.
“No le digas nada a nadie, por favor. Nada más dame hasta el lunes.”
Colgó. Se quedó un momento mirando hacia el comedor, hacia la pared donde colgaba el cuadro.
Luego se persignó y entró.
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