Capítulo 6 de 16
Las grietas equivocadas
Fue un sábado de lluvia, el 19 de septiembre.
En Mérida, cuando llueve en septiembre, la humedad se mete hasta en los huesos. Yo tengo la costumbre, desde la obra, de revisar los cuadros después de cada aguacero fuerte. Las telas viejas se aflojan, la pintura se levanta.
Subí a la escalera frente al retrato de mi abuela con una lámpara y una lupa.
Y algo me cayó mal en el estómago.
Las grietas estaban equivocadas.
Una pintura al óleo de 1963 se agrieta de una manera. La tela se estira y se encoge con el clima durante sesenta años, y la pintura se rompe en islitas, con las orillas un poco levantadas, como el lodo seco. Las grietas siguen el tejido y el bastidor.
Estas no.
Estas eran finitas, regulares, todas del mismo tamaño, como una telaraña dibujada con regla. Y estaban rellenas de un polvo oscuro, demasiado parejo.
Barniz craquelador. Del que se compra en las tiendas de manualidades para que algo nuevo parezca viejo.
Me bajé de la escalera con las piernas flojas.
No quise creerlo. Fui por mis archivos.
En 2021, cuando restauré la casa, también limpié ese retrato. Lo fotografié antes y después, de frente, de lado, con luz ultravioleta. Lo documenté todo en un informe de once páginas, como hago con cada obra.
En la esquina inferior izquierda, el original tenía un desgarre de cuatro centímetros que yo misma reparé por detrás, con un parche de lino.
Volví a subir. Le di la vuelta al cuadro con cuidado.
No había parche.
La tela de atrás era blanca, nueva, de las que venden ya montadas. El bastidor era de pino, no de cedro.
Y en una esquina del bastidor, medio despegada, había una etiqueta:
“Arte y Marcos Santiago”.
Busqué una última cosa. La que más me dolió.
En el original, mi abuela tenía las manos cruzadas sobre el rebozo y, en el dedo anular, el anillo de oro con la piedrita verde. El mismo que yo traigo puesto desde que ella murió.
En la copia, la piedrita era azul.
Quien la pintó trabajó con una foto. Y la foto tenía mal el color.
Me senté en el piso del salón, debajo del cuadro falso, y me quedé ahí no sé cuánto tiempo.
Alguien había descolgado a mi abuela de su pared. La había sacado por el zaguán. La había vendido. Y había colgado en su lugar una mentira con la piedra del color equivocado.
Y la había colgado en mi casa, mientras yo dormía arriba.
Saqué el libro de inventario de 1974. Fui página por página, objeto por objeto.
Faltaban más cosas.
El reloj francés, que “estaba en compostura” desde enero. Un par de candeleros de plata que yo creía guardados en la vitrina.
Los dos paisajes de henequén del pasillo, del mismo pintor que el retrato, seguían siendo los originales. Los revisé dos veces.
Esa noche no le dije nada a nadie.
¿A quién le iba a decir?
En mayo, mientras yo estaba en Campeche, en la casa solo estaban Leandro, doña Eugenia y Yazmín, que entraba y salía con su llave. Y doña Chabela los martes.
Pensé en mi suegra, que perdió su casa y presumía cosas que no tenía. Pensé en Leandro, que mintió seis años sin que le temblara la voz. Hasta pensé en doña Chabela, y me dio vergüenza pensarlo.
Si acusaba sin pruebas, iba a ser la nuera loca que acusa a la familia de su marido.
Si no decía nada, iban a seguir vaciando la casa de mi abuela.
Así que hice lo que ella me enseñó.
Mirar. Anotar. Guardar cada papel.
Y empezar por la etiqueta.
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