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Mi suegra se levantó a darme una cachetada frente a treinta invitados, en la casa que ella presumía como “la casa de mi hijo”. Le detuve la mano en el aire, me quité el anillo de bodas y no dije nada más. Nadie entendía por qué estaba tan tranquila… hasta que a las nueve y cuarto se abrieron las puertas del salón.

Capítulo 7 de 16

La calle 60

“Antigüedades El Zaguán” está en la calle 60, entre la 55 y la 53. Una tienda angosta y fresca, que huele a madera vieja y a cera.

El dueño, don Efrén Paredes, tiene setenta años y una lupa colgada del cuello. Lleva en ese local desde 1979.

Fui el martes 22 de septiembre. Le enseñé en el celular mis fotos del retrato, las de 2021.

Se quitó los lentes.

“Sí. Ese cuadro pasó por aquí. En mayo.”

“¿Quién se lo vendió?”

Se tardó en contestar.

“Una señora de la familia. Me dijo que era de la casona de la calle 59, que era la dueña, que se estaban deshaciendo de cosas viejas.” Se rascó la frente. “Le pagué seiscientos mil pesos por transferencia. Lo vendí a las dos semanas.”

“¿Cómo se llamaba la señora?”

“Castañeda. La señora Castañeda.”

Se me secó la boca.

“¿Me puede enseñar el comprobante? ¿Su credencial?”

“Yo guardo copia de la INE de todo el que me vende, señora. Siempre, desde hace cuarenta años. Pero eso no se lo puedo enseñar a usted. Se lo enseño a la Fiscalía, si me lo pide por escrito.” Bajó la voz. “Yo compré de buena fe. No quiero problemas.”

“¿Y a quién se lo vendió?”

“A un coleccionista. Tampoco le puedo dar el nombre.” Me miró un momento. “Pero si me deja su tarjeta, se la doy a él. Él decide.”

Le dejé mi tarjeta.

Ya en la puerta, me detuvo.

“Una cosa más. La señora traía un rosario muy bonito en la muñeca. De filigrana. De esos de oro de aquí de Mérida.”

Caminé de regreso a la casa por la calle 59 sin ver la calle.

La única señora Castañeda de esa casa que usa rosario de filigrana es mi suegra.

Esa misma semana fui a “Arte y Marcos Santiago”, junto al mercado. Me dijeron que esos bastidores los compran casi todos los pintores del parque.

El jueves en la noche fui al parque de Santiago, donde hay música y bailan danzón los viejitos. En una orilla, bajo los laureles, un señor de lentes pintaba un retrato de quinceañera a partir de una foto pegada con cinta.

“¿Usted es Chuy?”

“Jesús Canché, para servirle.”

Le enseñé la foto del cuadro falso.

Se le cayó el pincel. Lo recogió muy rápido.

“No, señora. Yo no sé qué es eso.”

“No vengo a acusarlo. Solo quiero saber quién se lo encargó.”

“Yo no hice eso.” Ya no me miraba. “Con permiso, tengo que entregar.”

Le dejé mi tarjeta en su caja de pinturas. No la tocó.

El sábado 26, mientras todos dormían, volví a conectar la cámara del salón. La que Leandro me pidió que apagara en 2023.

No le dije a nadie.

La apunté solo al cuadro, de cerca, para ver quién se le acercaba. No tenía micrófono. Las imágenes se guardaban en una memoria dentro de la caja de la alarma y yo podía verlas en vivo desde el celular.

El miércoles 30 me llamó un número desconocido.

“¿Señora Araceli Bonilla? Me llamo Baltasar Uc. Tengo algo que era de su abuela.”

Nos vimos en su hotel de Paseo de Montejo. En su oficina, en la pared, detrás de su escritorio, estaba ella.

Mi abuela Pilar, con su rebozo azul. Las grietas correctas. El parche de lino por detrás. La piedrita verde.

Lloré como niña.

Él me contó quién era. Me contó lo de su mamá, lo de la escuela, lo del aparador.

“Se lo voy a devolver”, me dijo. “No a quien me lo vendió. A usted.”

“Le costó un millón trescientos mil pesos.”

“A mí la señora Pilar me pagó dieciséis años de escuela. Todavía le debo.”

Le conté lo de la fiesta de mi suegra, el sábado 10. Que toda la familia iba a estar ahí. Que yo pensaba anunciar el inventario.

“Quiero que lo sepan todos al mismo tiempo”, le dije. “Que la casa es mía y que alguien de esa mesa vendió a mi abuela. Así nadie puede contar después otra versión.”

“¿Y por qué no va directo a la Fiscalía?”

“Voy a ir. El domingo. Pero antes quiero ver sus caras.”

Saqué el libro de inventario de mi bolsa y se lo di.

“Tráigalo usted. Y traiga la foto.”

Al día siguiente pedí el certificado al Registro Público.

Y quedamos en una hora: después del brindis, a las nueve y cuarto.

Lo que no planeé fue la mano de mi suegra en el aire.

Ni el “¡Suéltala!” de mi esposo.

Ni que, cuando don Baltasar levantara la foto de mi abuela, el que se pusiera blanco fuera mi esposo.

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